Todo al negro

Postales nostálgicas de un hotel que supo ser el corazón de Las Vegas: el célebre Flamingo.

Souvenir: recuerdos de viajes

Las Vegas, Flamingo

Un flamenco de un metro ochenta color fucsia furioso me mira fijo a los ojos y dice: “Bienvenido”. En realidad, welcome. Podría pensar que es un típico episodio de pánico y locura en Las Vegas, pero la incontable cantidad de café que tomé en el vuelo hasta acá me da por lo menos una certeza: estoy sobrio. Desde el avión, el desierto de Nevada se muestra soporífero e interminable hasta que un brillo lejano, el fulgor de un diamante sobre un paño opaco, empieza a agrandarse cada vez más: esa lucecita en el paisaje lunar tomará el tamaño de la ciudad en que nunca se hace de noche, la ciudad del pecado que sólo se asume devota de una biblia de neón. En Las Vegas, la falsa torre Eiffel convive con la falsa Venecia, a metros nomás de la falsa pirámide de Keops: el mundo se presenta disminuido en un desparramo insólito, un caos jibarizado sin orden ni concierto. Y si la sobriedad me salva de la locura cuando me habla un falso flamenco, mi breve estadía en el hotel Flamingo me transporta a una época que añoro aun sin haber vivido.  Sigue leyendo

Cambio de aire

Ser testigo de un huracán en el Caribe mexicano y escapar de él en avión para mirarlo desde arriba.

Souvenir: recuerdos de viajes

HURRICANE JEANNE

El calendario cambia de mes y también cambia el aire: el creyente en un orden universal respira aliviado. Llega el 1º de diciembre y se termina de manera oficial la temporada de huracanes, que empezó el 1º de junio y se extendió hasta el 30 de noviembre, una espada damocliana de la que nosotros, los despreocupados habitantes meridionales de este continente, no sabemos nada. Pero los americanos de más al norte planifican su vida alrededor de una posibilidad (la de la catástrofe) y ahí donde no se organizará una boda playera o una excursión escolar al Atlántico en los meses de alerta, la ironía cósmica les repetirá una y otra vez que el hombre propone pero ella dispone: este año, la tormenta tropical Ana se formó un mes antes del inicio de la temporada y a su pila de destrozos sumó el más inquietante, acaso por lo intangible: la incerteza.  Sigue leyendo

Motores fundidos

¿Qué pasó con la pujante Detroit? Postales apocalípticas de la que supo ser la gran ciudad industrial.

Souvenir: recuerdos de viajes

Detropia

Entre los vidrios rotos, los neumáticos quemados, los ladrillos partidos, los marcos sin puertas, las baldosas ajadas, las paredes agrietadas, los cascotes polvorientos, los vientos glaciales, los edificios vacíos, las lámparas apagadas, los motores fundidos, las botellas tiradas, los escombros enormes, se levanta un jardín. Podría ser poético, a la manera de la poesía de los fotógrafos de guerra que inmortalizan una flor que sobrevive en el holocausto, sino fuera casi cínico que ahí, en pleno centro de Detroit, los jefes municipales hayan decidido ocupar los baldíos con granjas: el contraste entre el cemento y las plantas es brutal y hace más desolador el vacío.  Sigue leyendo

Octubre eterno

Nostalgia del pasado soviético y las marcas del triunfo del capitalismo a los pies de Lenin.

Souvenir: recuerdos de Moscú

Lenin

La piel cerúlea es la de un muñeco: cuesta creer que ese chirolita de barba perilla haya sido el gran revolucionario. Derribado de su pedestal, posa embalsamado detrás de un vidrio blindado en el mausoleo de la Plaza Roja, junto a las paredes del Kremlin. Está acostado ahí desde 1924, inmóvil en su sueño eterno (menos los 1360 días de la Segunda Guerra Mundial en que fue trasladado a Siberia, para evitar el riesgo de que cayera en manos enemigas) y la inmortalidad lo encuentra vestido igual que en las estampitas comunistas: traje negro, camisa blanca de cuello almidonado y corbata al tono. “¡Move, move!”, grita un urso ruso: el soldado de fusil en mano balbucea un inglés elemental para indicar al turista que se mueva, que no puede detenerse delante del líder momificado, que debe mirarlo al paso. Si es cierto que Rusia es un país genial para los acontecimientos históricos pero en el que nunca existirá una vida normal, las filas de japoneses con cámaras de fotos hacen del mausoleo un mamotreto delirante: una Disneylandia fantasmal del comunismo.  Sigue leyendo

Queso amargo

Un domingo en un pueblo suizo y una pintada que destroza el mito de su neutralidad. El racismo acecha.

Souvenir: recuerdos de Suiza

“México manda su gente, pero no manda lo mejor. Están trayendo drogadictos, criminales y violadores”: el millonario de peluquín ridículo escupe su brulote delante de cada micrófono y ahí donde uno piense que no puede decirse nada más piantavotos, la encuesta confirma lo contrario: el magnate racista podría ser el sucesor del primer presidente negro de los Estados Unidos. Los bienpensantes se horrorizan y yo recuerdo un viaje reciente a Suiza, adonde aterricé un domingo a la tarde de fines de un verano: absolutamente todo cerrado. El supermercado, el kiosquito y hasta el McDonald’s, todo cerrado como una rebelión módica contra la cultura del 24/7 que es fundacional del ser norteamericano: que se pueda comprar a cualquier hora. En el gesto, pensé, se exagera la cerrazón europea ante la costumbre foránea, que da a Ginebra un paisaje comercial cada vez más parecido al de Londres, Nueva York o Buenos Aires (los mismos chicles, las mismas aspirinas). Pero aun en la parálisis de un domingo se advierten las señales de una revolución subterránea: las paredes de Suiza, modelo de proverbial neutralidad y secreto bancario, están empapeladas con afiches rojos en los que tres ratas devoran una porción de queso fromage debajo de la exquisita tipografía helvética: “El 60 por ciento de los criminales viene del extranjero”.  Sigue leyendo

Verano de agosto

Cómo escaparse del frío o la lluvia y perderse en la soleada Lisboa, la Montevideo de Europa.

Souvenir: recuerdos de viaje

Lisboa, Andre Da Loba “Aquel vino a hacerse el agosto”: en la mortificada expresión de las tías de mi familia, así se reprochaba al que se empeñaba en conseguir un veranito ventajoso aun en pleno invierno (otra facción acusaba al octavo mes de ser cruel con el pariente de salud precaria: “Julio lo prepara y agosto se lo lleva”, repetía la tía Delia como una Cassandra trágica de Parque Chas). Agobiado por el frío y la lluvia porteños, un agosto aterricé en la capital portuguesa, sugestionado por la más eficaz mercadotecnia publicitaria: “260 días de sol en Lisboa”, promete el lema y debe ser cierto porque, incluso en su melancolía decadente, la Montevideo de Europa me mostró el cielo más azul que recuerde. No tiene la quietud museística de París ni el orden mundano de Londres: a orillas del río Tajo, la más latina de todas las capitales europeas conjura la nostalgia con el fenómeno septentrional que a mí, tan meridional en mis ánimos e inquietudes, se me antoja ajeno: un verano en pleno agosto.  Sigue leyendo

Un viaje relámpago

Una selva en Puerto Rico y la pesadilla para el hombre atormentado: la lluvia que nunca para.

Souvenir: recuerdos de El Yunque

Lluvia sin fin

“¡Se puede recorrer en cuatro horas!”: al bajar del avión vía escala en Miami, la islita de Puerto Rico se pavonea de su pequeñez insular. El cartel de bienvenida intenta seducir al visitante con poco tiempo y uno, sujeto a las exigencias del viaje relámpago, se apura por conocer la atracción principal. En este “estado libre asociado” con tanto porcentaje de humedad como de petisitas culonas (aquí se atribuyen la patria potestad del perreo, esa variante aún más lúbrica del mueva-mueva-mueva), la ropa se pega al cuerpo y la nuca es una pista de aterrizaje para las gotas de sudor que nacen en la punta de la cabeza. Tengo algo más de cuatro horas por delante y, ahí donde el inútil refranero porteño me repita que “lo que mata es la humedad”, acá quiero morirme: en el rainforest El Yunque, un prodigio de la naturaleza adonde llueve todo el tiempo. Las veinticuatro horas de cada día del año, aun bisiesto. Siempre. La escueta información turística apenas dirá que es un bosque lluvioso tropical de 113 kilómetros cuadrados con precipitaciones permanentes. Una maravilla natural o la pesadilla del atormentado.  Sigue leyendo

El fracaso de las listas

Los propósitos para 2014 pueden ser una nueva causa de frustración. Consejos para evitarlo.

Apuntes: vidas privadas

Calendario fin de año

// Por Nicolás Artusi

“Este año fue un desastre”: en un respiro del entrenamiento en el gimnasio, mi amigo se queja de un esguince que lo tiene dolorido, se lamenta de un arreglo imprevisto del auto, patalea por un aumento del ABL y, claro, sufre por la ola de calor que atonta y que lo empuja a la repetición todavía más enfática (“¡este año fue un desastre!”) aunque recién sean las cinco de la tarde del 4 de enero. La anécdota, absolutamente verídica, habla de ESTE año, que para él ya está rancio como un yogur en la madrugada de un supermercado chino, apenas cuatro días que habrán sellado la matriz de lo que vendrá: todo para peor. En el comentario acre se esconde la expectativa desmedida frente a un simple cambio de páginas en el calendario y la sospecha, casi una certeza, de que los grandes cambios previstos quedarán atascados en la bandeja de salida como un mail no enviado, sepultados por el spam de la vida: contratiempos módicos y otras prioridades. “En el 2014 empiezo la dieta”; “este mes aprendo chino”; “de enero no pasa que pido un aumento”. Si las resoluciones de Año Nuevo no son más que deseos voluntaristas condenados al fracaso, ¿cómo evitar darse un corchazo contra la realidad?  Sigue leyendo

Leo clásicos, luego existo

Me pongo serio y recomiendo leer. Pero no tuits, leer de verdad: Cervantes, Tolstói y Dostoyevski.

Apuntes: vidas privadas

Marilyn, Ullyses

// Por Nicolás Artusi

Agotado de la urgencia en la comanda laboral o de la fugacidad en los vínculos líquidos, el hombre moderno tiene un arma secreta para ganar una batalla decisiva entre la guerra de la calle y la paz del espíritu: leer a Tolstói. O a Dostoyevski. O a Cervantes. Que el ánimo se disponga a sumergirse en novelones de mil páginas y decenas de personajes: en los clásicos de la literatura está la “invención de lo humano”, según la totémica definición del crítico Harold Bloom en su ensayo sobre Shakespeare. Ahora, un estudio publicado en la revista Science demuestra que leer los grandes clásicos aumenta la inteligencia emocional y la habilidad social. En épocas de textos a 140 caracteres, un desafío de resistencia para el lector fugaz: si hace unos años un best seller de autoayuda proponía “más Platón y menos Prozac” como la receta filosófica contra el trastorno de ansiedad generalizada, las novelas sagradas aguantan como un bastión de resistencia contra el imperio de lo efímero: un camino para ir en busca del tiempo perdido leyendo tuits, matando soldados en una consola o actualizando nuestro “estado” ante el interrogatorio diario del Facebook: “¿Qué estás pensando?”. Más Joyce y menos joystick.  Sigue leyendo

Preferiría decir que no

Entre las habilidades necesarias para sobrevivir en el mundo, hay una fundamental: cómo negarse.

Apuntes: vidas privadas

NO, camión

// Por Nicolás Artusi

Un obstáculo insuperable separa al hombre digno del abuso de un jefe tiránico o el mangueo de un cuñado díscolo: tiene el sí fácil. O el no difícil. El mandato productivista de la época nos anima a desarrollar habilidades sociales y profesionales como la resiliencia o la efectividad, pero nadie nos enseña a decir “no” con eficiencia. Hasta ahora. Ahí donde la culpa por defraudar las expectativas ajenas o el temor de enfrentar al prójimo hagan del hombre trémulo una víctima de su incapacidad para negarse (a él le tocará quedarse en la oficina después de hora o comprar carbón al momento del asado), la ciencia estudia el lenguaje del comportamiento y encuentra una manera irrebatible de negarse sin sufrir en el intento. Todo un desafío para flojos de carácter frente al superior iracundo o la esposa dominante: cómo decir “no”. Y lo más importante: que funcione.  Sigue leyendo