El muñeco maldito

Ken, el novio de Barbie, cumplió 50 años y no muestra ni un signo de la mediana edad. Tampoco, hay que decirlo, demasiada virilidad.

// Por Nicolás Artusi

En abierto desafío a la crisis de la mediana edad, llega a la madurez con las facciones intocadas: ni una arruga surca el rostro siempre bronceado, ni un amago de calvicie ralea su cabellera siempre frondosa. Acaso demasiado esbelto para la estampa clásica de un hombre saludable, Ken, el eterno consorte de la muñeca Barbie, cumple cincuenta años y, si a ella se la criticó por la rotunda protuberancia de sus pechos plásticos o la inhumana circunferencia de la cintura, en él se hace más palpable la ausencia; lo liso es sinónimo de lo perfecto pero el muñecote se muestra sin relieves justo ahí donde los hombres nos exigimos la virtud de un amante superdotado: en la entrepierna.

Mientras que Barbie parece eternizada en la estampa botulínica de la mujer perfecta, el aniversario de Ken puede decirnos mucho de la evolución del varón en el último medio siglo: de joven castrado a pendeviejo tuneado, ¿es una réplica patética del hombre que nunca querremos ser? Aunque la excusa omnipresente retire el muñeco de las jugueterías argentinas (“está varado en la Aduana”), traten de conseguir el modelito Ken Sugar Daddy que la multinacional Mattel lanzó hace dos años: camperita verde brillante, chomba rosa, pantalones blancos y un cachorrito de fox-terrier sujeto con una correa también rosada. El camp involuntario devenido sarcasmo para las masas. En 1961 el muñeco varón se lanzaba como novio oficial de Barbie pero, en la ausencia de bulto, proponía un modelo de pareja casta como el de Doris Day y Rock Hudson, consagrando la estampa tan perfecta como ficticia del matrimonio hétero de sonrisa Colgate y fundiendo en plástico el sueño dorado de una generación de niñas. Pero en el 2011, la silueta atildada de Ken nos devuelve la imagen de un hombre débil y feminizado, ya no un alfeñique de 44 kilos listo para ser entrenado por Charles Atlas: apenas, el reflejo pálido de lo que es ser un hombre.

Ahí donde la diva veterana Moria Casán haya bautizado de “sex toy” a su amante ocasional, el propio Ken, en su condición de muñeco, parece desinteresado por el sexo: se ocupa de los afeites que la distinción de géneros les asignó a ellas, aun durante el breve reinado de los metrosexuales. Sin un vestigio de vello, el pecho plano denuncia la práctica de la depilación masculina y la cabellera frondosa, sin presencia de raíces a la vista, sugiere la intervención de un implante pelo-por-pelo. Es que el chiche abusa de una imitación del hombre porque, aun con el talle imposible, Ken será siempre antropomorfo. ¿El muñeco se parece a nosotros o nosotros nos parecemos al muñeco? Al decir de un pensador, en el juguete moderno “el plástico muestra una apariencia grosera e higiénica a la vez, extingue el placer, la suavidad y la humanidad del tacto”: en discusión con la idea clásica de la masculinidad, esa criatura sintética nos desafía desde la góndola de la juguetería y, aunque la ignoremos, nos recuerda en qué cosa nos hemos convertido.

Publicado en Brando

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