Romances de oficina

Lo dice la estadística: 4 de cada 10 personas tienen amoríos en el trabajo. Consejos para que el final de una relación no signifique el despido.

// Por Nicolás Artusi

Los chichoneos eternos junto a la máquina de café o las horas muertas en la charla ociosa. ¿En qué otro lugar nos pasamos ocho, diez o doce horas por día? El boludeo eterniza la jornada laboral y nos mantiene ahí, sentaditos como impone la lógica patronal de la silla caliente: si la Argentina es uno de los países donde se trabaja mayor cantidad de horas, la oficina es el gran promotor de romances de nuestros tiempos. Es oficial: según el supersitio de búsquedas laborales CareerBuilder.com, cuatro de cada diez trabajadores tendrán un amorío con un/a compañero/a en algún punto de sus carreras. Y tres se casarán con la persona que conocieron en el laburo. Ahí donde el cliché del acoso inmortalizó el sketch del jefe con la secretaria sentada en sus rodillas, ¿cómo llegamos a encontrar el amor en ese despelote de carpetas, memos, abrochadoras, biromes y remitos?

Tan prohibido en algunas empresas como “sacar fotocopias personales sin autorización”, el romance de oficina necesita algunas reglas para no confinar a los amantes al oprobio de una ruptura poco amistosa: ¿hay que decirlo o esconderlo? ¿Es inevitable participar del amorío a la comisión interna o regir a la pareja según las normas del estatuto profesional? Hasta Forbes, la revista de los millonarios, se ocupó del tema y, si en sus páginas el consejo para los gerentes desconfiados es que a cualquier subordinado apetecible se lo obligue a firmar un documento de silencio, para el empleado raso las normas son más prácticas y menos legalistas: evite enamorarse de un jefe o supervisor, invite a salir a alguien que no trabaje en su mismo departamento, no tenga manifestaciones públicas de afecto, jamás escriba mensajes personales en el mail corporativo porque un correo electrónico puede arruinar cualquier reputación y, acaso la más obvia pero contundente: “Frene antes de chocar”.

La estadística indica que el 65 por ciento de los empleados en noviazgo lo confiesa frente a sus colegas, contra un 46 por ciento de hace seis años, entonces: ¿para qué decirlo? Si la mayoría de las parejas termina con las mismas palabras ( “no sos vos, soy yo” “sólo necesito tomarme un tiempo” ), el romance de oficina puede acabar con las más brutales “pase a buscar la liquidación y mañana no vuelva”. Bang bang, estás liquidado. El despido o el retiro involuntario son los riesgos colaterales del amor frustrado: ¿quién querría pasar ocho, diez o doce horas por día con aquella que le metió los cuernos o con aquel atormentado por la dichosa “incompatibilidad de caracteres” ? Si una épica del romance habla de la renuncia como acto de amor supremo, acá sería apenas una salida rápida antes del escándalo de pasillo, con la eficiencia del que entrega un informe en tiempo récord.

Publicado en Brando

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