La adicción moderna

Hay Internet y computadoras pero no todos saben aprovechar el tiempo. Para la mayoría, es una fuente más
en la distracción eterna.

Apuntes: vidas privadas

// Por Nicolás Artusi

Regla número uno: cerrar todas las ventanas (y cuando digo “ventanas”, se me hace inútil aclarar: sé que ya nadie piensa en esos agujeros calados en una pared para que entre luz). Regla número dos: mantener los dedos sobre el teclado (con el mismo rigor de un cura en el colegio de varones: ¡no se toquen!). Regla número tres: poner en marcha alguna clase de actividad productiva (una planilla de texto, el borrador de una columna llamada, ponele, Vidas privadas) para sostener una continuidad que genere el hábito. Si en los ’90 el término “brecha digital” distinguía entre quienes tenían acceso a Internet y quienes no, hoy significa otra cosa: la diferencia que hay entre quienes hacen algo útil con la computadora y quienes pierden su tiempo (¡su vida!) frente al monitor. Entregados al último videíto viral y a la tentación del porno gratuito, una generación de hombres considera el mouse como una extensión de su brazo y la red social como el lugar donde pasar sus días. 

Los esfuerzos por disponer “computadoras para todos” alumbraron una legión de varones que circulan abúlicos entre perfiles ajenos, se entregan al boludeo de un chat de peluquería, calculan la potencia viril según la cantidad de seguidores, actualizan su estado con la frecuencia de un maníaco, levantan el pulgar celeste y aportan uno más a los 3.000.000.000 de “me gusta” que se consagran por día en todo el mundo. ¿Muchos ceros, no? En los Estados Unidos, ya definen la nueva brecha digital como la línea que separa al que usa la computadora como chupete electrónico y al que sabe darle un uso productivo: los jóvenes de familias pobres pasan el doble de tiempo en las redes sociales que los jóvenes de familias ricas. De alguna manera, y como sucede en el mundo real, unos aprovechan su valioso tiempo en hacer más dinero y otros, en ganar unos patacones del Farmville.

Señor director, si las cámaras me acompañan: en el extremo superior derecho de su explorador de Internet puede ver una “x”. Haga clic en ella. Perfecto: habrá cumplido el primer paso para huir de las páginas de triple “x”, asépticas en comparación con aquellas otras pringosas que se atesoraban en nuestras pubertades, pero igual de adictivas. Haga del Word su programa de cabecera: el fondo blanco y el rigor de un diseño casi soviético reproducen las paredes acolchadas de un gulag. Si el credo de cualquier rehabilitación son los míticos doce pasos, empiece por la primera línea y escriba cualquier cosa, hasta completar… once más. Como nos enseñó Mario Levrero, el escritor uruguayo más entregado al cuelgue: “Todos los días, todos los días, aunque sea una línea para decir que hoy no tengo ganas de escribir, o que no tengo tiempo, o dar cualquier excusa. Pero todos los días”. El método funciona porque la rutina hace al hábito. Todos los días, a la misma hora, en el mismo lugar: si las musas se dignaran a visitarte, deberían saber cuándo y dónde encontrarte.

Publicado en Brando

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