La cofradía del emoticón

Las redes sociales cambiaron los protocolos de la interacción humana: se coincide en el tiempo, no en el espacio, y ese “minuto a minuto” se parece a la euforia.

Comunicación en la era de Internet

// Por Nicolás Artusi

En esa voz segura y algo metálica, él creyó oír el sonido del amor verdadero: David se enamoró de Siri, sin importarle que Siri fuera el sistema de reconocimiento de voz que responde las preguntas del dueño de un iPhone. “¿A cuántas cuadras queda el sushiclub más cercano, Siri?”. “A cinco, David”. Esta es la fábula que narra el libro Siri and Me, que recién se publicará en octubre pero que ya es un best-séller anticipado en Amazon.com, la mayor librería virtual del planeta. Su autor es el blogger David Milgrim, que ya había publicado la novela Goodnight iPad y que ahora explora el peculiar vínculo amoroso que un hombre establece con su teléfono inteligente cuando se fascina con la misteriosa, y a veces críptica, mujer que reside adentro del aparato. Que se acabe la pasión pero no la batería: al principio, David y Siri entienden que la buena comunicación es el secreto para sostener una relación exitosa. Pero después se dan cuenta de que tomar la mano cálida de la pareja es algo incomparable. 

Por primera vez en la historia, una legión de psicólogos, sociólogos y antropólogos estudian cómo la tecnología y las redes sociales están cambiando los protocolos de la interacción humana: con su multitud de emoticones en los que apenas dos signos tipográficos se proponen resumir un estado de ánimo, la comunicación binaria (pulgares arriba/pulgares abajo, caritas sonrientes/caritas tristes) elimina los matices del diálogo y, en su afán de instantaneidad y fugacidad, convierte el relato de la experiencia personal en mero intercambio de datos. Punto y coma. Paréntesis. “La comodidad constituye una parte esencial de las promesas que recibimos en las ofertas comerciales contemporáneas. En nombre de la comodidad y la utilidad, Internet ha sido ensalzada como una revolución equivalente a la que provocó la imprenta”, compara el crítico cultural estadounidense Lee Siegel en su libro El mundo a través de una pantalla, ser humano en la era de la multitud digital (Tendencias Editores, 2008): “Internet, sin embargo, es completamente distinta de la imprenta. Como innovación técnica, es la respuesta a nuestra situación actual, en la que imperan las actividades agitadas, inconexas y fragmentadas”.

La red social exige un estímulo minuto a minuto y, si en la “actualización de estado” de Facebook lo banal se convierte en tema de discusión, muchas veces con el habla disminuida a un balbuceo infantil (“toy comiendo”), la gratificación también exige ser instantánea: “Cuando tweeteamos y tenemos muchos ‘amigos que nos siguen’ se libera una cantidad de dopamina y otros neuroquímicos que nos hacen sentir eufóricos”, analizó Stan Tatkin, profesor de la Universidad de California: “Se activa nuestro ‘circuito de recompensas’ y queremos hacer lo mismo, otra vez”. Después de subir una foto de contornos íntimos o de pasar del impreciso “tiene una relación” al inequívoco “soltero” en el perfil personal, el chequeo maníaco empuja a actualizar la página para contar cuántos pulgares arriba celebran la novedad. ¿Me gusta? En las redes sociales se adulteran las nociones de tiempo y de espacio, convirtiendo el diálogo fugaz en permanente y viceversa. Según escribió Beatriz Sarlo en su libro La audacia y el cálculo (Editorial Sudamericana, 2011), “Twitter no es un espacio donde se coincide sino un tiempo durante el cual se coincide (por eso, en Twitter se llama Timeline la sucesión de mensajes, y no Muro como en Facebook)”. Con la facilidad de expresar agrado o conformidad a un clic del mouse y con la ilusión de solidez o permanencia que promete cualquier muro, se calcula que en Facebook se marcan 3 mil millones de “me gusta” por día. “Internet y algunos de sus parientes culturales cercanos convierten nuestro tiempo libre en un valor de mercado, desvalorizan nuestra privacidad, confunden arte con autoexpresión y transforman a nuestros semejantes en público objetivo”, dice Siegel: “El individuo, abrumado por los discursos de los gurúes de la tecnología, va cediendo más y más control de su libertad y de su individualidad a las necesidades de la ‘máquina’”.

Entre los “nativos” o “inmigrantes” digitales, aquellos que nacieron alrededor de la década del 80 y que experimentaron la tecnología desde niños o vivieron la transición de un paradigma analógico a uno digital, la interfase de conexión con el mundo es la pantalla, sea de la computadora, el celular, el iPod o, menos, el televisor. Enfrascados en sus propios dispositivos, logran que la experiencia colectiva se resignifique: si en una cafetería los parroquianos iluminan sus rostros con el reflejo azulado de un monitor, el espacio social se habrá reducido a puntos aislados de ausencia, todos concentrados en diferentes niveles de introspección. El diálogo “real” se hace más complejo y menos probable: mientras se diga que nadie es tan lindo como en la foto de su perfil ni tan feo como en su documento, la red social admite una reescritura del relato de la propia vida. “En Facebook, la gente se edita, se borra, se retoca”, dice Sherry Turkle, psicóloga clínica del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en su libro Alone Together (“Solos juntos”): “La red social elevó la autorepresentación del espacio privado al ámbito público. Nos estamos representando a nosotros mismos todo el tiempo que estamos online”.

Con el subtítulo “Por qué esperamos más de la tecnología y menos de las otras personas”, el ensayo de Turkle afirma que la vida moderna nos conecta cada vez menos con seres humanos y cada vez más con “simulaciones de relaciones”. En la imposibilidad fáctica de tener 5.000 amigos “reales” (el máximo de vínculos virtuales que admite Facebook) radica una idea bastarda de la amistad y una valoración cuantitativa de Los Otros, en tanto evidencias de un logro social que se restringe a los límites infinitos pero inútiles de la red social. Con la lógica del rating televisivo, el éxito se mide en función de “cuánta gente te ve”.

En tiempos de sobreexposición, la mirada ajena multiplica sus alcances e influencias. Según un documento del International Journal of Environmental Research and Public Health, los casos extremos de adicción a las redes sociales reconocen dos tipos de personas en riesgo: los egocéntricos que sólo obtienen placer de su autorepresentación positiva y de la respuesta afirmativa de los demás; y aquellos con baja autoestima que encuentran las relaciones virtuales más fáciles de sobrellevar en cuanto carecen de la proximidad y la intimidad que exige la vida real. Si los pulgares azules se multiplican por Internet, la invitación a “compartir” también resulta omnipresente aunque la “viralidad” no sea perniciosa en sí misma: “Desde siempre, los humanos compartimos cosas, por diferentes razones”, escribió la periodista April Dembosky en el diario inglés Financial Times: “Pero ahora, los sitios animan a las personas a ‘compartir’ más cosas, con mucha más gente y mucho más rápido. Se creó una plataforma de feedback continuo que nos empuja a volver por más, a chequear si a alguien le gusta, o retweetea, nuestro material. Vivimos en una atmósfera de autosatisfacción”.

Publicado en Ñ

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s