Porque yo lo digo

Los mitos con que nuestros padres intentaban disciplinarnos no tienen justificación científica. Sin embargo, los repetimos con nuestros hijos.

Apuntes: vidas privadas

Oogie Boogie

// Por Nicolás Artusi

Como si el hálito del Diablo se colara por la ventana de la cocina, me pasé la primera infancia sumido en el terror al estrabismo forzoso en cada bizquera intencional: “Si te da un golpe de aire te quedás bizco. Para siempre”. ¿Un golpe de aire? ¿Y eso? La advertencia paterna tomaba la forma de una premonición agorera e indiscutible. Si el terror infantil a cada Hombre de la Bolsa no logró que, de grande, pueda tragar una cucharada de sopa, un prematuro pensamiento racionalista me empujó a discutir algunos de los mitos con los que fui criado. Y, acaso siendo un niño algo avispado por la lectura de los fascículos Tecnirama que heredé de mi abuelo, confirmé lo que sospechaba. Con escaso rigor científico, cada advertencia tenía una única fuente, siempre justificada en la inescrutable majestad del saber paterno: “Porque yo lo digo”. 

Cualquier chico creció escuchando las mismas amenazas: “Si sacás el brazo por la ventanilla te lo va a arrancar un camión”. “Si tragás las semillas de la fruta te va a crecer un árbol en la panza”. “Si mirás el televisor de cerca te vas a quedar ciego”. ¿Papá y mamá lo saben todo? Una voluntad normalizadora instala un terror específico en el niño crédulo y alumbra un hipocondríaco para los años de su adultez: la bizquera, la mutilación, el parásito o la ceguera son todas formas de la limitación física que se imponen, casi como castigo divino, para la conducta díscola. “Si hacés crujir los nudillos te va a dar artritis”. ¡Una amenaza de decrepitud geriátrica para el infante que empieza a explorar los sonidos de su cuerpo! Si fuera cierto que no hay que nadar hasta dos horas después de haber almorzado, o que cualquier chicle ingerido podrá durar siete años en el estómago, todas las alarmas conjugan la prohibición estricta con una manipulación del tiempo y someten al pibe a la amenaza del castigo interminable, de la penuria en loop: “Para siempre”, se repite: “Para siempre”. Los mitos se transmiten de abuelos a padres y de padres a hijos, en el formato conveniente de una breve pastilla editorial de la revista Selecciones: orden familiar en pocas palabras, con escasos fundamentos fácticos, efectivos como toda moraleja, edificantes en su vocación didáctica, inútiles en todas sus prevenciones, salvo una: instalar el miedo.

¿Fuimos criados en el imperio del terror? Ahí donde nuestra generación haya hecho millonarios a los creadores del clonazepam, ya como padres modernos y evolucionados nos resistimos a repetir las mismas sandeces… hasta que nuestro hijo saca medio cuerpo por la ventanilla en plena Juan B. Justo. Entonces imaginamos camiones sanguinarios como el de la película Duelo a muerte, moles mecánicas que esconden sus fauces entre las ópticas delanteras, dragones que se alimentan con litros de gasoil y kilos de niño, y repetimos: “Si sacás el brazo por la ventanilla…”. El círculo de la vida se cierra sobre nosotros. Con las manos sudadas sobre el volante, la satisfacción inmediata por el éxito de la advertencia no alcanza a tapar la inquietud de escucharnos repetir las mismas cosas que decían nuestros padres.

Publicado en Brando

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