Todo al negro

Postales nostálgicas de un hotel que supo ser el corazón de Las Vegas: el célebre Flamingo.

Souvenir: recuerdos de viajes

Las Vegas, Flamingo

Un flamenco de un metro ochenta color fucsia furioso me mira fijo a los ojos y dice: “Bienvenido”. En realidad, welcome. Podría pensar que es un típico episodio de pánico y locura en Las Vegas, pero la incontable cantidad de café que tomé en el vuelo hasta acá me da por lo menos una certeza: estoy sobrio. Desde el avión, el desierto de Nevada se muestra soporífero e interminable hasta que un brillo lejano, el fulgor de un diamante sobre un paño opaco, empieza a agrandarse cada vez más: esa lucecita en el paisaje lunar tomará el tamaño de la ciudad en que nunca se hace de noche, la ciudad del pecado que sólo se asume devota de una biblia de neón. En Las Vegas, la falsa torre Eiffel convive con la falsa Venecia, a metros nomás de la falsa pirámide de Keops: el mundo se presenta disminuido en un desparramo insólito, un caos jibarizado sin orden ni concierto. Y si la sobriedad me salva de la locura cuando me habla un falso flamenco, mi breve estadía en el hotel Flamingo me transporta a una época que añoro aun sin haber vivido.  Sigue leyendo

La marca del zorro

Una lunática inventiva para crear competencias que no mide riesgos ni prejuicios.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Fantastic Mr Fox

En la campiña alemana del siglo XVIII, los señores nobles bien vestidos se reunían al aire libre para matar el tiempo: con toda la pompa y la circunstancia que sus trajes y pelucas les permitían, tomaban de las patas a un zorro aterrorizado y lo tiraban tan lejos como podían. Uno de ellos sería el ganador. Si es cierto que en el deporte “el hombre no se enfrenta directamente al hombre porque entre ellos hay siempre un intermediario, una bola, una máquina, un disco, una pelota”, como escribe Roland Barthes, el animalito se convertía en balón y a la vez en el símbolo mismo de todas las cosas porque sólo uno de los caballeros era el más fuerte, el más hábil y el más valiente para poseerlo y dominarlo. Aquel deporte brutal existió y es apenas uno más de los que están incluidos en el sensacional libro Fox Tossing: And Other Forgotten and Dangerous Sports, Pastimes and Games, recién publicado en inglés, que documenta no sólo el lanzamiento del zorro sino otros deportes, pasatiempos y juegos olvidados y peligrosos que actualizan la vieja súplica de los relatores televisivos: “Chicos, ¡no hagan esto en sus casas!”.  Sigue leyendo

Libros XXL

Ahí donde se haya decretado la muerte el papel, son un foco de resistencia.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Books

Aun agobiado por el calor, desoigo el consejo que se le da al caminante o al viajero: ir liviano. En la mochila cargo con el libro que elegí para pasar estos días del verano: un novelón de Stephen King, ochocientas sesenta y cuatro páginas de tipografía apretada, un manchón de letritas con serif, todas pegadas unas junto a otras, sin blancos ni descansos. El mamotreto no llega a combar mi espalda (tengo las lumbares entrenadas por mi afición de corredor vocacional) pero confirma un fenómeno de época: los libros son cada vez más largos. Una investigación realizada en Inglaterra descubrió que son un 25 por ciento más extensos que hace quince años: si en 1999 el promedio de páginas era 320, en 2014 llegó a 400. La agencia londinense de marketing Verve Search analizó 2.500 títulos incluidos en las listas de best sellers del diario The New York Times y en las búsquedas de Google y así llegó a la conclusión: aunque los pronósticos agoreros se hayan apurado en anunciar el fin de la lectura, hoy se lee más que nunca.  Sigue leyendo

Festín desnudo

Un reality plasma la obsesión por retratar (y hacer público) todo lo que comemos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Food Porn

Perdigones dorados mechados con cerezas, chaud-froid de pollo rosado, timbal de langostinos con cinturón de carapachos rojos, Charlotte cremosa adornada con dibujos de frutas confitadas y genovesas multicolores: medio siglo antes de la invención de Instagram, Roland Barthes ya había advertido sobre una de las taras de la vida moderna: la cocina ornamental. En sus célebres Mitologías publicadas en 1957, el semiólogo francés notó que la comida mudó de sentido a seducir: del gusto a la vista en un barroco delirante, preocupado por gelatinar las superficies y abrillantar lo opaco. Si es cierto que la cocina ornamental es al alimento lo mismo que el porno al sexo (puro artificio), parece lógico que la moda actual de fotografiar lo que comemos se haya bautizado con una etiqueta inequívoca: #FoodPorn. Basta nomás con entrar ahora mismo a Instagram para comprobar el fenómeno de época: al momento de escribir esta columna, hay 75.403.131 fotos clasificadas con el hashtag que ostenta impúdicamente el plato exótico o el manjar infrecuente. El furor va de una pantalla a otra mientras la televisión anuncia el estreno de un nuevo reality: Food Porn, el primer programa nacido y criado en la red social que tiñe las fotografías con el filtro de la vida que anhelamos tener.  Sigue leyendo

La canción no es la misma

La música en español parece más cerca que nunca de la caída en los Estados Unidos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Grammy latino

“Latinos unidos, no voten por los racistas”: embanderados detrás de un cartel, Los Tigres del Norte muestran los colmillos y el gesto tiene un solo destinatario: Donald Trump, el esperpéntico candidato que promete blindar la frontera que separa los Estados Unidos de su vecino meridional, México. Los capos de la música norteña le cantan las cuarenta y a ellos se suma el coro de artistas que visten sus galas para recibir el Grammy segmentado, un formidable caso de estudio sobre la discriminación positiva: es un premio sólo para latinos. En medio siglo de ascenso y gloria, la música en español parece más cerca que nunca de la caída en los Estados Unidos. Mientras ganan pantalla de prime time los programitas televisivos protagonizados por hispanos, el mercado musical se desinfla y en la paradoja se delata un fenómeno de época: ahí donde sólo los abuelos ven canales de aire y se aferran a sus tradiciones, los nietos consumen música pero hablan y cantan en inglés.  Sigue leyendo

El color sin nombre

De Minneapolis a Níger, “Purple Rain”, o el nuevo socialrrealismo africano.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Akounak

El título es un desafío para las lenguas trémulas: la película se llama Akounak Tedalat Taha Tazoughai. Y más allá de la insólita combinación de vocales y consonantes, es una rareza que desafía las reglas del cine mainstream: es la remake africana de un éxito de Hollywood (por lo general, sucede al revés: siempre anhelantes del furor exótico, los grandes estudios compran los derechos de películas ajenas y las filman de nuevo: los yanquis no toleran los subtítulos). Pero el día en que un cineasta estadounidense instalado en África decidió adaptar la película Purple Rain, y mudar la biopic del músico Prince desde Minneapolis hasta Níger, se organizó una pequeña revolución: el sistema de producción cultural se alteró en las vías tradicionales de circulación de los contenidos, tanto que el título impronunciable apenas podría traducirse como “lluvia de color azul con un poco de rojo incluido en él” porque, en el idioma africano tamajeq, no existe una palabra que signifique “púrpura”.  Sigue leyendo

Éste fue el año en que…

Twitterature, libro

La astuta Lena Dunham enseñó cómo ser ese tipo de chica. Mi Pequeño Pony renació de las cenizas. El libro Plush demostró la influencia del pubis femenino en el arte universal. La inteligencia artificial copó las ficciones “serias”. Un hijo de Bob Marley fundó la primera multinacional de marihuana legal. Los ejecutivos de Hollywood buscaron inspiración en los videítos de la red social Vine. El fan fiction imaginó un romance hot entre Sherlock Holmes y su amado señor Watson. La directora Ava DuVernay no pudo contra la maquinaria machista de Hollywood. La actriz Desiree Akhavan volvió cool ser iraní en Brooklyn. Los videojuegos intelectuales conquistaron a los adultos. El colombiano Sergio de la Pava escribió la gran novela latinoamericana. El rap exigió su derecho a la libertad de expresión. Un libro iluminó la oscura fascinación por el cine del dictador de Corea del Norte. Cuba inventó su propio Netflix puerta a puerta. Una investigación demolió el mito del bienestar nórdico. Un romance gay llegó al horario central televisivo de la Rusia homofóbica. Un bar de Nueva York agotó localidades con su concurso de preguntas y respuestas sobre Friends. Se descubrió la mitología detrás del Monopoly, el juego de mesa más popular de la historia. Una academia estadounidense abrió una cátedra sobre vida y obra de Britney Spears. Se revisaron los crímenes de “Sollywood”, el Hollywood sudafricano de los años del apartheid. Bagdad quiso volver al mapa del arte mundial. La nonagenaria Iris Apfel se confirmó como la it girl más a la moda de Manhattan. El jovencísimo Shamir se asumió como el primer popstar sin género sexual. Los Muppets abrieron sus camarines. El músico noruego Lindstrom hizo despegar el “pop espacial”. Se empezó a leer twitteratura. La serie Hannibal convirtió el canibalismo en una costumbre chic. La novela La chica del tren imploró que nadie cuente el final. Apareció una secuencia de cine porno editada por Orson Welles. Se bautizó la Generación Yuccie. El capitalismo artístico hizo negocios multimillonarios. El fumón se transformó en un fetiche de la ficción inteligente. El director Judd Apatow investigó la teoría de la comedia. El rapero Prince Harvey grabó un disco completo en un Apple Store. El cine de la India se consolidó como el más productivo del mundo. El libro 33 artistas en 3 actos pulverizó el aura mágica de los creadores. Un experimento puso a mujeres a leer mientras tenían un orgasmo. Las series volvieron una y otra vez sobre los años 80. Se consagró al peor rapero del mundo. La censura china aprobó la primera película de temática gay. Un libro rescató el valor del videoclub como formador cultural. Se recordó a Jack Smith, el único artista al que Andy Warhol habría querido copiar. Se estrenó la versión de Plaza Sésamo para niños árabes. La serie Mr. Robot se confirmó como la más inteligente del año. El rap pudo unir a judíos y palestinos (pero no lo hizo). El libro Mundo cruel fue el pequeño acontecimiento literario del Caribe. El pibito Abraham Attah se convirtió en la estrella infantil más improbable. Se vendió el Village Voice a un magnate textil. Se publicaron las conmovedoras memorias de Oliver Sacks. El mundo descubrió el cine de África mientras África redescubrió el cine. Los latinos llegaron al prime time de las cadenas yanquis de aire. Un documental develó por qué Tower Records, mi disquería favorita, se vio obligada a poner un cartel con la palabra terminante: “Fin”.

El resumen de un año en mi corresponsalía cultural de La Nación Revista. Hasta el domingo que viene.

 

La caída de las torres

El documental que plasma el ascenso y el declive de un mítico refugio de melómanos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Tower Records

“Cualquiera en una disquería es tu amigo durante veinte minutos”: con la nostalgia por el tiempo y el espacio perdidos, Bruce Springsteen añora la época en que uno podía eternizarse junto a las bateas y preguntar por un artista o por otro, con la consecuencia inevitable: llegar por un disco, irse con diez. El documental All Things Must Pass (desde el título, un tributo al melancólico álbum de George Harrison: “Todas las cosas deben acabar”), que se exhibe ahora en los cines estadounidenses, repasa el ascenso fulgurante y la caída ruidosa de Tower Records, la cadena de disquerías más grande del mundo, y reconstruye la cartografía emocional del melómano que jamás encontrará en la recomendación algorítmica de Spotify una amistad de alta fidelidad. El local de Santa Fe y Riobamba hizo más por mi educación musical que cualquier servicio de streaming, revista importada o colega bien informado. Cerraba a la una de la mañana y, como yo vivía a poquitas cuadras, lo visitaba como sobremesa de la cena: en mi rutina noctámbula juvenil, era una excursión trasnochada en la que alargaba la conversación con otros clientes y vendedores hasta que bajaran la persiana.

Sigue leyendo

Cambio de aire

Ser testigo de un huracán en el Caribe mexicano y escapar de él en avión para mirarlo desde arriba.

Souvenir: recuerdos de viajes

HURRICANE JEANNE

El calendario cambia de mes y también cambia el aire: el creyente en un orden universal respira aliviado. Llega el 1º de diciembre y se termina de manera oficial la temporada de huracanes, que empezó el 1º de junio y se extendió hasta el 30 de noviembre, una espada damocliana de la que nosotros, los despreocupados habitantes meridionales de este continente, no sabemos nada. Pero los americanos de más al norte planifican su vida alrededor de una posibilidad (la de la catástrofe) y ahí donde no se organizará una boda playera o una excursión escolar al Atlántico en los meses de alerta, la ironía cósmica les repetirá una y otra vez que el hombre propone pero ella dispone: este año, la tormenta tropical Ana se formó un mes antes del inicio de la temporada y a su pila de destrozos sumó el más inquietante, acaso por lo intangible: la incerteza.  Sigue leyendo

Telenovela made in USA

El aluvión hispano llega al “prime time” de la televisión norteamericana.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Telenovela - Season 1

En 1950, uno de cada cincuenta estadounidenses era latino. En 2050, uno de cada tres estadounidenses será latino. En la elipsis de un siglo, la transformación cultural más impresionante de la historia reciente: si es cierto que “Miami es la única ciudad del mundo copada por gente que inmigró de otro país, con otra lengua y con otra cultura y que, en el lapso de una generación, se hizo dueña del territorio”, como escribe el maestro Tom Wolfe en su novela Bloody Miami, desde la península playera se organiza una revolución que transformará de manera radical el país más influyente del planeta: en tres décadas, los Estados Unidos hablarán en español. El estreno de la serie Telenovela confirma el fenómeno de época: por primera vez, la NBC, una de las tres mayores cadenas televisivas en inglés, produce en el prime time (me autocorrijo, a tono con los tiempos: en “horario central”) una comedia con título en castellano y revulsiva para los tiempos de la TV abierta, siempre paquidérmica en sus movimientos y atrasada en relación a las evoluciones sociales: todos los actores son latinos.  Sigue leyendo