Me dicen el clandestino

Prince Harvey, el músico que grabó (a escondidas) su disco en una tienda Apple.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Prince Harvey

Vidriado, cromado, conectado: el Apple Store se convirtió en el templo pagano de la modernidad. Si en la era del hiperconsumo los locales comerciales son las nuevas catedrales, el comprador se santigua ante la estampita de Steve Jobs y reza por una bendita computadora. Con su promesa de puertas abiertas, la tienda provee la sensación de refugio que el hombre de a pie necesita en tiempos de incertezas: ya no solamente un techo provisorio sino wi-fi en banda ancha. En Nueva York, el Apple Store tiene largas mesas comunales repletas de notebooks, tabletas y teléfonos inteligentes a disposición del público: es el atalaya para el peregrino desconectado, que codicia la propiedad del aparato en tanto lo dejen probarlo un ratito. Y de esa política de seducción comercial basada en una experiencia de uso, aun agobiada por la insistencia del vendedor metiche (“¿lo ayudo en algo?”), puede nacer el arte con la misma exuberancia de un yuyo que brota en las juntas de una medianera. El músico Prince Harvey grabó su disco a escondidas en el Apple Store del Soho neoyorquino y registró una obra que explora las grietas del sistema: cómo hacer algo valioso sin gastar un dólar en una ciudad donde apenas el aire es gratis.  Sigue leyendo

Teoría de la comedia

Judd Apatow y un libro que confirma que el hacer reír es una más de las bellas artes.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Judd Apatow, Harpo

El actor Bill Murray una vez se peleó con un fan en la calle y le mordió la nariz; el rodaje de la película Virgen a los 40 se suspendió a los dos días de empezar porque su protagonista Steve Carell se veía más como un asesino serial que como un bonachón virginal; el maestro Mel Brooks dijo en una entrevista que la corrección política le parecía estúpida y le organizaron un escrache en la puerta de su casa. En un género difícil para el pasaje de la transmisión oral a la escrita (la anécdota), el cineasta y productor Judd Apatow publica el libro Sick in the Head (“enfermo de la cabeza”), una compilación de entrevistas a maestros de la comedia que él realizó desde que estaba en segundo año de la secundaria. “¿Cómo se escribe un chiste? ¿Cuáles son los trucos de un buen remate?”, eran las dudas insólitas para un adolescente. Ya adulto, con sus películas Ligeramente embarazada o Bienvenido a los 40 se convirtió en antropólogo del humor social y ahora, con su fenomenal libro, confirma un nuevo género en los estudios culturales de la época: la comedia como una más de las bellas artes. 
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Elegía del fumón

Un oso incorrecto y una legión de films y series con un nuevo tipo de antihéroe romántico.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Ted 2“Legalicen a Ted”: en letras verdes sobre fondo blanco, la campaña publicitaria de la película imita la retórica combativa de los defensores de la marihuana y confirma una sospecha: la filmaron fumados. El oso incorrecto vuelve con secuela y, mientras la trama exija la legalización de los peluches como ciudadanos con derechos igualitarios, el estreno de Ted 2 refuerza el furor de un género bastardo: el cine fumón. Ahí donde el cannabis se volvió legal y aceptado, sea en varios estados norteamericanos, Canadá, Holanda o el Uruguay, la cultura pot se metió en la cultura pop como fenómeno de época: de la maceta (en inglés, pot) a las pantallas. Una legión de películas y series hacen del fumón un nuevo tipo de antihéroe romántico: “Los declaro oso y mujer. ¡Puede besar al oso!”, se celebra en la boda de Ted y, mientras la novia no puede creer que la esté casando el mismísimo Flash Gordon, los invitados achinan los ojos y gozan del espectáculo. Un flash. 
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Verano de agosto

Cómo escaparse del frío o la lluvia y perderse en la soleada Lisboa, la Montevideo de Europa.

Souvenir: recuerdos de viaje

Lisboa, Andre Da Loba “Aquel vino a hacerse el agosto”: en la mortificada expresión de las tías de mi familia, así se reprochaba al que se empeñaba en conseguir un veranito ventajoso aun en pleno invierno (otra facción acusaba al octavo mes de ser cruel con el pariente de salud precaria: “Julio lo prepara y agosto se lo lleva”, repetía la tía Delia como una Cassandra trágica de Parque Chas). Agobiado por el frío y la lluvia porteños, un agosto aterricé en la capital portuguesa, sugestionado por la más eficaz mercadotecnia publicitaria: “260 días de sol en Lisboa”, promete el lema y debe ser cierto porque, incluso en su melancolía decadente, la Montevideo de Europa me mostró el cielo más azul que recuerde. No tiene la quietud museística de París ni el orden mundano de Londres: a orillas del río Tajo, la más latina de todas las capitales europeas conjura la nostalgia con el fenómeno septentrional que a mí, tan meridional en mis ánimos e inquietudes, se me antoja ajeno: un verano en pleno agosto.  Sigue leyendo

Arte sobre la mesada

Destinado al museo o el remate, en esta época el objeto común se vuelve extraordinario.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Beba coca cola

Árboles, frutos y cebras: la cafetera está pintada con algunos de los íconos que representan al África, el continente donde nació el café. Casi siempre de un cromado reluciente y compuesta en acero inoxidable, que sugiere asepsia pero también la arrogancia de la máquina como aparato inmune a la degradación temporal (el sarro o el óxido), esta cafetera fue intervenida por el artista italiano Fabrizio “Bicio” Folco Zambelli y se expone en un museo: en Roma, la Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea muestra el aparato al lado de una tarjeta de crédito pintarrajeada y de una lapicera con capuchón hiperdiseñado (mi colección de cafeteras aumenta a la par de mi obsesión por el café: ya tengo treinta y dos; en fin). La exposición Arte corporativo: la empresa como objeto de arte recopila el trabajo de artistas célebres sobre objetos de uso cotidiano (acá, Marta Minujín y Milo Lockett ya habían pintado latas de café) y confirma un fenómeno de época que actualiza el paradigma de Andy Warhol: si el padre del arte pop convirtió una lata común en una obra perdurable para lograr su objetivo de “ser tan conocido como la sopa Campbell”, según la cínica comparación del galerista Leo Castelli, ahora los artistas personalizan el producto fabricado en serie y hacen de su apellido una marca. 
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El ojo en el ombligo

Retrato sobre los “yuccies”, los jóvenes urbanos y creativos que marcan el pulso cultural.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Yuccies“Es el único sueño que tuve desde los 14 años”, confiesa Philip y la respuesta se aleja de los probables “ser un rockstar” o “jugar en Primera”, ni más ni menos: “Escribir y publicar una novela”. A los 28, goza de la satisfacción de la ambición cumplida y sufre por lo mismo: su segundo libro no será tan bien recibido como el primero. Con el bloqueo creativo como excusa argumental, la película independiente Listen Up Philip consagra a su director Alex Ross Perry (un experimentado realizador… nacido en 1984) y ofrece voz narrativa a una generación marcada por la época: si la sociología de cafetín ya decretó el fin de la era hipster, asimilada por el mercado y con sus barbas, chupines y tatuajes convertidos en parodias de sí mismos, ahora se habla de yuccies, el acrónimo en inglés de jóvenes urbanos creativos. Son hombres nacidos después de 1980 que exigen espacio para escribir y que, en su vestuario atildado de pantalones anchos y camisas sin gracia, se parecen más a sus abuelos o padres que a sus compañeros de promoción: en Nueva York, Perry fue rebautizado como “el hijo no reconocido de Woody Allen y Wes Anderson”. 
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La obra maestra del porno

El día que el maestro Orson Welles puso su talento al servicio de un género de lo más controvertido.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Orson Welles, 3 am

Knock, knock. “¿Quién es? ¡Estoy en la ducha!”, grita la rubia. “¿Puedo usar el teléfono?”, pregunta la morocha. En el sintético código de lenguaje del porno, no hacen falta más palabras: detrás de la mampara y bajo un chorro de agua caliente, las dos se aman en casi todas las formas posibles. Pero los ángulos de la cámara y el encuadre de las tomas delatan la mano diestra de un director único: Orson Welles, el artista, el genio, el ogro prodigio. Recién ahora el mundo descubre que el director de El ciudadano editó parte de la película porno 3 A.M., rodada a mediados de los 70 e ignorada por toda filmoteca: como no tenía fondos para continuar con el rodaje de The Other Side of the Wind, la que sería su última película inacabada, le pagó a Gary Graver, su director de fotografía, con el aporte impensado: montar las escenas de sexo de las películas XXX que aquel filmaba bajo el seudónimo de Robert McCallum. El resultado es una obrita maestra única en la historia del porno (con una banda de sonido chirriante y una cámara en contrapicado que recuerda las tomas angulosas de Sed de mal o La dama de Shangai) y, entre desnudos totales y gemidos agudos, un inesperado cruce de baja y alta cultura. 
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Un viaje relámpago

Una selva en Puerto Rico y la pesadilla para el hombre atormentado: la lluvia que nunca para.

Souvenir: recuerdos de El Yunque

Lluvia sin fin

“¡Se puede recorrer en cuatro horas!”: al bajar del avión vía escala en Miami, la islita de Puerto Rico se pavonea de su pequeñez insular. El cartel de bienvenida intenta seducir al visitante con poco tiempo y uno, sujeto a las exigencias del viaje relámpago, se apura por conocer la atracción principal. En este “estado libre asociado” con tanto porcentaje de humedad como de petisitas culonas (aquí se atribuyen la patria potestad del perreo, esa variante aún más lúbrica del mueva-mueva-mueva), la ropa se pega al cuerpo y la nuca es una pista de aterrizaje para las gotas de sudor que nacen en la punta de la cabeza. Tengo algo más de cuatro horas por delante y, ahí donde el inútil refranero porteño me repita que “lo que mata es la humedad”, acá quiero morirme: en el rainforest El Yunque, un prodigio de la naturaleza adonde llueve todo el tiempo. Las veinticuatro horas de cada día del año, aun bisiesto. Siempre. La escueta información turística apenas dirá que es un bosque lluvioso tropical de 113 kilómetros cuadrados con precipitaciones permanentes. Una maravilla natural o la pesadilla del atormentado.  Sigue leyendo

Ni el giro del final

En tiempos del spoiler, la autora de la novela “La chica del tren” pide guardar el secreto.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Girl on the Train

“Guarda el final en secreto. Y si no puedes contenerte… comparte tu experiencia en…”: un código QR, uno de esos tetris de cuadraditos en blanco y negro que almacenan datos. En la última página del libro, una apelación al secreto y una vía de escape para el lector con ansiedad oral: el QR lo conducirá a un sitio de Internet donde intercambiará teorías y especulaciones sobre el destino de Rachel, la descarrilada protagonista de La chica del tren, la novela de suspenso que fue best seller en todo el mundo y que ahora se publica en la Argentina. A principios de los 60, antes de cada proyección de Psicosis, Alfred Hitchcock imploraba a los espectadores desde la pantalla que no revelaran a nadie el sorpresivo final de la película (“¡pero entonces, Norman Bates es…!”). Cincuenta años más tarde se mantiene el mismo código de silencio: el spoiler (una derivación del verbo inglés to spoil, “estropear”), esa reprochable costumbre de develar el final de las historias, se convirtió en síntoma de época. En una publicidad, un señor mayor se queja porque el televisor del vecino está tan fuerte que “me espoilea la serie” y en la literatura de suspenso se pide que el desenlace sólo se discuta entre los iniciados que acabaron con la lectura: ¿el asesino es el mayordomo?  Sigue leyendo

Canibalismo con buen gusto

Más que una serie sobre asesinos seriales, “Hannibal” es un fenómeno revulsivo.

Hannibal

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Entrada: carpaccio de hígado en su sangre. Plato principal: riñones con frijoles remojados. Postre: deditos en almíbar. El menú del masterchef Clint Jolly se inspira en la televisión, pero no en el concurso de talentos culinarios. A la mesa de su restaurante en Reno, Nevada, se sientan aquellos a los que se les hace agua la boca por una experiencia extravagante: autobautizados fannibals, son fanáticos de Hannibal Lecter. Por 125 dólares que incluyen la comida, el vino tinto y las propinas, los comensales alientan un fenómeno revulsivo (¡repulsivo!) que crece mientras se estrena la tercera temporada de Hannibal: una simulación del canibalismo. Ahora ambientada en la finísima Florencia, la serie es la quintaesencia de la idea que la televisión tiene de la alta cultura: como un Gold Silver en bata de seda siempre extático ante la expresión artística, el caníbal más célebre de la cultura popular es un amante de la ópera y la buena mesa que no admite ningún trauma en sus hábitos culinarios y sólo se irrita ante la gente sin clase, insistente en su prédica: “¿Acaso el buen gusto es un problema?”. 
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