Dime cómo te fotografías…

Posadas o espontáneas, serias o graciosas, solos o en grupo: los retratos que subimos a las redes sociales dicen mucho sobre nosotros.

// Por Nicolás Artusi

Móvil en vivo desde mi muro de Facebook, señor director, imágenes ya: de arriba hacia abajo, Pablo P. muestra medio rostro, como si hubiera sido biselado por un cirujano sin carné habilitante; Fede B. se ilumina la cara con una linterna, como en un examen maníaco de fondo de ojo; Mary P. sacude la cabeza y revolea la melena en ambiente de fiesta electrónica; Alejandro S. grita junto a un alambrado con la camiseta de River. ¿Qué dicen de nosotros las fotos del perfil? Enigmático, introspectivo, atrevida. Descendido. Ahí donde Roland Barthes haya definido lo que se quiere ver en las fotos de la gente (“una imagen capaz de crear un impacto emocional desde el primer vistazo”), las redes sociales habilitan el retoque para todos: si es cierto que nadie es tan feo como en su foto del documento ni tan lindo como en su foto del perfil, del promedio saldrá una identidad verdadera. 

Pasa en las redes sociales, pasa en la vida: están aquellos que sostienen rutinas sólidas y jamás cambian de foto; están aquellos que actualizan su retrato con la fruición del hiperconectado: “Toy en la ducha”. Mientras el muro de Facebook proponga una noción posmoderna de solidez líquida, y la cronología de Twitter consagre la fugacidad como tara de época, la foto del perfil queda obsoleta en cuestión de días (¡horas!) y en la constancia por ofrecer una versión siempre actualizada de nosotros mismos la recompensa será un “me gusta”. La obsesión es lograr una buena impresión y el engaño inocentón se vuelve pacto tácito, el de aquel que pone una foto de cuando era diez años menor, el de aquella que sube el recuerdo de cuando pesaba diez kilos menos. El fraude terminará cuando algún compañero canalla nos etiquete, desaliñados y con el gesto turbio, el día de la fiesta de fin de año de la oficina.

“Las cosas que suceden en Facebook son insignificantes para la vida”, escribió el profesor D.E. Wittkover en el best seller Facebook and Philosophy: “No es que no puedan tener sentido sino que simplemente no lo tienen”. Como entomólogo de la red social, el filósofo analizó miles de avatares y encontró patrones comunes. “Usted, visto por la computadora: es una fotografía casi siempre tomada con una cámara web que parece remarcar ‘éste soy yo’, aun con la imagen distorsionada por la cercanía con la camarita; de espaldas o mostrando un detalle del cuerpo: una actitud que busca remarcar un rasgo con el que se está satisfecho, puede delatar un carácter rebelde; posando con amigos o pareja: es un modo de demostrar vida social, el sujeto es lo menos importante, el contexto es el que manda; retrato trucado: una manera de ocultarse que a la vez exhibe cierto temperamento artístico; recuerdo del pasado: imagen nostálgica y ‘segura’ que no da pistas sobre el presente”. ¿Acaso estas fotos serán las que guarden en los archivos de la CIA? Si fuera cierto que la red social es el más eficiente sistema de fichaje jamás imaginado, al menos queda un consuelo: cuando nos vigilen, tendrán nuestra mejor imagen. Y aunque para el pasaporte, el oficial pida el gesto serio, la estricta normativa virtual tiene otra exigencia: “¡Sonría!”.

Publicado en Brando

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