La historieta confesional

Le dicen el “Philip Roth en cuadritos” y su cómic, “Wilson”, fue el mejor libro de 2010 según Amazon. Aquí, Daniel Clowes.

// Por Nicolás Artusi

Primer cuadrito: un cuarentón acaso algo envejecido pasea su perro por la calle y se cruza con una chica que le dice “¡qué lindo perrito!” El, mudo. Segundo cuadrito: se cruza con un vecino que le dice “¡awww, lindo perrito!”. El, mudo. Tercer cuadrito: se cruza con una mujer que le dice “hola, perrito”. El, mudo. Cuarto cuadrito: se cruza con un tipo que no le dice nada, y él: “¡Fucking asshole!”. ¿Cómo se llama la obra? Wilson, la última historieta del maestro yanqui Daniel Clowes y el mejor libro del 2010 según Amazon, o la consagración de un género (el cómic confesional) que justifica el apodo de su autor fundamental: “Philip Roth en cuadritos”, como entomólogo de las penurias del hombre crepuscular eternizado en una tarde perros. 

Si el trazo germánico de Hergé bautizó con el nombre técnico de “línea clara” el dibujo de Las aventuras de Tintín como alegoría de un mundo donde no existen los grises (ni las insinuaciones sexuales ni los actos fallidos), Clowes prescindió de las sombras y los firuletes para mostrar al tipo cualquiera en su más descarnada complejidad. Wilson, el nuevo antihéroe de modo apocado y calvicie incipiente, resume una sensación generacional de desubique: de regreso a su barrio de la infancia, se indigna frente al local de la megalibrería Barnes & Noble donde antes estaba su escuela y, en la plaza donde jugaba a la pelota con su viejo, no disimula el llanto nostálgico y el berrido: “Oh, daddy, daddy, daddy”. En su propio camino del héroe, Wilson sale a buscar el sentido de la existencia, exhumando los fantasmas de un pretérito imperfecto: la muerte de su padre, el reencuentro con su ex mujer, la incomunicación con su hija adolescente. Es que el hombrecito de la ficción no puede conectar con el mundo: reniega de la tecnología y el otro siempre se percibe como un enemigo, sea conocido o extraño, envuelto en la atmósfera asfixiante de la vida cotidiana. Si la primera historieta conocida de Clowes se llamó La familia horrible (1985), ya en la madurez se enfoca en la alienación del solitario y entonces se lo compara con Philip Roth, el Sumo Pontífice del hombre en su hora más oscura. Casualidad o no, tanto en Europa como en la Argentina, Clowes y Roth son publicados por la misma editorial.

Tan patético como inspirador, Wilson es el amigo que todos querríamos no tener: antisocial, misógino, apático pero de un extraordinario sentido común, puede convertir la sobremesa en una pesadilla: “Déle un tema cualquiera, como agua sin gas contra agua con gas, y él va a tener algo para discutir”, le dijo Clowes al diario inglés The Observer. Cada página de Wilson, el libro, es una anécdota en la vida de Wilson, el hombre: con un remate, más amarga conclusión que chiste, reconstruye una identidad a través de los retazos de episodios que un tipo de cuarenta y pico guarda de a montones. Y si bien rinde homenaje al esquema de punchline propio de las tiras de la última página del diario, en realidad es una pequeña pieza de arte cínico. Ahí donde el ennui masculino (la angustia existencial del hombre maduro) se volvió un tópico para la literatura, la TV y el cine (los libros de Roth, sí, pero también las series Californication, Hung y Bored to Death o las películas de Alexander Payne), Daniel Clowes abandonó los adolescentes conflictuados, arquetipos de la Generación X en sus libros Ghost World y Art School Confidential, y trazó las líneas para la tragicómica saga de la impotencia de un tipo que siente que ya no encaja en este mundo. Un tipo bajito, lúcido y cansado, capaz de sentarse frente a los toboganes de una plaza sólo para gritarles a los chicos que se callen o que, ante la primera conversación con un recién conocido, pueda darse unos segundos para reflexionar y finalmente decir: “Dios mío, ¿se da cuenta lo ridículo que suena?”.

Publicado en Brando

// Este 14/04 se inaugura en el Museo Oakland de California la muestra “Modern Cartoonist: The Art of Daniel Clowes”.

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