Etica de la calvicie

Pelos en la espalda, pero no en cabeza. La pésima distribución de la pelambre atenta contra la belleza masculina. ¿O no?

Apuntes: vidas privadas

// Por Nicolás Artusi

Esa cabeza redonda y lisa como una bola de billar corona un cuerpo que parece abrigado con pulóver aun en el bochorno de un 15 de enero: acaso la más sarcástica de todas las injusticias que el tiempo comete contra nosotros sea la inequitativa distribución del pelo. Poco (o nada) donde debería haber, mucho donde no debería. Una ironía evolutiva confirma la gran burla darwiniana: por lo general, el que se queda calvo antes de los 40 tiene la espalda peluda de un orangután. Si los avances médicos prometen terminar con la calvicie en las páginas de deportes de los diarios y el peluquín sólo perdura como mascota mustia de los tangueros, las nuevas reglas de etiqueta capilar aportan consuelo para el hombre desplumado. 

Ninguna mujer se negará a tener una aventura con un pelado mientras ellas sigan creyendo que calvicie es sinónimo de potencia amatoria. Así, el defecto se vuelve virtud: la pérdida de cabello es el resultado de un exceso de testosterona; literalmente, la esencia de la masculinidad. Que el calvo se ofrezca orgulloso como portador de la experiencia romántica porque más cabello no significa que uno se vea más joven: las estadísticas indican que el 40% de los hombres de 35 años y el 65% de los que tienen más de 60 sufren alguna forma de alopecia. Para el final de nuestros días, siete de cada diez recordaremos el peine con la misma añoranza sentimental que le dedicamos al último chupete. Las técnicas para lidiar con el dramita oscilan entre la resignación y la lucha descarnada. Seamos sinceros: a nadie le gusta quedarse pelado pero los más honorables lo llevan con orgullo e hidalguía, mientras que algunos se plantan una canchita de papi fútbol en la cabeza, con una lonja de césped sintético sobre la frente, y otros temen la brisa con la pavura trémula del que enfrenta un huracán: cualquier vientito amenaza con desarmar la galleta deshilachada que nace encima de la oreja y cruza la cabeza en ineficaz disimulo.

Ahí donde la publicidad prometa “injerto capilar sin cicatrices”, una nueva generación de hombres se rebelará ante el bisturí y hará de la autenticidad su atributo mayor. ¿Vieron que casi no hay políticos pelados? Si es cierto que es tan importante ser honesto como parecerlo, una testa desplumada será el símbolo indiscutible de que no hay nada que ocultar. La cabeza limpia de todo cabello ya no es exclusiva de un archivillano de Batman o del forzudo del circo: lisa como una pista de aterrizaje, hace ver más inteligente a su dueño. ¿Acaso no se dice de alguien que “no tiene un pelo de tonto”? Una postal clásica de la ciencia ficción muestra a los humanos del siglo 30 sin cabello, en la evolución que nos separa cada vez más lejos del mono: que el pelado entonces convierta la carencia en abundancia y que ofrezca al mundo su calva como una providencial bola de cristal donde se pueda ver algo de nuestro futuro.

Publicado en Brando

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