Eso de afeitarse todos los días es cosa del pasado. Ahora se usa pelo facial abundante. Barbas, bigotes y sus usos, la vuelta del hombre recio.
Apuntes: vidas privadas

// Por Nicolás Artusi
Las cuchillas se deslizan sobre la cara como los patines de un partido de hockey sobre hielo. Pzzzzzzzzzz. El hombre venerable pretende que rostro y cuello estén suaves como un piso de parquet y se somete a la diaria tortura de la afeitadora, en desigual lucha contra la rutina, el ardor y la voluntad de controlar la botánica facial (en mi casa, se decía que el tío Tito era tan hirsuto que debía afeitarse a la mañana y a la tarde, sólo para mostrarse digno y presentable a toda hora). Ahí donde un filósofo haya definido “lo liso como sinónimo de lo perfecto”, una nueva generación de hombres levanta la bandera del orgullo facial, renuncia a los afanes de la perfección y se deja crecer la barba como contraseña de época: si durante años fue incompatible con la rígida idea de “buena presencia”, hoy es una marca de identidad para señores de todas las edades que necesitan aferrarse a algo real, natural y estable. Sigue leyendo










