La última invasión vikinga

Los libros, la música, el cine y el diseño que llegan desde el norte de Europa son superventas en todo el planeta. Por qué Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca provocan tanta fascinación entre los consumidores más sofisticados. Y a la vez resumen el cinismo de una época desesperanzada.

Desde Escandinavia para el mundo

// Por Nicolás Artusi

Con sus cuernos amenazantes, sus barbas rubias y sus botas de piel pisaron América quinientos años antes que Cristóbal Colón: si los vikingos se animaron a cruzar el Atlántico Norte cuando los barcos eran poco más que cáscaras de nueces, un milenio más tarde todavía se habla de una invasión escandinava. Como testigo mudo de la aventura, ahí está el monigote andrógino del cuadro El grito, del noruego Edvard Munch, que se subastó en mayo por 120 millones de dólares. Los países nórdicos se convirtieron en modelos de civilización para Occidente e inundaron el mundo con sus best-sellers (la saga Millennium, de Stieg Larsson, o los policiales de Jo Nesbø), sus fantasías de liberación sexual, sus teléfonos inteligentes, sus programas de televisión (los oscuros policiales Wallander y The Killing), sus ladrillitos Lego, sus músicos pop (de Miike Snow, Lykke Li y Little Dragon a Mamma Mía!, que exhuma las canciones de ABBA), sus ropas de H&M o sus muebles de IKEA. Sus licencias de 16 meses por maternidad para cualquier mujer que trabaje. Sus promesas de socialismo capitalista. O sus hazañas de ultramar: si hace cien años el noruego Roald Amundsen llegó primero al Polo Sur, hoy los descendientes de aquellos antiguos vikingos están otra vez listos para conquistar el planeta. 

“¡Esto es el Estocolmo!”: así promociona una cerveza argentina sus planes de exportación a Suecia. Junto con Finlandia, Noruega y Dinamarca, los países nórdicos resumen una idea moderna de “desarrollo humano”: todos los años, se repite que Copenhague es la mejor ciudad del mundo para vivir, que Helsinki tiene el sistema público educativo más completo, que Estocolmo es ejemplo mundial en derechos laborales y que los miembros de las realezas están más ocupados en pintar orfanatos que en desplumarse de juerga en Las Vegas. A los estadounidenses les gusta decir que Escandinavia es “el Canadá de Europa”: ese gigante amable y desconocido del norte. “Los países nórdicos se las ingeniaron para alcanzar altos niveles de calidad de vida mientras mantienen una brecha mínima entre ricos y pobres”, escribió el ensayista Adrian Anthony Gill en la revista Vanity Fair: “Y como si eso no fuera suficiente, ellos creen que son los únicos humanos en la historia que pudieron separar el nudismo del sexo”. Allá es posible toparse con personas desnudas de cualquier edad o color en los baños saunas, o retozando por la nieve mientras se someten a un shock de frío.

En la década del ’60, las películas del sueco Ingmar Bergman ayudaron a construir un ideal erótico occidental con esas rubias fogosas que combatían el frío exterior con la calentura interna: toda húmeda, Anita Ekberg en La Dolce Vita ayudó a difundir por el planeta el mito amatorio de las suecas. Si en los ’70 la explosión mundial de ABBA sugirió ingenuidad ahí donde se imponía el deseo, para fines del siglo XX los cuentos nórdicos se tiñeron del cinismo de una sociedad tomada como modelo: en su exitosa saga del detective Wallander, el escritor sueco Henning Mankell recordó las simpatías nazis de algunos compatriotas y en la serie Millennium, el periodista Stieg Larsson demostró que muchos hombres no amaban a las mujeres. Las noches larguísimas, los eternos días sin sol, la dificultad de encontrar calor humano y las exigencias de una comunidad que no admite la pereza ni el fracaso también ponen primeros a los escandinavos en un ranking trágico: el de los suicidios. En países donde la religión que manda es la comodidad (de ahí que la cadena IKEA sea la mayor minorista de muebles del planeta), el que no encaja termina desesperado: “Las calles de Copenhague y Estocolmo tienen un uniforme monocromático de parkas negras y gorritos de lana”, describió Gill: “No menospreciar a los demás con tu propio éxito es una seria y constante obligación”.

Con sus canciones de electropop taciturno, el trío sueco Miike Snow resumió un estado de ánimo colectivo: “Hubo un tiempo donde mi mundo se llenó con oscuridad, oscuridad, oscuridad / Y dejé de soñar”, empieza su hit global Animal, que sigue: “Hay un agujero e intenté llenarlo con dinero, dinero, dinero / Pero se vuelve más grande”. Se dice que los asesinatos literarios, los detectives cínicos y la música desesperanzada alcanzan sus picos de popularidad durante las depresiones sociales. En esto también llegan primero los nórdicos: a sus tradicionales garantías de orden y progreso, hoy le suman una visión oscura del mundo, como la de la taquillera película sueca Déjame entrar (basada en la novela de John Ajvide Lindqvist que tuvo, claro, su remake en Hollywood): la fábula vampírica sobre una sociedad que, en su obsesión por el éxito, nos chupa la sangre. Cuando llegue la noche, el resto del mundo seguirá admirando los progresos nórdicos, bailará al ritmo del pop sueco, hablará a través de teléfonos finlandeses y soñará con reservar una mesa en el danés Noma, otra vez elegido el mejor restaurante del planeta. Gracias a su receta de pescados sobrenaturales, un prodigio de salmones, bacalaos y arenques que resumen el perfume del éxito, aunque hace quinientos años Shakespeare haya escrito: “¡Algo huele mal en Dinamarca!”.

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