La dama de gris, a todo color

El documental “Page One”, que puede verse en la rotación del cable, se interna en la Redacción de The New York Times.

Las entrañas del diario más admirado del mundo

// Por Nicolás Artusi

Con el morbo propio de todo documental, las cámaras se regodean sobre la especie en extinción: los rollos de papel. Las páginas del diario de mañana circulan entre cilindros tiñendo de gris el ambiente fabril y el fragmento del noticiero alarma con el tonito altisonante: “Las secciones de Obituarios de estos días están repletas de las muertes de los grandes diarios estadounidenses”, se dice. Pero digna como cualquier dama de la alta sociedad, la mole del diario The New York Times se mantiene erguida y orgullosa sobre la 8° avenida de Manhattan, y así la muestra el documental Page One: herida pero de pie, y confiada en su supervivencia en la época en que Internet jaquea a los grandes diarios de papel y cuando la frase que resumía la urgencia de todas las redacciones (“¡paren las rotativas!”) se presenta como alegoría cruel de la crisis de una industria o como reversión paródica de la amenaza que se heredó del neoliberalismo: rotativa que para, rotativa que cierra

¿Qué se discute en las reuniones de sumario de las 10 AM y de las 16:30? ¿Cómo se las ingenia un redactor para seducir a su primer lector, es decir, su editor? ¿Cuál es el ánimo colectivo después de una reducción masiva de personal? Con un acceso inédito a la intimidad del diario más admirado de todos los tiempos, el documental Page One: Inside The New York Times (2011), dirigido por Andrew Rossi y estrenado en una decena de festivales de cine alrededor del mundo, desnuda los secretos de una Redacción que ganó 95 premios Pulitzer y muestra cómo se eligen y qué significan en la era de las redes sociales “todas las noticias que merecen ser impresas”, según el lema centenario. “La atmósfera está fúnebre”, concede el editor jefe Bill Keller mientras la cámara recorre los pasillos asépticos y se detiene sobre los muebles de diseño o las pantallas de LCD que despersonalizan el aire mítico de una Redacción y que emparentan al periodista más con un gerente de sucursal que con un obrero de la tinta y el papel. En el montaje, el contraste es brutal y resume una tensión de época: en blanco y negro, la sala de noticias con máquinas de escribir ruidosas y, en colores, la tableta que parece el último salvavidas de la industria. Antes y ahora, un lema (“entender el periodismo como un servicio público”) y un póster de El ciudadano como antídoto contra la tentación de la megalomanía.

“‘Noticias contundentes’ era una frase que casi le pertenecía al New York Times”, recuerda Gay Talese, tótem del periodismo yanqui: “Si el diario tenía un artículo sobre tal cosa en un lugar lejano, los canales de televisión reaccionaban más tarde: ‘¡Enviaremos a Walter Cronkite allá!’”. Se percibe cierta nostalgia por las mañanas en que la gente esperaba la salida del diario para saber cómo iba el mundo. Ahí donde el libro Gray Lady Down (William MacGowan, Encounter Books, 2010) se regodee en los estertores finales y se pregunte “qué significa para (norte) América la caída del New York Times”, Page One es más honesta y acaso ingenua en sus sentimientos por el magisterio de un gran diario: es la elegía por el canto agónico de un cisne. Y como prueba de que un medio es la suma de los hombres que lo escriben, el protagonista de la película se impone por carisma personal y no por jerarquía: David Carr, un periodista de la vieja guardia, el fantasma de los cronistas que hacían la calle, el arquetipo del hombre con tinta en las venas.

Si el redactor veterano Richard Pérez-Peña insiste en recordar que “nunca las noticias fueron gratuitas”, los archivos de Wikileaks, los videos de YouTube y los aforismos cínicos de Twitter sobrevuelan como cuervos ominosos sobre la sacra institución periodística y sus propósitos de independencia. ¿Quién va a pagar por información válida cuando el brulote se propaga gratis como un virus? Así, Page One, en su ambicioso guión repleto de saltos temporales, se propone pintar dos épocas de un diario (¡del mundo!) y del periodismo entendido como poder ciudadano: el dilema de la supervivencia y la añoranza por la época del cronista sumergido donde pasaban las cosas, arriesgado en la búsqueda del dato y, como escribió Gay Talese en su oda monumental The Kingdom and the Power, confiado en la certeza de que el mundo sigue andando a diario: “El Times era una institución muy humana, dirigida por figuras imperfectas, hombres que veían las cosas a su modo. Pero también es cierto que el Times casi siempre trataba de ser justo. Y cada día, si no había huelgas de trabajadores o bombas de hidrógeno, aparecía en 11.464 ciudades de toda la nación y en todas las capitales del mundo, con 50 copias enviadas a la Casa Blanca, 39 copias a Moscú, varias contrabandeadas a Beijing y una gruesa edición dominical al canciller de Taiwán, porque solicitaba el Times como prueba necesaria de la existencia de la Tierra, un barómetro de su presión, un evaluador de su cordura. Si el mundo todavía existía en la realidad, él sabía que lo registrarían a diario en el New York Times”.

Publicado en Ñ

Un pensamiento en “La dama de gris, a todo color

  1. Muy buen documental, aunque no termina de responder a las preguntas que plantea, pero es que son preguntas que han surgido demasiado pronto para intentar darles respuesta, y si lo hiciera sería una respuesta apresurada.

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