Leo clásicos, luego existo

Me pongo serio y recomiendo leer. Pero no tuits, leer de verdad: Cervantes, Tolstói y Dostoyevski.

Apuntes: vidas privadas

Marilyn, Ullyses

// Por Nicolás Artusi

Agotado de la urgencia en la comanda laboral o de la fugacidad en los vínculos líquidos, el hombre moderno tiene un arma secreta para ganar una batalla decisiva entre la guerra de la calle y la paz del espíritu: leer a Tolstói. O a Dostoyevski. O a Cervantes. Que el ánimo se disponga a sumergirse en novelones de mil páginas y decenas de personajes: en los clásicos de la literatura está la “invención de lo humano”, según la totémica definición del crítico Harold Bloom en su ensayo sobre Shakespeare. Ahora, un estudio publicado en la revista Science demuestra que leer los grandes clásicos aumenta la inteligencia emocional y la habilidad social. En épocas de textos a 140 caracteres, un desafío de resistencia para el lector fugaz: si hace unos años un best seller de autoayuda proponía “más Platón y menos Prozac” como la receta filosófica contra el trastorno de ansiedad generalizada, las novelas sagradas aguantan como un bastión de resistencia contra el imperio de lo efímero: un camino para ir en busca del tiempo perdido leyendo tuits, matando soldados en una consola o actualizando nuestro “estado” ante el interrogatorio diario del Facebook: “¿Qué estás pensando?”. Más Joyce y menos joystick.  Sigue leyendo

Noticias más potentes que ficciones

La actualidad es el motor de una ficción que imagina la intimidad del movimiento Occupy Wall Street, salidas transitorias desde la cárcel, el duro control al mercado de divisas y los riesgos de Agüero y Tévez en Londres.

Instantáneas del fotoperiodismo

// Por Nicolás Artusi

Inmigrantes digitales, así se los llama: nacidos un poco antes o un poco después de 1975, se colaron en el Primer Mundo de la información como los “espaldas mojadas” mexicanos que se juegan el pellejo en el desierto de Texas. Crecieron aporreando un Atari que un tío que viajó a Norteamérica les trajo en los años de la tablita financiera y se hicieron grandes cuando abrieron su perfil de Facebook, empujados por la presión social de sus “contactos”. ¿Sabía usted que se marcan 3.000.000.000 de “me gusta” por día en el mundo? Abrumados de datos, en la intimidad de su hipocondría le temen al ACV como mal de la época (las cabezas estallan por exceso de información), satisfacen su ego ante cada pulgar arriba, miden el éxito según la cantidad de “seguidores” que consigan  y escriben todo el día, muchísimo más que sus mayores: SMS, tweets, actualizaciones de estado, mails y ficciones, marcadas por la urgencia de lo fugaz como presagio de lo que se perderá para siempre. Están contaminados de actualidad.  Sigue leyendo

La biblioteca del buen gourmet

En riguroso papel ilustración cosido a hilo, el moderno libro de cocina se propone como objeto de lujo, alejado de la misión práctica del recetario para apoyar junto a la hornalla: ofrece imágenes casi cinceladas, áureas, intocadas.

// Por Nicolás Artusi

Sin rastros de óxidos ni rayones, las mesadas relucen con la limpieza aséptica de un laboratorio. Las ollas tienen el cromado de un cero kilómetro, en cuanto brillos y aluminios sugieran una noción de lo sofisticado. El menaje, áureo: intocado. Y las comidas se exhiben casi cinceladas, lustrosas al punto de la gelatina, cubiertas por la sospecha del dopaje con jarabes. En riguroso papel ilustración cosido a hilo, el moderno libro de cocina se propone como objeto de lujo, alejado de la misión práctica del recetario para apoyar junto a la hornalla: ofrece una cocina para mirar, ya no para imitar con el voluntarismo de un principiante. Si Roland Barthes definió como “cocina ornamental” la hermosa fotografía en colores de cualquier plato preparado para la cámara, estas enciclopedias de lo gastronómico también ofrecen una cocina exclusivamente para la vista, “que es un sentido distinguido”.  Sigue leyendo

París en colores

Bleu, blanc, rouge: el azul de una puerta, el blanco de un mantel, el rojo de un Citroen clásico. El hermoso librito París en color celebra la mitología romántica de la Ciudad Luz multiplicada en prismas de tonos infinitos. La blogger y fotógrafa Nichole Robertson le escribe una carta de amor a París, sólo en imágenes, con un libro para la mesita del café que va más allá de la estampita turística. Ni la Torre Eiffel ni el Arco del Triunfo y muchas cafeterías, bicicletas, boinas y panaderías de la ciudad que es un faro en el medio de Europa. ¡Oh la lá!  Sigue leyendo

La carcajada final

“Public speaking” es un documental de Martin Scorsese sobre la figura de Fran Lebowitz, la mítica escritora que sufre un bloqueo creativo desde 1979.

La cosa por la que me castigaban en casa terminó siendo la misma por la que me pagan”. La parábola premia con justicia el acto de hablar en público de manera compulsiva y, ahí donde Raymond Carver haya reclamado “querés hacer el favor de callarte por favor”, la afilada Fran Lebowitz le habría respondido con otro tsunami de palabras. Blablablá. Hombruna, ancha en sus sacones, vestida siempre de varón, con la voz cascada por el cigarrillo, a los 60 años sigue siendo una observadora cínica y brutal del Imperio desde los días del flower power hasta el hipotético default , un mito de la inteligencia neoyorquina y una mujer que, verborrágica en la oralidad, se confiesa impotente en la escritura: hace tres décadas que no puede terminar un libro. Pero hizo del bloqueo una carrera exitosa. Si en la desesperación por el best-seller algún editor argentino patentó el oxímoron del “lector que no lee”, Fran Lebowitz es la escritora que no escribe: sin textos desde 1981, cuando publicó Social studies , el segundo de sus dos libros de “ensayos cómicos”, hizo de la pereza una marca de autor.  Sigue leyendo