Brunch, la película

Its A Disaster

SnackCuatro parejas de amigos se reúnen a compartir el ritual del desayuno-almuerzo como todos los domingos hasta que, en medio de huevos revueltos, diarios y café, se enteran de que acaba de empezar el fin del mundo. Esta es la historia que cuenta It’s a Disaster, la primera película catástrofe dedicada al brunch. Los amigos quedan encerrados en una casa mientras el planeta se desintegra. Con humor negro sólo apto para “bohemios-burgueses” y un tono satírico sobre el narcisismo y el consumismo de la época, es la primera película que consagra el brunch como un ritual social, cultural y gastronómico de los tiempos modernos.

Cómo triunfar siendo un perdedor

Woody Allen hizo de la derrota un estilo, y su forma de producir es ahora objeto de estudio en las universidades.

// Por Nicolás Artusi

“Me expulsaron del colegio y conseguí un empleo en Madison Avenue, en Nueva York. Una entusiasta y emprendedora agencia de publicidad estaba dispuesta a pagar 95 dólares a la semana a quien fuera todos los días a sus oficinas y se sentara allí con aspecto de judío. Querían demostrar al mundo que ellos contrataban a las minorías étnicas. Así que me contrataron a mí”: en el monólogo precoz, una mirada irónica al mundo de Mad Men, antes del macho alfa Don Draper y sus copetines vespertinos. Y aunque al final lo terminaran echando porque se tomaba demasiados feriados religiosos, la carrera corporativa de Woody Allen podría haber sido como la parábola de la vaca en cualquier empresa multinacional: déjenla en un pasillo y, en cinco años, la nombrarán gerente.

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La carcajada final

“Public speaking” es un documental de Martin Scorsese sobre la figura de Fran Lebowitz, la mítica escritora que sufre un bloqueo creativo desde 1979.

La cosa por la que me castigaban en casa terminó siendo la misma por la que me pagan”. La parábola premia con justicia el acto de hablar en público de manera compulsiva y, ahí donde Raymond Carver haya reclamado “querés hacer el favor de callarte por favor”, la afilada Fran Lebowitz le habría respondido con otro tsunami de palabras. Blablablá. Hombruna, ancha en sus sacones, vestida siempre de varón, con la voz cascada por el cigarrillo, a los 60 años sigue siendo una observadora cínica y brutal del Imperio desde los días del flower power hasta el hipotético default , un mito de la inteligencia neoyorquina y una mujer que, verborrágica en la oralidad, se confiesa impotente en la escritura: hace tres décadas que no puede terminar un libro. Pero hizo del bloqueo una carrera exitosa. Si en la desesperación por el best-seller algún editor argentino patentó el oxímoron del “lector que no lee”, Fran Lebowitz es la escritora que no escribe: sin textos desde 1981, cuando publicó Social studies , el segundo de sus dos libros de “ensayos cómicos”, hizo de la pereza una marca de autor.  Sigue leyendo