Salvando el mundo con estilo

Una muestra en el Metropolitan de Nueva York devela cómo los superhéroes y sus trajes corporizan las metáforas sociales del siglo XX.

// Por Nicolás Artusi / Desde Nueva York

Cuando tenés siete años, una toalla te puede cambiar la vida: te la anudás al cuello y te convertís en Superman.

Ahora, un juego de espejos engaña la vista y el anodino ambo de Clark Kent, modelo de “hombre beige”, se transforma en una calza prieta mientras la malla desteñida de La Mujer Maravilla confirma cierta dejadez en los hábitos higiénicos del superhéroe, lo que podría ser otro síntoma de sus problemas de autopercepción: “¡Me pongo estos anteojos y nadie me reconoce!”. Mientras las esculturas grecorromanas se exhiben impúdicas en sus músculos sobrehumanos, los fondos del Metropolitan Museum of Art de Nueva York se convierten en una Baticueva con la muestra Superheroes: Fashion and Fantasy, que devela cómo el paladín fue usado para corporizar metáforas sociales y realidades políticas. 

“La metamorfosis es el área de los superhéroes, personajes que simbolizan el deseo de ir más allá de los límites de la mortalidad. Y su habilidad para lograr eso siempre está representado por un cambio de vestuario”, escribió Giorgio Armani, patrocinador de la exhibición junto con Anne Wintour, editora de la revista Vogue y de quien la trivia indicará que inspiró a Meryl Streep para su personaje en El diablo viste a la moda (villano invitado: el mal gusto). Con la habilidad de convertir una minúscula cabina de teléfono en un cambiador, envuelto en capas regias, apretado hasta el ahogo por cinturones Victorinox o reprimido en su intimidad por calzas demasiado estrechas, el superhéroe viste un cuerpo social.

Una teoría de la cultura pulp dirá que es el único mito masivo y perdurable nacido en el siglo XX, con un artefacto mediático que le dio a cada época el héroe que supo merecer: al momento de establecer los cortes del género, Superman (1938) impuso un molde acerca de cómo ser (sobre) humano. “La ‘S’ en el pecho es un monograma vuelto monolito”, razona el artista pop estadounidense Chipp Kidd: “El escudo familiar devenido logo moderno”. Como cabezas de cartel de las dos principales editoriales de cómics, DC y Marvel, Superman y El Hombre Araña, con el insecto devenido isotipo estampado, cumplen la ímproba tarea del hombre sándwich: fundan las bases de una Nación y llevan sus emblemas en el pecho, por algo más que el amor a la camiseta: siempre apolíneos, develando la obsesión del contemporáneo por la buena salud que se ostenta con un físico perfecto.

Y ahora, ¿quién podrá ayudarnos? Este pasillo del Met exuda americanidad: con gigantografías que recrean la ciudad claustrofóbica donde los edificios lucen una bandera tricolor. Los arqueólogos del cómic ubican la “Era Dorada” entre 1938 y 1956, cuando los Estados Unidos entraban en guerras y salían los primeros números de La Mujer Maravilla y El Capitán América. Abrazados por barras y estrellas, representaban los valores del way of life: aunque la tanga azulgrana pudo ser interpretada como una lasciva recreación de la bandera, en el número 1 de Wonder Woman (1942) la amazona se muestra acaballada sobre un montaje del Capitolio y la Casa Blanca; y en Captain America Comics N°1 (1941), el héroe faja a un Hitler de caricatura. Si desde las Panteras Negras hasta Linterna Verde una estética leather asimiló el uso del cuero al empleo de la fuerza, las coqueterías del metrosexual se representaron en Batman, Robin y sus cuatro pezones: los héroes por venir resumirían otras obsesiones del hombre moderno.

“Una oleada editorial consideró que el mejor modo de renovar a los justicieros era imponerles una fragilidad casi humana y cargarlos de conflictos”, escribió Marcelo Birmajer en el prólogo de una antología de Superman y ahí están El Increíble Hulk o Los X-Men: nacidos al calor nuclear de los miedos de la Guerra Fría y sometidos a las consecuencias imprevisibles de la radiación, los gobierna un ánimo de melancolía por no querer ser. Apenas tapado con retazos uno, los otros comparten con Batman la fóbica idea del traje coraza: para reprimir efectos colaterales de los dones o para compensar la falta de habilidades extraordinarias, en tanto humano.

“El superhéroe nace sin poderes, como el resto de nosotros”, analiza el escritor Michael Chabon en su ensayo Secret Skin (“piel secreta”). “Toma el poder de una araña radioactiva o de alguna otra forma de desastre: la explosión de un laboratorio, un brutal acto de violencia callejera, un experimento secreto del gobierno, una transfusión de sangre contaminada. Pero en su vida diaria trabaja un montón de horas y lucha en varios sentidos (legales, sociales, emocionales) para encajar con las expectativas del mundo cotidiano”. No es un pájaro, no es un avión, es Superman: disfrazado como para el corso aun cuando, al decir del archivillano de la película Kill Bill Volumen 2 sublime una crítica a nuestra raza: “Superman no se convirtió en Superman, Superman nació Superman. Cuando Superman se levanta, es Superman. Su alter ego es Clark Kent. El traje con la gran ‘S’ roja es la sábana con que lo envolvieron los Kent cuando lo encontraron, de bebé. Esa es su ropa. Clark Kent usa traje y anteojos y ése es el disfraz que Superman usa para parecerse a nosotros. Clark Kent es cómo Superman nos ve. ¿Y cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, inseguro… un cobarde. Clark Kent es la crítica de Superman a toda la raza humana”. Si es cierto que el superhéroe comparte con el hombre moderno la preocupación de sentirse vulnerable, al menos es inmune a la kryptonita del ridículo y sigue usando el calzoncillo encima de la ropa.

Publicado en Ñ

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