¡No puedo esperar!

8′ 22″. Ese es el punto de impaciencia. A partir de ahí, nos irritamos. Cómo mantener la calma en tiempos de urgencia.

Apuntes: vidas privadas

Impaciencia

// Por Nicolás Artusi

El cuello se me hincha, lo cual confirma las peores sospechas sobre mi temperamento: soy un hombre venal. La cabeza me late como un motor a válvulas, zumban las sienes y el villancico navideño multiplica mi impaciencia: si “crispación” fue el ánimo mandatario de la política en temporadas recientes, yo me asumo… crispado. Una obligación profesional me trae a este bar para escribir una columna sobre el “punto de impaciencia”, el momento exacto en el que una falla del sistema nos hace perder los estribos y, bien dispuesto con mi netbook y un vasote de frapuccino pagado a precio de commodity internacional, la dependienta me informa que no funciona Internet. Pero que igual “pruebe”, como si la conexión fuera un acto de fe. Uno, dos, diez intentos, la advertencia lapidaria (“Esta página web no está disponible” o el inexpugnable “504 gateway”) y, entonces, una sucesión de síntomas físicos, la hinchazón, el latido, el zumbido y una certeza: como dijo el sabio, la vida no imita al arte sino a la mala televisión. O a las estadísticas. 

El mundo contemporáneo aporta razones para el ludita que instigue a destruir la tecnología y refundar una sociedad preindustrial: una ambiciosa encuesta aporta consuelo para el hombre malhumorado, porque dice que el enojo tiene un tiempo matemático de gestación. Y ese tiempo es el que se tarde en recibir respuesta de un SMS urgente o el que se esté sometido a la tortuosa escucha de Para Elisa, siempre en versión de Richard Clayderman, soundtrack oficial de todos los callcenters del mundo o la canción más irritante de la historia. ¿Todos vuestros operadores están ocupados?

El estudio se hizo en Inglaterra para la telefónica Talk Talk (hablá, ¡hablá!), pero sus conclusiones alcanzan a cualquiera que viva al borde la extenuación, eternamente en tensión entre lo urgente y lo importante. Se habrá dicho que, al terminar la primera década del siglo, el punto de impaciencia general es de 8’ 22’’, “exactos”, se aclara. Desglosado: en la atención telefónica de un “servicio al cliente”, de 5’ 4’’. En la espera de mesa en un restorán, de 8’ 38’’. En la respuesta de un SMS, de 13’ 16’’. A partir de entonces, la pulsión por lo inmediato disparará el desconsuelo y la frustración, el enojo. Un intérprete de la modernidad dirá que la culpa es de Internet y que el punto de impaciencia no hace más que reflejar la distancia entre el mundo online y el mundo offline, menos veloz y más humano. Artesanal, si se quiere. Desde acá, el cliente frustrado maldecirá cuando le ofrezcan como horario de entrega de una heladera “el sábado, de 10 a 20” (¡!) y el nostálgico de una épica alfonsinista recordará que hace sólo dos décadas había que aguantar cinco años para que te instalen el teléfono, un armatoste verde musgo casi del tamaño de un lavavajillas, con números a disco, una tortura si tenías que llamar a una característica con muchos nueves, gracias plan Megatel.

Entonces, ¿vivimos enojados? La modernidad se empeña en hacerle la vida imposible al que no puede esperar. Es que el piquete tecnológico nos convierte en hombres con un trastorno femenino: el tránsito lento. Mientras chequeo compulsivamente las redes inalámbricas disponibles, respiro hondo, hojeo la biblia pagana que me acompaña en momentos de desasosiego, Elogio de la lentitud, de Carl Honoré, y concuerdo mentalmente con su diatriba contra la velocidad absurda, me asumo como una persona agobiada, resuelvo cambiar mi vida para lograr que “el momento perdure”, desvío la mirada compulsiva hacia el BlackBerry (“¿cómo no me entró ningún mail todavía, se habrá caído el sistema?”) y, justo cuando decido poner en acción una revolución silenciosa contra el imperio de la banda ancha, salgo corriendo a un locutorio.

Publicado en Brando

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