Cuando tenga 164

Ahora que la adolescencia termina a los 35 años, la longevidad trae un nuevo problema: ¿cómo hacer para
no morirse de aburrimiento?

Apuntes: vidas privadas

// Por Nicolás Artusi

Ese bebé que patalea, se queja en un gorjeo, exhibe su sonrisa desdentada y se hace pis encima muy probablemente llegue a ser un venerable anciano que patalee, se queje en un gorjeo, exhiba su sonrisa desdentada y… en fin. Los niños que nacen hoy serán los primeros de la Historia en tener una expectativa de vida de cien años y, según un informe de las Naciones Unidas, el hombre promedio ya está en condiciones de llegar entero a los 164. En su himno otoñal When I’m 64, Paul McCartney se preguntaba “¿quién podría pedir más que llegar a la vejez?”. Y si en pleno duelo electoral una propaganda radical se preguntaba: “¿Alguien quiere seguir con esto?”, la gerontología tendrá un desafío parecido, ya no al prolongar la carrera de la vida hasta alcanzar a una tortuga, sino: hacer que valga la pena

Un fenómeno natural llevó al quelonio a vivir cien, doscientos años: en 1835, Charles Darwin capturó una joven tortuga en las Islas Galápagos, a la que bautizó Harriet y que murió en el 2006. Vivió 176 años. En mi familia, la tortuga Pamela sobrevive a los abuelos más longevos, siempre plácida en su recoleta existencia: duerme la mitad del año y, cuando despierta ante los calorcitos precoces, encuentra en la lechuga el único horizonte para sus aspiraciones. Come y caga. Ahí donde la modernidad extienda el destete hasta la edad en que morían los emperadores romanos (ahora dicen que la adolescencia termina a los 35), la vida empezaría recién a los 50: con la cabeza teñida de caoba y una mata de pelo díscolo amenazando con escaparse de las orejas, la pubertad se vería alterada en su rutina evolutiva: ya no sería la época de la explosión hormonal y el ataque de acné sino la era del declive amatorio y la mejilla surcada de arrugas.

El mundo estará poblado por millones de ancianos codiciosos por una hojita de lechuga, condenados por capricho de la ciencia a eternizarse como helechos en un planeta Cocoon. ¿Habrá que construir más bingos? ¿Tendrá que incluirse el Viagra dentro del plan vacunatorio? ¿Toda discusión terminará con el recurrente “antes estábamos mejor”? Aunque sea indiscutible que gracias a los médicos hoy pasamos una gripe sin rasguños y hace cien años nos mataba un estornudo, la literatura vampírica dio testimonio de la evidente desventaja de vivir para siempre: te morís de embole. Pregúntenle a Drácula: de sólo pensar en 164 veraneos en Mar Chiquita o en 164 navidades con los cuñados, el ánimo se le pulveriza. Un refrán aconseja: “Si querés que algo dure, no te propongas que sea eterno“. Que la eternidad y un día se les reserve a los vampiros. Para los mortales, una feliz estadía hasta que les caiga la ficha y una lección aprendida en el más sabio de todos los juegos de mesa, El Juego de la vida: siempre es prudente saber cuándo retirarse a tiempo.

Publicado en Brando

2 pensamientos en “Cuando tenga 164

  1. yo no quisiera vivir tanto. esta buena la observacion y tambien me hizo recordar a la pelicula HIGHLANDER el vivr tanto puede ser triste tambien… ah cerca de mi casa (martinez) hay un geriatrico que se llama COCOON. saludos!

  2. yo siempre dije que para mí 60 años taba bien..pero no sé que voy a pensar a los 60! si queda jarola x vivir me estiraré un poco jajaja ! :P

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s