Río, luego existo

Cada sábado por la noche, casi treinta espectáculos de comedia toman los escenarios de Buenos Aires. El fenómeno que viene de Nueva York no para de crecer. ¡Arriba el telón!

El fenómeno del stand up

// Por Nicolás Artusi

“Tragedia más tiempo: ésa es la fórmula de la comedia”: con el cinismo de todo superado, el capocómico Lester (rostro entrañable de Alan Alda) devela el genoma de la gracia en una escena didáctica de Crímenes y pecados, la película más agria de Woody Allen. Sentado en el banco de una plaza de Nueva York, la ciudad que hizo del club de la comedia una institución social, el millonario Lester da cátedra de cafetín mientras su fracasado cuñado Cliff (el propio Woody) filma por encargo un documental sobre su vida. Crispado por la arrogancia, bufa y resopla detrás de cámara mientras anhela terminar su película sobre un filósofo existencialista: si es cierto que los hombres podemos encontrar redención en la risa ante cualquier tragedia, lo más importante es dominar con exactitud el timing, ya no sólo del chiste sino de la época.

“La noche que mataron a Lincoln no era para tomarla a broma. No se podía hacer chistes con eso. Imposible. Pero ahora es distinto, ya ha pasado el tiempo, la cosa admite el humor. Eso es lo que quiero decir. Tragedia más tiempo”, se explica Lester. Ahí donde una tradición cómica nacional haya abusado de las bromas sobre suegras, ahora el stand up provoca carcajadas con chistes sobre yernos: nosotros. La tragedia del varón domado encuentra salvación en los escenarios y, mientras el regodeo en el autoescarnio sea síntoma de la era en que soñamos con ser estrellas de una red social, una legión de comediantes hará su credo de otra máxima de Lester: “Si se dobla es gracioso; si se rompe, no”.

“Los valores culturales son masculinos; para una mujer, decir que un hombre es gracioso es el equivalente a que un hombre diga que una mujer es bella”: la sardónica definición de la intelectual estadounidense Fran Lebowitz, polemista incansable y ella misma comediante de universidades, define el fenómeno en su género: masculino. Cada sábado por la noche, casi treinta espectáculos de comedia toman los escenarios de Buenos Aires, en la réplica de un furor de testosterona menguada que explotó hace años en Nueva York o Chicago, donde se ironiza sobre los dilemas de la vida contemporánea. En la avenida Corrientes, Cómico Stand Up habrá funcionado como un semillero del formato, ahora con cuatro amigotes (Sebastián Wainraich, Peto Menahem, Martín Rocco y Dan Breitman) compadeciéndose de los rigores de una educación religiosa o, en el país del matrimonio igualitario, de las dificultades de un varón para encontrar… novio. En Canchero, Pablo Fábregas, Malena Guinzburg, Fernando Sanjiao y Diego Scott habrán parodiado los intentos burdos de un porteño promedio por “tener onda”. En Ellos, Ezequiel Campa y Malena Pichot llevan hasta el absurdo los dilemas de las diferencias entre sexos. Y así por decenas. Si un resorte interno del monólogo consiste en plantear una situación verosímil y rematarla con el disparate, el stand up sintoniza con una pulsión nacional: explicar cómo somos. La confesión miserabilista hará de la vergüenza pública una sesión de autoanálisis en la eterna manía por hablar de nosotros mismos, obsesionados por encontrar respuestas a la pregunta que planteaba Fabio Alberti, claro, en un monólogo: “¿Qué nos pasa a los argentinos?”.

¿Qué nos pasa, eh? “Hombres a los que les cuesta disfrutar, que se someten a situaciones denigrantes con tal de ganarse una chica”, son los personajes de las historias de Wainraich: “Hombres que piensan demasiado, neuróticos, amigueros, antihéroes, futboleros, inseguros…”. Si los arquetipos del porteño contemporáneo se resumen en los cuentos de su primer libro recién reeditado, el título devela resignación y autoconciencia: Estoy cansado de mí. Ociosos, traumados, inseguros, diletantes. Atormentados. Como guías espirituales de lo profano, los nuevos comediantes causan gracia con las incertezas de la primera generación que no se parece a sus padres, con el desubique propio del que no encuentra en el macho alfa un modelo de varón para verse reflejado. O como dicen las tías: reímos para no llorar.

El crítico Rob Sheffield encuentra en la procrastinación masculina un origen posible para la comedia mejor entendida y pone como ejemplo al sumo pontífice del género, Jerry Seinfeld: “Alcanzás todo el éxito que siempre soñaste. Te podés jubilar, tener hijos, coleccionar autos antiguos. Podés hacer lo que se te antoje, por siempre. Así que no hacés nada”, escribió en la revista Rolling Stone. El propio Seinfeld confirma el argumento en el primer episodio de su nueva serie, Comedians in Cars Getting Coffee, donde apenas conduce a popes del stand up en la búsqueda de un espresso: “Una de las cosas que requiere la mente del comediante es la pereza. No querés trabajar de verdad”. Algo otoñal en su ociosidad de millonario, Seinfeld comparte con el hemisferio masculino una duda existencial: “En cada escena, se transparentan las preguntas que todo hombre adulto se hace sobre la vida”, analizó Sheffield: “¿Tomé la decisión equivocada? ¿Mi vida podría haber ido en otra dirección? ¿Cuánto tiempo perdí? ¿Metí la pata?”.

Y acá radica el éxito del stand up: hace las preguntas sin el afán de proponer respuestas (para eso están Shakespeare o Chéjov). “Traigan el dolor”, pedía la publicidad del show de Chris Rock a fines de los ’90. Desunidos y dominados, los hombres se congregan en la comunión oscura y anónima de una sala de teatro para reírse de sus miserias y para exorcizar los demonios que atormentan estos días escasos en heroísmo: el matrimonio, la oficina, el tránsito, los celulares, las tragedias módicas de la época que nos ha tocado. La risa por identificación termina en carcajada histérica cuando vemos nuestras taras expuestas en el escenario, siempre relatadas por un semejante de anatomía poco armónica, en desigual lucha contra la calvicie o la barriga cervecera. Porque la vida es así de cruel, pero así también de piadosa. No hay remate.

Publicado en El Planeta Urbano

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