Paraíso de cuatro estaciones

Entre sus infinitos atractivos, la capital de Francia ofrece una educación sentimental que se resume en la idea de un verano eterno, aunque llueva y haga frío. La estación de la plenitud se multiplica en calles, fuentes y parques. Y perdura como una marca en el alma de sus visitantes ocasionales, que la abandonan con una certeza: París no se acaba nunca.

Los motivos del amor por la Ciudad Luz

// Por Nicolás Artusi

“Es casi imposible fingir que se ama sin transformarse ya en amante”: aunque acuñada en una epifanía de inspiración en el año 1650, la frase del matemático francés Blaise Pascal emociona con su atemporal vigencia. Para el turista ocasional, parece una definición del ánimo romántico que inspira la visita a París: con la llegada de cada invierno, mi memoria emotiva rescata la ensoñación en que me sumergí aquella tarde de verano cuando me entregué al remoloneo público en los jardines de las Tullerías, ahí nomás del Museo del Louvre. Y mi vademécum literario recuerda la declaración de amor de Ernest Hemingway por aquel paraíso de cuatro estaciones, cuando en el primer capítulo de su libro París era una fiesta, el protagonista entraba en “un café simpático, caliente, limpio y amable” del boulevard Saint-Michel y colgaba su sobretodo en el perchero y dejaba el sombrero sobre una estufa y pedía un café con leche y se ponía a escribir un cuento y se enamoraba de una chica que se sentaba sola junto a la ventana, en un día de lluvia y frío. 

Si Nueva York es un tónico cerebral, París es un masajeador cardíaco. Se dirá que es imposible visitar la ciudad sin enamorarse, incluso en sentido abstracto y a pesar del mal genio de sus taxistas, y que la educación sentimental alcanza para ser “muy pobre y muy feliz”, según las palabras de Hemingway. Macho alfa por definición, el autor de El viejo y el mar es uno de los personajes trasnochados que Woody Allen dispuso en su Medianoche en París junto a Pablo Picasso, Cole Porter, Gertrude Stein o Salvador Dalí, todos vecinos establecidos o circunstanciales de cualquier arrondissement parisino. Los puentes que cruzan el Sena, los cafecitos en sus veredas, las florerías multicolores: si la película de Woody era un antídoto contra la nostalgia obsesiva, en discusión con la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, para el escritor español Enrique Vila-Matas, la ciudad es una promesa de juventud eterna: “Verano mío, no declines, cantaba Gabriele D’Annunzio, que lo amaba por ser la estación de la plenitud y el abandono a la vida y había querido que no acabara nunca…”, escribió en su maravilloso ensayo París no se acaba nunca: “Todo se acaba, pensé. Todo menos París, me digo ahora. Todo se acaba menos París, que no se acaba nunca, me acompaña siempre, me persigue, significa mi juventud. Vaya adonde vaya, viaja conmigo, es una fiesta que me sigue”.

Ahí donde cualquier garçon circule a la carrera, siempre preciso en el equilibrio de la bandeja con un espresso que se tomará en la vereda, se podrá decir que la ciudad sigue viva, aun en su quietud museística. Congelada en una postal anacrónica, París se repite como un instagram de sí misma: sólo en el apartado barrio de La Défense se levantan los rascacielos de bancos y multinacionales, como si un pudor romántico los condenara al destierro y los escondiera de las miradas reprobatorias, por fríos e impersonales. Desde la terraza del Centro Pompidou, sobre los restos de lo que era el mercado de Les Halles, la vista sobrevuela por encima de los palacetes de seis pisos y alienta la fantasía de sentirse un Gulliver entre las mansardas.

Con el paso apurado, el diario Liberation debajo del brazo y el croissant como colación para la media mañana, París es la ciudad de los bo-bos: “bohemios-burgueses” (o en francés “bourgeois bohemian”). Antepasados directos del hipster neoyorquino o del palermitano porteño típico, los integrantes de una nueva clase social que, aun en la contradicción, pretende fusionar la rebelión bohemia contra el materialismo con la ambición estética burguesa. Tan preocupados por la suerte de las antiguas colonias francesas como por el último perfume de la temporada, actualizan aquella vieja definición de Hemingway: París ES una fiesta. Con su mezcla fascinante de paisajes líricos y personajes entrañables, cualquier bistró de Montmartre o cualquier bar de Le Marais serán escenarios del dramita romántico o de la comedia enredada. Si una tarde a orillas del Sena le bastó a Julie Delpy para perpetuar el hechizo sobre Ethan Hawke en Antes del atardecer, París puede durar en el alma mucho más que una mancha de vino tinto sobre los pantalones, como le escribió a un amigo en 1950 el siempre visionario Hemingway, para tentarlo en la aventura inolvidable de cruzar el Atlántico con un ideal romántico: “Si tienes las suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue”.

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4 pensamientos en “Paraíso de cuatro estaciones

  1. París enamora, tanto como enamora tu forma de escribir Artusi. Un aplauso de parada para ésta y demás publicaciones.

  2. Nico! Geniallllllllll. Me llevo a París, aunq confiezo q muero por ir en cuerpo y alma para enamorarme una y otra vez y llevar París a donde vaya :D Gracias :D

  3. Lo que dejo siempre por fb, y lo digo y no me canso cuando algunas veces, no siempre te sigo por radio: tu “verba”, tu elocuencia, y tu poesía son exquisitas. Adhiero a Solange, somos mucho más que dos. Saludos enormes. Muy buena la nota de Con estilo.

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