¿Por qué corremos?

El running se impone como deporte en todo el mundo, pero ¿cuál es el sentido de correr? El placer después del dolor de la carrera y el sentido práctico-religioso de la cinta de gimnasio, una crónica acerca de lo que hay detrás de la línea de largada.

Carrera de mente: running & filosofía

// Por Nicolás Artusi

Uf: todavía no largué y ya hiperventilo. Las zapatillas espaciales, la ropa que no transpira aunque yo me sienta un afluente del río Paraná, la vincha de toalla: una ortopedia deportiva me prepara para el desafío pero, aunque los pies siguen estáticos, la cabeza va a mil por hora. Por delante, veo los 10 kilómetros que me esperan y saco el cálculo, aun con mi torpeza matemática: 10.000 metros, que serán algo así como 10.000 pasos y yo que soy de tranco corto, la naturaleza me hizo bajito. 

Inmóvil en la línea de largada, temiendo el sabotaje gástrico del que es capaz el ácido láctico, me pregunto: ¿qué hago acá? Y esta cabecita periodística, que no descansa nunca en su eterna angustia del sumario, recuerda que en los Estados Unidos hoy se discute lo mismo, entonces: “¿Por qué corremos?”. Si una ética del ejercicio indica que “una mente sana en un cuerpo sano es una pequeña pero completa descripción del estado de felicidad en este mundo” (lo dijo John Locke, el filósofo empírico, no el líder maniático de Lost), y mientras el running se confirma como boom de consumo deportivo en toda Latinoamérica, una nueva corriente filosófica reflexiona sobre el placer después del dolor de la carrera o el sentido de purgación religiosa que ofrece una cinta de gimnasio. “Correr brinda un gran tiempo y espacio para pensar. Los sedentarios creen que sólo es una actividad extenuante, un esfuerzo para el cuerpo. Pero los corredores pensamos diferente. Una vez que estamos en forma, el corazón y las piernas se cortan solos y nos convertimos casi en pura mente mientras corremos”, editorializa Amby Burfoot, ex maratonista y actual director de la reputada Runner’s World, la revista-biblia del iniciado.

¿Una carrera de mente? Si tuviera a mano mi Diccionario Oxford de Filosofía (es demasiado aparatoso aun para la riñonera supersónica que me compré para salir a la pista: 50 dólares), encontraría que el running y la filosofía tienen un primer antepasado común, al menos en lo etimológico: “discurso” viene del latín “discursis”, que no es menos que: “Acudir de un lado a otro”. OK. El morcilleo de capocómico podrá burlarse de los efebos de la Antigüedad que retozaban en pelotas mientras maduraban los consejos del maestro, pero ese ideal olímpico se mantiene, al menos en sus formas más comerciales o reduccionistas: lo comprobaremos en la trasnoche televisiva del mes que viene cuando el gordo Bonadeo relate con emoción de tragedia épica la carrera de los 100 metros llanos o en la más módica liturgia del que trota por el Rosedal.

Un saber popular indica que la fórmula del talento se compone de “1 por ciento de inspiración y 99 por ciento de transpiración” y por eso será que el best seller japonés Haruki Murakami se jacte de levantarse a las 4 AM para correr 8 kilómetros todos los días y encontrar la musa para obras maestras como Tokio Blues o Kafka en la orilla. ¿Salir a correr nos hace mejores personas? Ya me agoté de tanto pensar. Largo.

“¿Qué lleva a alguien a salir de la cama en medio del frío y la oscuridad en una mañana de invierno para correr cinco millas?”, se pregunta retórico Michael W. Austin, profesor de Filosofía de la Universidad de Kentucky y editor del libro Running & Philosophy: A Marathon For the Mind. Con menos laureles académicos, lo mismo me cuestiono yo, mientras disfruto los amables primeros pasos de la carrera, en pleno ejercicio de mis aspiraciones modestas: tardar menos de una hora y conservar la dignidad en la llegada, suficiente para jactarme hoy y recordar mañana lo bueno que fui alguna vez.

Pero también intuyo que en la ilusión de bólido del entrenado que me pasa por la izquierda con delirio automovilístico (sólo falta que brame, “¡brrr, brrr!”, para satisfacer su autoconciencia de motor-humano) se esconde una ambición suprema. “Interpretada como la fuerza fundamental de todos los seres vivientes, la voluntad de poder es el impulso de dominar el ambiente y extender la influencia de uno mismo”, definió Friedrich Nietzsche y, más de cien años después, el profesor de Filosofía Raymond Angelo Bellotti amplía: “Los corredores luchan contra su debilidad interna, las fuerzas de la naturaleza, como el clima, y el encanto de la vida fácil. En suma, cumplen con los tres valores más importantes para Nietzsche: disciplina, fortaleza y temeridad”. ¿El corredor, un superhombre? Alejado de la iconografía violenta del fútbol o de la imaginería clasista del rugby, el running será el deporte elegido por el político en campaña o en funciones para transmitir idea de “movimiento”: un fotógrafo “ocasional” siempre lo capturará en foto fija por calles recoletas, en trote módico para el deportista serio pero milagroso para el sedentario.

Sostiene Bellotti: “La voluntad de poder de los corredores consiste en sobrepasar sus limitaciones, luchar contra sí mismos para alcanzar el 100 por ciento de sus capacidades y terminar sus proyectos”. O sea, la carrera. Si la cuestión es demostrar poder sobrehumano, la historiografía deportiva reseña aquel 1908 como el año del primer maratón extremo: durante las Olimpíadas de Londres, una carrera de 42 kilómetros entre el Castillo de Windsor y el Estadio Olímpico, que fue superada en tiempo récord aun en la prehistoria de la aparotología deportiva. El archivo devuelve una imagen de los ingleses corriendo por el honor de su Reina, y del sudafricano Charles Hefferon, el italiano Dorando Pietri y el estadounidense John Hayes exhaustos, dejando la vida en la pista, al borde del agotamiento total, luchando contra sus propias limitaciones, en tal humanos: veintiocho años después, Jesse Owens le habría demostrado a Hitler que el superhombre existe, pero que puede ser negro.

“Correr ya es alcanzar la meta”, estimula desde un afiche publicitario alguno de los 58 maratones que se organizan por año en Buenos Aires. Si el running le permite a la especie humana imaginar que está para cosas mayores en su vocación por llegar primero, no es casual que Nietzsche haya hablado del “último hombre” como lo más despreciable de la raza: “En su búsqueda de seguridad, satisfacción y mínimo esfuerzo, el ‘último hombre’ lleva una vida de tímida conformidad y felicidad superficial”. ¡Los últimos no serán los primeros! El mundo está reservado para los audaces que baten récords, temerarios aun en el riesgo del colapso (“como las cucarachas, el ‘último hombre’ será el que sobrevivirá en la Tierra”) y, mientras el bazo empieza a hacer notar su presencia y las piernitas insinúan un primer flaqueo, la memoria cinéfila me devuelve esas imágenes en blanco y negro, con el Homo Runner más grande que la vida. ¿Dónde las vi? Vamos, 100 metros más, otros 200: son los superhombres que filmó para la posteridad Leni Riefensthal y, si en el fuera de campo de su película Olimpia la falla habrá sido castigada con el ostracismo o la cámara de gas, yo me asusto, me apuro y sigo corriendo.

La calculadora mental pone un mojón ahí adelante, donde el asfalto debería tener la marca (“5.000 metros”) que indique la mitad de la carrera. Mis zapatillas tienen un chip que me permite conectarlas al iPod, que a su vez titila con una función extra: el botón central activa “Power Songs”, para cuando el ánimo se desinfla y un riff de Metallica puede ser el estímulo vital para seguir adelante (el estribillo de Enter Sandman actúa como un cohete en mi retaguardia). Aun en época de revolución improductiva, Latinoamérica desarrolló una industria del correr, con una multinacional de origen estadounidense (Nike) que copó el mercado, inauguró locales dedicados a la “disciplina” y distribuye productos para satisfacer la necesidad del corredor/comprador compulsivo. Desde atrás, la inglesa Reebok quiere pisarle los talones y la alemana Adidas se queda cola de perro, por dedicar su atención a las pasiones de multitudes.

El espíritu de gesta deportiva podrá crear una batalla sorda, íntima, entre los entrenados y los novatos: unos humillan con el último souvenir de la industria del running y otros… van a pie. “Una de las grandes cosas de correr es que no se necesita un gran equipamiento para poder hacerlo”, discute Michael W. Austin, quien recurre a la cita aristotélica: “El filósofo decía que es imposible, o por lo menos nada fácil, realizar actos nobles sin el equipamiento adecuado”. Atención, creativos publicitarios: ¿Aristóteles ofrecería razones para el marketing de consumo masivo? “El creía que la amistad es ese equipamiento que necesitamos para tener una vida virtuosa y ser realmente felices”.

Ah, entonces no era cosa de comprar zapatillas de 200 dólares. “¿Por qué no correré en grupo?”, me lamento los martes y los jueves a la nochecita, cuando me siento solo en la multitud de un Rosedal invadido por equipos de camisetas siempre celestes o siempre amarillas donde, incluso en la diferencia etaria, percibo: tiran todos para el mismo lado. Si la estadística marca que la población de los running teams de Nike creció un 500 por ciento en los últimos años (el boom hizo abrir sucursales en el Gran Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mar del Plata y Bariloche), ¿cuántos de estos recién llegados serán conscientes de que cumplen con el más sagrado de los preceptos de Aristóteles? Aunque recién se conozcan, unidos en la buenaventura, son amigos.

En Running & Philosophy, Michael W. Austin asegura que correr acompañado es la manera óptima de mejorar la calidad del entrenamiento, cumplir mayores distancias… y reírse más: “Aristóteles decía que el desarrollo de la amistad requiere tiempo, familiaridad, confianza, buena voluntad y sacrificio”. Si la amistad y el running comparten condiciones, y todos se estimulan mutuamente para llegar a la meta, esto indicaría que así se cumple otra virtud aristotélica: la búsqueda del bien común. Acabo de pasar la marca (“5.000 metros”) y me siento muy solo.

“Salgo a correr religiosamente”, se me persigna lo que llamaría “un cincuentón espléndido”: jogging de primera marca, bronceado de lagarto, pelo blanco sin entradas (no se percibe la intervención de un implante), y remarca: “Religiosamente”. A mí, que esta carrera se me está convirtiendo en un vía crucis, la idea de una religiosidad deportiva ya no me parece sacrílega. En su ensayo The Natural Religion (1992), el teólogo católico Michael Novack había escrito: “Lo que comparten el deporte y la religión es que son instituciones organizadas, tienen sus disciplinas y sus liturgias; también, ofrecen cualidades religiosas para el alma y el corazón. Recrean los símbolos de una batalla universal, donde la supervivencia humana y el coraje moral no están asegurados. No se trata de meros juegos, diversiones o pasatiempos. Su poder es mucho mayor que eso”. ¡Padre Nuestro!

Antes de partir, un casi aeronáutico sistema de chequeos comprueba que los cordones estén bien atados, que se cumpla la elongación yóguica, que no falte la provisión de Gatorade (como “bebida para deportistas”, ahora competirá en su propio maratón contra Powerade, la infusión de Coca-Cola para el que no consume calorías): “Los corredores también tienen sus rituales”, confirma Jeffrey Fry, profesor de Filosofía y Estudios Religiosos de la Universidad Ball State: “El diario en el que los corredores apuntan sus progresos no será un libro sagrado ni un calendario litúrgico, pero es importante como registro del curso de sus vidas”. Si es cierto que el running tiene un punto en común con la religión (nos ofrece un sentido de orden), muchos credos bendicen la actividad como una vía para alcanzar la piedad o purgar demonios: en el Monte Hiei de Kyoto, podrá verse a los monjes del budismo tendai corriendo para llegar antes a la iluminación. Y la trivia a lo National Geographic instruirá sobre el caso del “síndrome amok”: diagnosticado en Malasia, es una súbita y espontánea eclosión de rabia salvaje, que hace que la persona afectada corra como loca, y ataque, hiera o mate hasta ser inmovilizada o se suicide. La práctica exorcista todavía no dio con el don que requiere curar este mal.

Mientras empiezo a aburrirme de la monotonía del paisaje de Palermo (“Verde” o “Chico”, los territores del corredor; jamás, “Hollywood” o “Soho”), secretamente me lamento de no haber confinado la carrera a la atmósfera controlada de una cinta de gimnasio, aunque la dignidad como deportista y hombre de bien podría ponerme en aprietos morales: las cintas fueron inventadas en el siglo XIX por los reformistas de las cárceles británicas, quienes creían que el sometimiento de los condenados a una actividad extenuante y repetitiva podría purgarlos y hacerlos recapacitar de sus fechorías y, por qué no, arrepentirse.

¡Corro como un preso! A esta altura, pasados los 7 kilómetros y contando, la náusea se me presenta no como dilema existencialista sino como síntoma del agotamiento. ¿Podré llegar a la meta? O más importante: ¿por qué me impongo este castigo? ¿Cuál es el sentido del dolor? En su libro Sacred Pain: Hurting the Body for the Sake of the Soul (“Dolor sagrado: lastimando el cuerpo para la salvación del alma”), el teólogo Ariel Glucklich distingue las locuritas del deportista abnegado: “El dolor puede ser concebido como la forma de un castigo divino (‘modelo jurídico’) que tendrá efectos benéficos, o como una misión preventiva (‘modelo médico’), que nos conducirá a la salud espiritual”. Si la mercadotecnia deportiva hizo del lema “No pain, no gain” (“sin dolor no se gana”) un estímulo para el dotado y un castigo para el alfeñique (¿hace falta que aclare cuál es mi bando?), Glucklich concluye: “Correr es una forma voluntaria de sufrimiento ritual”.

Zumban los oídos, en el costado izquierdo se clava una puñalada invisible, la garganta está hinchada, después: ya no se siente nada. ¡Se estará cerca del Paraíso! La meta sigue ahí, adelante, y aunque la línea de llegada todavía sea un misterio de fe, la paz invade el espíritu y uno se siente Divino.

Publicado en Brando

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