El fantasma de mi ex

Separarse ya no es lo que era. En tiempos de Facebook y otras redes sociales, resulta imposible no caer en la tentación del fisgoneo masoquista.

Apuntes: vidas privadas

Web

// Por Nicolás Artusi

Ya son los dos demasiado mayorcitos como para destrozarse, así que terminen esto de una manera civilizada: aunque te duela ver que ella prefiera apretar todas sus cosas en un bolsito de tan insoportable que se le hace vivir con vos, que se vaya, que olvide tu nombre, tu cara, tu casa y que pegue la vuelta. Y si te he visto, no me acuerdo. Un higienismo de la separación recomienda mantener distancia y no enterarse nada de nada pero, ay, es prender nomás la computadora que ahí aparece: ostentando su rapidísima recuperación ante el duelo del divorcio, feliz con amigos, en la liviandad del sentirse libre. Si en la comedia tontolona Los fantasmas de mi ex, la pesadilla del hombre era toparse con los muertos sentimentales que guardaba en el ropero, en la edulcorada Simplemente no te quiere, la mujer se lamentaba de la multitud de formatos que la tecnología ofrece para que un tipo la plante. SMS. E-mail. Facebook

De tan adelantados, los gurúes informáticos no habrán previsto los problemas de cortar un noviazgo en la era de Internet. Con tantas redes sociales, se impone un nuevo orden amoroso, donde la notebook puede ser un cementerio de relaciones pasadas. Compartir sitios de fotos (¡maldito Flickr!), tener amigos virtuales en común o transmitir en tiempo real vía Twitter las alternativas del estado anímico crean otra forma de duelo por la separación. Entonces, ¿quién puede tomar distancia? En la Era Analógica, el traspié típico no iba más allá del encuentro fortuito con la amiga de tu ex, siempre tan poco discreta y lista para la sugerencia maliciosa: “Ah, ella se está divirtiendo. Mucho”. Ahora, el endiablado mundo de Facebook lleva al infinito y más allá las postales de una nueva vida después de la separación y, en lo que acaso sea la brutalidad más despiadada de la tecnología, actualiza el estado civil con la lógica del rating televisivo: minuto a minuto, con la clara voluntad de destruir a la competencia. En pareja. Soltero. ¿Soltero?

Es que la idea de terminar una relación está siendo redefinida. ¿Cómo hará el despechado para cortar en mil pedacitos la foto de la ex si jamás fue impresa y las instantáneas de ambos en sus mejores vacaciones se multiplican por Internet? ¿Cómo luchar contra el autopadecimiento si en YouTube se cuelgan decenas de videos sobre aquellos días felices? Es cierto que el duelo mórbido y la curiosidad insana llevarán al masoquista a seguir los pasos de la ex, y las redes sociales le dan herramientas para el monitoreo: “¿Quién es el rubio ése que sale en la foto con ella? ¡¿Y por qué le pasa el brazo por encima del hombro?!”.

Está claro que hay un camino concreto para hacer de tu vida algo mucho más penoso de lo que ya pudiera ser: a) separarte de tu novia; b) pensar en tu ex novia; c) seguir en Internet cada uno de los acontecimientos de la nueva vida de tu ex novia; d) convertirte en un voyeur digital, obsesionado con… tu ex novia. Como en todo cisma histórico, el divorcio informatizado necesita de su propia normativa y, después de que un erudito en cuestiones mundanas haya bautizado netiquette a las reglas de etiqueta en la Web, lo que resta es actuar como un caballero old-fashioned y no doblegarse ante la tentación del fisgoneo: que se cierren las cuentas de mail compartidas, que se quiten los amigos virtuales del Facebook, que se anulen los chateos pendientes y que se mantenga la asepsia en el contacto porque, si bien no es del todo cierto que el tiempo cura las heridas, sí lo es que la distancia hace que duelan menos. Y si todavía no sos lo demasiado mayor como para no destrozarte, evitá el sufrimiento rumiante cada vez que prendas la computadora y, con toda la dignidad de un señor bien puesto, andá con el mouse hasta donde diga “log off” y aceptá que simplemente no te quiere.

Publicado en Brando

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