Cómo triunfar siendo un perdedor

Woody Allen hizo de la derrota un estilo, y su forma de producir es ahora objeto de estudio en las universidades.

// Por Nicolás Artusi

“Me expulsaron del colegio y conseguí un empleo en Madison Avenue, en Nueva York. Una entusiasta y emprendedora agencia de publicidad estaba dispuesta a pagar 95 dólares a la semana a quien fuera todos los días a sus oficinas y se sentara allí con aspecto de judío. Querían demostrar al mundo que ellos contrataban a las minorías étnicas. Así que me contrataron a mí”: en el monólogo precoz, una mirada irónica al mundo de Mad Men, antes del macho alfa Don Draper y sus copetines vespertinos. Y aunque al final lo terminaran echando porque se tomaba demasiados feriados religiosos, la carrera corporativa de Woody Allen podría haber sido como la parábola de la vaca en cualquier empresa multinacional: déjenla en un pasillo y, en cinco años, la nombrarán gerente.

Neurótico, fóbico y curiosamente irresistible para las mujeres en la última etapa de sus pubertades, Woody hizo de su aura de perdedor un gran negocio y por eso mismo lo empiezan a estudiar en las carreras empresariales. En serio. Filma una película por año y, aunque no pueda jactarse de ningún supertanque, sale con números redondos: le dan diez millones, recauda veinte. ¿Acaso los Chicago Boys deberían aprender del flaquito de Manhattan? El best seller James Altucher, autor de seis libros de autoayuda empresarial, se ocupó de resumir las cosas que cualquier emprendedor debería copiar de Woody Allen. La primera es la tolerancia por el fracaso: él podría haber insistido en la fórmula segura de la comedia slapstick y, con su rutina de tropiezos y cachetazos, ser el sucesor de los hermanos Marx. Pero se animó al dramón y filmó Crímenes y pecados o Match Point. Asumió los riesgos. Y ahí donde él mismo se defina como un fracasado podrá conjurar la obsesión por el éxito. Aunque demasiado pesimista, Woody es profético (ya en 1977 decía que el cine vivía el fin de una era y que las películas se verían en aparatos portátiles) y a la vez flexible: cambia su propio guión en medio del rodaje, según la conveniencia. Pero, sobre todo, es muy productivo: cada año, una película, infinidad de artículos, un par de obras de teatro y una fórmula que discute a la vez la autoexigencia y la procastinación: “Si trabajás sólo de tres a cinco horas por día te volvés muy eficiente. La constancia en lo que importa”.

Con el mismo hábito riguroso de un eremita, Woody esquiva los estímulos externos a su trabajo porque no tiene mail ni Facebook ni Twitter. Ni siquiera atiende el teléfono. Y aprendió a tolerar la imperfección: se conforma con que los resultados sean apenas los correctos. “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”, concedió un sabio alguna vez y le dio argumentos al empleado para no enrollarse en el loop de lo imposible. Con el cinismo propio de los años, Woody asumió que todas sus últimas películas son grandes decepciones. Pero tiene confianza en sí mismo y siempre vuelve a intentarlo: se deja ver ante el público, muestras sus virtudes a los posibles inversores y, con la seguridad atlética de un alfeñique crepuscular, se exhibe con esas incombustibles veinteañeras que, inexplicablemente, caen rendidas por sus encantos.

Publicado en Brando 

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