Tracción a sangre

El furor actual por bicicletas, longboards, skates y rollers devela el punto de saturación de las ciudades pero también dice mucho de nosotros como seres urbanos: pedaleamos para encontrar un remanso zen en el caos o para volver a sentirnos chicos por un rato.

Nuevas formas de transporte en la ciudad

Bicis Puerto Rico

// Por Nicolás Artusi

Empachado de chocolates y apurado por la precisión suiza que condena como un pecado mortal llegar tarde a cualquier lado, en mi primer viaje a Ginebra me pregunté: “¿Cómo hacen estos tipos?”. Siempre peinados y bien vestidos, puntuales hasta la manía, amables y educados hasta la parodia, circulan por calles angostas y mudas, recoletas en su estatismo. Silencio en pleno centro. De la observación surgió la epifanía: no manejan autos. Van en monopatín. Todos. Se impulsan con una pierna, toman envión, afirman el manubrio, hacen equilibrio, disfrutan del viento en la cara el adolescente ansioso o el juez venerable, la dama o el caballero. En aquellos días en Suiza pude soñar con un futuro sin smog ni bocinazos, sin nafta ni lubricantes: compré mi propio medio de locomoción y, aunque tuve que pagar exceso de equipaje en el avión de regreso, sentí que estaba contribuyendo a una causa noble. Ahora, cualquiera que viva cerca de mi casa habrá observado un bólido que trajina la bicisenda que me plantaron en la puerta del edificio y dirá, como dicen las comadres del barrio: “Ahí va el del monopatín”. 

Como en la escena clave de 2001, odisea del espacio, donde el hueso prehistórico muta en nave espacial, la modernidad trazó otra elipsis fabulosa y devolvió a las ciudades un modo de transporte del año del jopo: la tracción a sangre (¿acaso el progreso no ofrece siempre esas paradojas? Con su brevísima batería, tenemos nuestros smartphones enchufados a la pared todo el día. ¡Volvimos al teléfono con cable!). Una nueva generación de conductores analógicos aboga por la “desmotorización” y se desplaza en bicicletas, longboards, skates, rollers y, claro, monopatines. Los neobohemios repiten que el auto debe ser visto ya no como un derecho sino como un privilegio para pocos, con altos costos para toda la sociedad. Una promesa aeróbica repite que se pueden quemar hasta 500 calorías por hora a bordo de una bici. En Buenos Aires, los 94 kilómetros de ciclovías se convertirán en 130 km. el año que viene y el 2 por ciento de los traslados urbanos ya se hacen en dos ruedas (más del doble de los registrados hace tres años). Pero la bicisenda promedio tiene un asfalto irregular. Los semáforos están sincronizados para el flujo de los autos. Los contenedores de basura descansan sobre las ciclovías. Si es cierto que “no todas las ciudades están hechas para recorrerlas en bicicleta”, como diagnosticó la enteradísima revista Monocle en la tapa de su edición especial dedicada al “transporte más amigable”, el desafío será encontrar espacio para todos y todas en una ciudad donde manda el más fuerte: cualquier bondi con exceso de carrocería y arrogancia de bocina.

“Montá una bici y cambiá el mundo”: éste es el lema de Bikestorming.org, una iniciativa que define la bicicleta como “vehículo de cambio” y que propone un objetivo ambicioso: que para el año 2030, la mitad más uno de los traslados en el planeta se haga pedaleando. Parece improbable, pero no imposible: se calcula que ahora hay 800 millones de bicicletas en un planeta con 7 mil millones de habitantes. Una de cada nueve personas tiene una. El proyecto es motorizado (je) por el grupo argentino Lavidaenbici.com, que elabora un “mapa colaborativo para transformar la movilidad en Buenos Aires”, con información vital para el ciclista: dónde hay ciclovía, qué calle es recomendada para circular, cuál conviene evitar o dónde están los 25 puestos del Sistema de Transporte Público de Bicicletas (STPB), que prestan en forma gratuita más de 900 bicis por día a 3.800 personas, por un plazo máximo de 60 minutos. Si es cierto que el boom de la tracción a sangre no sólo responde a la necesidad de encontrar alternativas más sustentables frente a los medios tradicionales que queman petróleo, ¿la experiencia de viajar sin motores sería lo más parecido a la meditación que podríamos vivir en Corrientes y Callao?

“La vuelta de la bicicleta no es un fenómeno aislado ni responde exclusivamente a que las calles y avenidas han llegado a un punto de saturación. Se inscribe dentro de una serie de transformaciones originadas por tomas de conciencia”: esto explica el periodista cultural y ciclista vocacional Juan Carlos Kreimer en su libro Bici Zen, recién publicado por Editorial Planeta y que propone “el ciclismo urbano como camino” (y no con el uso de la palabra “camino” como mero sinónimo de “calle”, se entiende. Omm). “Los municipios son conscientes de que la curva de ingreso de vehículos automotores aumenta a la par que se fabrican más unidades nuevas, con los beneficios y trastornos de todo tipo que esto acarrea. La suya es una reacción más que una creación. La de los usuarios: un uso de las libertades aun posibles, algo que no funciona por decreto sino por animarse”, dice Kreimer, que encuentra en la bici una sensualidad inexplorada: “Al incorporarlo sensorialmente, el objeto bici se vuelve una extensión de nuestro cuerpo, otra extremidad. Llega a transmitirnos su estado, lo que necesita en cada momento, e interpreta los impulsos que le llegan del cerebro a través de nuestros puntos de apoyo. Prácticamente desde que aprendemos a andar, establecemos ese diálogo”.

¿Una bicicleta más, un auto menos? La última batalla de los medios de transporte se libra en una ciudad donde entran 1.300.000 coches por día. Más allá de las razones ecológicas o económicas, el rodado en cualquiera de sus versiones sin motor es el vehículo de la época, porque resume una filosofía de la neobohemia, biempensante y algo naif, que se multiplica como un hongo en los barrios de moda en las grandes ciudades. El sitio Wikihow, que enseña entre otras muchas cosas “cómo ser un hipster”, indica: “Conduce un auto barato o finalmente ninguno. Una bicicleta ayudará a mejorar tu propósito y caminar a pie siempre es una opción”. No es casual que los antropólogos del movimiento hipster hayan definido a los modernos de hoy como sujetos que “viven una infancia permanente”: ésta es una coincidencia entre los que andan en bicicletas, rollers o skates, que se jactan de eternizar lo que hacían cuando eran (¡éramos!) unos niños, en un desafío a los rigores del calendario y en un viaje sin escalas a un universo lúdico.

La palermización de la bicicleta hizo que las ciclovías de calles como Gorriti o Serrano sean pasarelas de rodados refulgentes, a menudo conducidos por artistas de todos los géneros, que llevan en sus mochilas computadoras tan caras como un auto usado. Paradojas de la modernidad. Si una característica de los hipsters es su adoración por los fetiches infantiles, sean muñequitos de He-Man o viejos capítulos de Robotech, ése es el punto exacto donde la ironía se convierte en nostalgia genuina. Pedaleamos para evitar los embotellamientos, para ahorrar combustible, para sentir el viento en la cara, para decirnos que hacemos deporte, para armar un jardincito zen móvil en un metro cuadrado, para sentirnos chicos, otra vez: ahí donde la bicisenda de la avenida Coronel Díaz deja atrás el Alto Palermo, el caballero del monopatín asciende.

Publicado en El Planeta Urbano

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3 pensamientos en “Tracción a sangre

  1. Pingback: Combustible para la tracción a sangre | Sommelier de café

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