El fracaso de las listas

Los propósitos para 2014 pueden ser una nueva causa de frustración. Consejos para evitarlo.

Apuntes: vidas privadas

Calendario fin de año

// Por Nicolás Artusi

“Este año fue un desastre”: en un respiro del entrenamiento en el gimnasio, mi amigo se queja de un esguince que lo tiene dolorido, se lamenta de un arreglo imprevisto del auto, patalea por un aumento del ABL y, claro, sufre por la ola de calor que atonta y que lo empuja a la repetición todavía más enfática (“¡este año fue un desastre!”) aunque recién sean las cinco de la tarde del 4 de enero. La anécdota, absolutamente verídica, habla de ESTE año, que para él ya está rancio como un yogur en la madrugada de un supermercado chino, apenas cuatro días que habrán sellado la matriz de lo que vendrá: todo para peor. En el comentario acre se esconde la expectativa desmedida frente a un simple cambio de páginas en el calendario y la sospecha, casi una certeza, de que los grandes cambios previstos quedarán atascados en la bandeja de salida como un mail no enviado, sepultados por el spam de la vida: contratiempos módicos y otras prioridades. “En el 2014 empiezo la dieta”; “este mes aprendo chino”; “de enero no pasa que pido un aumento”. Si las resoluciones de Año Nuevo no son más que deseos voluntaristas condenados al fracaso, ¿cómo evitar darse un corchazo contra la realidad?  Sigue leyendo

Leo clásicos, luego existo

Me pongo serio y recomiendo leer. Pero no tuits, leer de verdad: Cervantes, Tolstói y Dostoyevski.

Apuntes: vidas privadas

Marilyn, Ullyses

// Por Nicolás Artusi

Agotado de la urgencia en la comanda laboral o de la fugacidad en los vínculos líquidos, el hombre moderno tiene un arma secreta para ganar una batalla decisiva entre la guerra de la calle y la paz del espíritu: leer a Tolstói. O a Dostoyevski. O a Cervantes. Que el ánimo se disponga a sumergirse en novelones de mil páginas y decenas de personajes: en los clásicos de la literatura está la “invención de lo humano”, según la totémica definición del crítico Harold Bloom en su ensayo sobre Shakespeare. Ahora, un estudio publicado en la revista Science demuestra que leer los grandes clásicos aumenta la inteligencia emocional y la habilidad social. En épocas de textos a 140 caracteres, un desafío de resistencia para el lector fugaz: si hace unos años un best seller de autoayuda proponía “más Platón y menos Prozac” como la receta filosófica contra el trastorno de ansiedad generalizada, las novelas sagradas aguantan como un bastión de resistencia contra el imperio de lo efímero: un camino para ir en busca del tiempo perdido leyendo tuits, matando soldados en una consola o actualizando nuestro “estado” ante el interrogatorio diario del Facebook: “¿Qué estás pensando?”. Más Joyce y menos joystick.  Sigue leyendo

Preferiría decir que no

Entre las habilidades necesarias para sobrevivir en el mundo, hay una fundamental: cómo negarse.

Apuntes: vidas privadas

NO, camión

// Por Nicolás Artusi

Un obstáculo insuperable separa al hombre digno del abuso de un jefe tiránico o el mangueo de un cuñado díscolo: tiene el sí fácil. O el no difícil. El mandato productivista de la época nos anima a desarrollar habilidades sociales y profesionales como la resiliencia o la efectividad, pero nadie nos enseña a decir “no” con eficiencia. Hasta ahora. Ahí donde la culpa por defraudar las expectativas ajenas o el temor de enfrentar al prójimo hagan del hombre trémulo una víctima de su incapacidad para negarse (a él le tocará quedarse en la oficina después de hora o comprar carbón al momento del asado), la ciencia estudia el lenguaje del comportamiento y encuentra una manera irrebatible de negarse sin sufrir en el intento. Todo un desafío para flojos de carácter frente al superior iracundo o la esposa dominante: cómo decir “no”. Y lo más importante: que funcione.  Sigue leyendo

Vivir a pie

Harto del tráfico y los embotellamientos, un intento por volver a la caminata en las grandes ciudades.

Apuntes: vidas privadas

Walking Men 2

// Por Nicolás Artusi

La vida a 5 kilómetros por hora: chacinados adentro de una lata con ruedas, vemos pasar la existencia ante nuestros ojos mientras el semáforo alterna con la tricromía de un daltónico, rojo-amarillo-verde-amarillo-rojo. Manoteamos el teléfono para leer un tuit, hacemos un zapping frenético por las radios, nos entregamos al hojeo ocioso de una guía Filcar, nos martirizamos con el monólogo interior: “¿Sabías que hay una calle que se llama Achupallas?”. El auto no se mueve, el tiempo se congela y la vista se enturbia por la crispación. Si a fines de los ‘90 el movimiento slow militó por un desafío al culto a la velocidad y mientras la publicidad nos convenció de los perjuicios del tránsito lento (je), las calles del siglo XXI hacen de aquella elección casi ludita una exigencia pragmática: la mismísima revista Forbes, biblia de los millonarios y los aspirantes, recomienda al ejecutivo estresado: “Venda su auto”. Si una queja trillada del conductor en la hora pico es que se circula “a paso de hombre”, que el varón moderno haga su propio elogio de la lentitud y se convierta ya no en ciclista, siempre que pueda: en caminante.  Sigue leyendo

El secreto del éxito

Tempraneros, cumplidores de promesas y programados hasta para el ocio: así son los hombres que logran triunfar.

Apuntes: vidas privadas

El secreto de mi éxito

// Por Nicolás Artusi

Es un pinche en el Departamento de Correspondencia de una gran corporación pero el pálpito lo alienta a pensar que puede cambiar el rumbo de la empresa y de su vida: tiene lo que hay que tener. En 1987, la película El secreto de mi éxito muestra a Michael J. Fox trajeado como un proyecto de yuppie y resume la pasión de la década infame por el dinero y una manera salvaje de hacer negocios (en el título original, la palabra “succe$s” se escribe así, con la marca del dólar en la grafía). Ese mismo año, el mesiánico Gordon Gekko habría despreciado desde su búnker en Wall Street la buena voluntad del muchacho lobo: pasado de anfetaminas, él apostaba a la timba financiera para multiplicar los billetes. Es cierto que, aun a pesar del boom de la literatura de autoayuda económica, no existe un manual de recetas para el éxito. Pero se puede estudiar qué hicieron aquellos que fundaron grandes negocios. ¿Quién quiere ser millonario?  Sigue leyendo

Con la nena, sí

La ciencia confirmó lo que ya sabíamos: el padre es el modelo de hombre alrededor del cual las mujeres construyen su ideal romántico. Incluso para buscar su opuesto.

Apuntes: vidas privadas

Monsters Inc.

// Por Nicolás Artusi

Siempre en la búsqueda de abrigo y consuelo, la nena se abraza a los muslos largos y peludos del hombre que pueda ser su papá. Es casi un paso de comedia con final conocido, que se repite en plazas o parques donde el entusiasmo la anima a encontrar un padre aun entre las piernas extrañas (es literal, no abusen de las interpretaciones lacanianas). La confusión se resolverá con risas de propios y ajenos y, en una elipsis inevitable, al hacer FFWW hasta la adolescencia de esa niña trémula, el padre observará, entre complacido y consternado, que la hija perseguirá novios que se le parezcan mucho o que no se le parezcan nada. Él será el meridiano a partir del cual ella construya sus relaciones. En la tele, un folklore cómico popular repetirá el entuerto en infinidad de sketches, siempre con un padre protestón y de recurrente ascendencia italiana, que eterniza el remate como latiguillo y declaración de guerra ante la aparición de cada nuevo candidato: “¡Con la nena, no!”.  Sigue leyendo

Etiqueta de vestuario

Nada de fotos con el celular ni de charlas en la desnudez. Las duchas del gimnasio también tienen su código de caballeros.

Apuntes: vidas privadas

Havaianas

// Por Nicolás Artusi

Con toda su contundencia zoológica, las criadillas cuelgan fláccidas del otro lado del banco de madera. El caballero venerable que estaba justo al lado nuestro en la clase de spinning se despelota sin pudores en el afán por desprenderse del sudor y las gónadas se rinden a la implacable fuerza de gravedad cuando se sienta para entregarse a la discusión futbolera o la cháchara meteorológica. Si el gimnasio es un templo moderno con rituales paganos, una etiqueta del vestuario nos permitirá conservar la dignidad aun en el ahogo aeróbico o la desnudez propia de un documental del National Geographic.  Sigue leyendo

¡Arriba las manos!

En Estados Unidos renació una vieja corriente: la que desaconseja la masturbación para no “derrochar” energía. El onanismo resiste.

Apuntes: vidas privadas

Masturbación

// Por Nicolás Artusi

Las estadísticas son contundentes: un hombre heterosexual promedio se masturba 17 veces por mes y un homosexual, cerca de 40. Si fuera cierta la máxima de Woody Allen, aquella que glorifica la masturbación como el sublime acto de hacer el amor con la persona que uno más quiere, una nueva corriente de varones virtuosos se empeña en el celibato de la autosatisfacción como una manera práctica de ser hombres mejores. La insólita polémica copó los medios estadounidenses en las últimas semanas: ¿masturbación sí o no? Con su afición por los neologismos, los yanquis alumbraron la bella palabra “fapstinencia” (viene de la onomatopeya “fap, fap, fap”, el ruido que hace un hombre en la muda intimidad de su onanismo) y mientras el debate llegó a las revistas y los noticieros, una multitud de jóvenes saludables promueve la abstinencia total del manoseo como un método para resetear el sexo, el cerebro, el deseo. Tocata y fuga.  Sigue leyendo

Mi barba tiene tres pelos

Eso de afeitarse todos los días es cosa del pasado. Ahora se usa pelo facial abundante. Barbas, bigotes y sus usos, la vuelta del hombre recio.

Apuntes: vidas privadas

Barba hipster

// Por Nicolás Artusi

Las cuchillas se deslizan sobre la cara como los patines de un partido de hockey sobre hielo. Pzzzzzzzzzz. El hombre venerable pretende que rostro y cuello estén suaves como un piso de parquet y se somete a la diaria tortura de la afeitadora, en desigual lucha contra la rutina, el ardor y la voluntad de controlar la botánica facial (en mi casa, se decía que el tío Tito era tan hirsuto que debía afeitarse a la mañana y a la tarde, sólo para mostrarse digno y presentable a toda hora). Ahí donde un filósofo haya definido “lo liso como sinónimo de lo perfecto”, una nueva generación de hombres levanta la bandera del orgullo facial, renuncia a los afanes de la perfección y se deja crecer la barba como contraseña de época: si durante años fue incompatible con la rígida idea de “buena presencia”, hoy es una marca de identidad para señores de todas las edades que necesitan aferrarse a algo real, natural y estableSigue leyendo

Porque yo lo digo

Los mitos con que nuestros padres intentaban disciplinarnos no tienen justificación científica. Sin embargo, los repetimos con nuestros hijos.

Apuntes: vidas privadas

Oogie Boogie

// Por Nicolás Artusi

Como si el hálito del Diablo se colara por la ventana de la cocina, me pasé la primera infancia sumido en el terror al estrabismo forzoso en cada bizquera intencional: “Si te da un golpe de aire te quedás bizco. Para siempre”. ¿Un golpe de aire? ¿Y eso? La advertencia paterna tomaba la forma de una premonición agorera e indiscutible. Si el terror infantil a cada Hombre de la Bolsa no logró que, de grande, pueda tragar una cucharada de sopa, un prematuro pensamiento racionalista me empujó a discutir algunos de los mitos con los que fui criado. Y, acaso siendo un niño algo avispado por la lectura de los fascículos Tecnirama que heredé de mi abuelo, confirmé lo que sospechaba. Con escaso rigor científico, cada advertencia tenía una única fuente, siempre justificada en la inescrutable majestad del saber paterno: “Porque yo lo digo”.  Sigue leyendo