“No somos estrellas de rock”

Arctic Monkeys: a los 21, los inglesitos se niegan a la fama total y quieren seguir siendo gente como uno.

// Por Nicolás Artusi / Desde Filadelfia

“Ahora somos menos ingenuos”, concede Alex Turner, el cantante de Arctic Monkeys, declarada “la banda inglesa del siglo” (bué, de lo que va de él) y ésta será la confesión más amarga sobre su vida después del éxito. Junto al bajista Nick O’Malley sostiene una ilusión de pureza pre-paparazzi: el mito dice que, estén donde estén en el mundo, ellos se obligan a recordar cómo era todo a los 17 y cómo es ahora, cuatro años después: “Somos menos ingenuos”. “A los 17, supongo que éramos más vulnerables también”. “Pero no maduramos tanto desde entonces, probablemente no estemos tan lejos de ahí”. “Entonces tal vez seamos igualmente vulnerables”. 

El fondo del Electric Factory, la vieja usina de Filadelfia devenida teatro donde tocan esta noche, es un depósito de carrocerías que el director de arte obvio elegiría para rodar la escena de “la persecución”: callejones y alambrados. Llegan en dos autos, discretos y resignados (ropita de common people y cocacola) como el que va a hacer lo suyo. Ya en el backstage, primera negativa: “No siento que seamos estrellas de rock”, dice Alex. “Creo que sólo somos un grupo de amigos”.

El robusto baterista Matt Helders (en guerra contra un acné brutal) golpea dos bolas de billar y se excita al descubrir que hacen ruido como de chaski-bum (chicos, intenten esto en sus casas) y el guitarrista Jamie “Cookie” Cook ensaya sus mejores trucos sobre el paño verde mientras Nick y Alex juegan al oficio mudo. “Cuando los conocés, se quedan rígidos y no hablan, dando la primera impresión de una banda unida sólo en su incomodidad”, escribió Tom Doyle en la revista inglesa Mojo. Coincido. Acá se multiplican los “eeehhh”, “aaahhh” o directamente: “…”. Y Nick no para de enviar SMS frenéticos, con teléfono berretón y wallpaper romántico: foto de noviecita. Ellos convirtieron en credo y postura el título de su primer disco, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not (“cualquier cosa que digan que soy, eso es lo que no soy”) y ofrecen otra negativa. “¿Sabés qué?”, pregunta el retórico Alex. “Lo importante es recordar que no somos especiales”. Se les remarcará que vendieron medio millón de copias de su primer disco y que protagonizaron el ascenso más fulgurante desde los Beatles. Nick: “No nos imaginamos como ídolos del rock”. Uf.

La leyenda que alguna vez podrá ser pico de rating en un probable Behind the Music indica que la primera vez que Alex se vio envuelto en una multitud de fans el instinto lo hizo salir corriendo: “Lo esencial es no llegar a que el éxito no te permita mantener los pies sobre la Tierra”, afirma con audacia gramatical: ¡doble negativo! Así, el disco Favourite Worst Nightmare sintetiza algunas de sus pesadillas recurrentes: “El título se relaciona más con nuestro estado de ánimo actual que con las letras”.

¿Complejo de clase? Alex, nativo de la proletaria Sheffield, se resiste a los placeres del estrellato y revela que sus padres (los dos maestros) lo animan con la literatura socialista. Para el que aún vive con unos viejos working-class, será un flash salir de gira por el mundo (“antes de fin de año tocamos en la Argentina”) o paladear la posibilidad del primer millón: el año pasado, donó las miles de libras del Mercury Prize a una anónima institución de caridad. Si el tema Common People fue irónico himno del beautiful London de los 90, en el 07 ellos quieren seguir siendo gente como uno y desprecian la tríada de sexo, droga y rock & roll. De hecho, la anécdota más hot que les dio la fama fue… un concierto en el desierto de Arizona: “La experiencia más cálida de mi vida. ¡Tocamos sobre los cactus!”. De aquel día se recuerda un concurso de aguante lagarto: los cuatro, en calzoncillos y afuera del ómnibus refrigerado, poniéndole pechito al calor.

Sin la arrogancia del artista cachorro ni los brillitos del popstar, los Arctic Monkeys son revulsivos, tanto como pueden serlo cuatro pibitos que cantan de las urgencias generacionales: “Todavía somos muy jóvenes”, acepta Nick. “Naturalmente, teniendo la edad que tenemos, nos concentramos en los temas que nos interesan, pero no tratamos de proclamar algo acerca de lo que es ser joven”. Alex conjura el jet lag y el síndrome de abstinencia (de la escritura) con un tipeo maníaco. “Aunque el proceso es distinto cada vez, los hechos generan palabras y escribo todo el tiempo, no puedo parar, en casa o de gira”. De la notebook iMac se escapan los personajes que habitan fantasías urbanas y oscuras, tan paródicas como cínicas. “¿Si me siento un cronista de la vida moderna?”, se escandaliza y espero la respuesta obvia: “No. Yo escribo sobre la locura de la vida moderna, pero no tengo una voz especial: eso le pasa a todos”.

Publicado en el Sí!, junio de 2007

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2 pensamientos en ““No somos estrellas de rock”

  1. Genios! Los vi en el 2007 y los voy a ver esta semana en el Quilmes.Para mí la mejor banda de este siglo. Gracias Nico!

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