Y se pusieron los pantalones

Sucesor del calzón y símbolo del poder y la masculinidad, el pantalón tardó casi 200 años en ingresar al armario de las mujeres. La historiadora feminista Christine Bard exhumó los archivos de la moda y analizó la politización de la vestimenta.

Una prenda con profundo significado social y cultural

// Por Nicolás Artusi

“Y en su casa, ¿quién tiene puestos los pantalones?”: la picaresca nacional, en la recurrencia de chistes sobre maridos, esposas y suegras, naturalizó una certeza que, ya en la época de la Revolución Francesa, le asignaba una interpretación política a la prenda: “Quien calzón tiene, poder tiene”, se decía. Los menos favorecidos estaban, literal y simbólicamente, con las nalgas al aire. Los nuevos estudios del vestido confirman que el traje no sólo refleja un orden social sino que lo crea y permite, sobre todo, el control de los individuos. Sucesor del púdico calzón, y símbolo del poder y la masculinidad, el pantalón tardó siglos en ingresar al armario de las mujeres, sometidas a la estrechez del corset y el miriñaque. Si es cierto que “la ropa masculina también es un artificio, pero un artificio más cómodo y simple: está hecho para favorecer la acción, no para entorpecerla”, durante generaciones las mujeres estuvieron privadas de derechos y con el pantalón prohibido. En su brillante libro Historia política del pantalón, ilustrado en su portada con la foto del primer traje sastre femenino confeccionado por Yves Saint Laurent (¡recién en 1967!), la historiadora francesa Christine Bard exhuma los anales de la moda, disecciona la politización de la vestimenta y arriesga: “El pantalón es el marcador de sexo y género más importante para la historia occidental de los dos últimos siglos”. 

El pantalón genera un lenguaje que tiene alcance político, pero en su origen fue más sagrado que secular: la palabra viene del apodo con que reconocían a los venecianos que usaban calzones largos y ajustados, a los que llamaban “pantaloni” por su inquebrantable fe consagrada a los milagros de San Pantaleón, el mártir de los enfermos. En Francia, el pantalón se conoció en el siglo XVI, a través de un personaje de la comedia del arte llamado Pantaleon, un anciano avaro que usaba calzoncillos largos. Desde entonces, las piernas enfundadas fueron la alegoría para un “hombre que adopta muchas figuras y desempeña todo tipo de papeles para alcanzar sus fines”. En sus inicios, en el pantalón se escondieron las formas más mezquinas del engaño: la expresión francesa “pantalonnade” se entendió como “una falsa demostración de alegría, de dolor, de benevolencia, un subterfugio ridículo para sacar de apuros” y, aunque algunos lo hayan interpretado como mero disfraz para amenizar los carnavales, para otros fue sinónimo de las intrigas palaciegas de cualquier señor puesto a eternizar un mandato político, económico o familiar.

Si en los albores de una educación higienista el hombre se concebía para el pensamiento (o la acción) y la mujer para la reproducción, el armario estuvo a tono: los hombres llevaban pantalones, una prenda cerrada; y las mujeres, faldas, una prenda abierta. “La abertura de la ropa femenina evoca la facilidad de acceso a su sexo, su disponibilidad, su penetrabilidad”, analiza Bard, doscientos años después de la formulación del modelo educativo sexista propuesto por Jean-Jacques Rousseau: “Toda la educación de las mujeres debe ser en relación con los hombres. Complacerlos, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos cuando son pequeños, cuidarlos de mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce, éstos son los deberes de las mujeres de todos los tiempos y lo que hay que enseñarles desde la infancia”. La influencia de Rousseau se mantuvo durante décadas y, en la prehistoria de las leyes de identidad de género, el simple hecho de que una mujer use pantalones era una perturbación social intolerable. La travestida era la encarnación del miedo a la confusión de los sexos, amparada en la interpretación más estricta de las Sagradas Escrituras: “La mujer no se pondrá ropa de hombre, ni el hombre un vestido de mujer: el que lo hace resulta abominable a los ojos del Señor, tu Dios”. Si el travestismo se consideraba “delito de falsedad”, también existían matices según quién portase las ropas del sexo opuesto: mientras en la antigua leyenda china de Mulan despierta admiración la fábula infantil a la joven disfrazada de soldado con nobles intenciones, “el hombre se envilece al ponerse unas ropas correspondientes a un estatuto inferior al suyo”, relativiza Bard: “Pero la mujer, en cambio, asciende en la jerarquía y puede sacar de ello múltiples beneficios”.

Así comienza la lucha de las mujeres por el derecho al pantalón, con vírgenes profanas como Juana de Arco, las santas travestidas Tecla, Peragia, Marina, Margarita y Eugenia o las heroicas amazonas que fundaron una sociedad regida por un matriarcado para hacer frente a las invasiones foráneas y dar genealogía a la única Mujer Maravilla del dream-team de los más poderosos superhéroes. El pantalón acompaña la emancipación de las mujeres y, si es cierto que no hay nada como la prohibición para agudizar el deseo, en su propia ensoñación obsesiva el profesor Humbert Humbert le asigna estatura de mujer bien formada a la luz de su vida, al fuego de sus entrañas: “Era Lola cuando llevaba puestos sus pantalones”, aunque en sus brazos fuera siempre Lolita.

La conquista de las mujeres

En el mediodía televisivo, una diva crepuscular hizo sociología popular de la moda (“como te ven, te tratan; si te ven mal, te maltratan”), llevando a las masas nociones de control social aplicadas al vestido: desde la Edad Media europea, los “edictos suntuarios” prohibían, por ejemplo, el terciopelo entre los campesinos y la gente del pueblo. Las telas nobles estaban reservadas a los grandes señores aunque, con una dignidad de módica rebeldía, los burgueses preferían pagar las multas en lugar de renunciar a su “ropa de salir”. Si en el siglo XX París fue la capital mundial de la industria de los trapitos, ya desde la Ilustración se agudizó la politización del traje, con pensadores como Voltaire, que consideraban aquellas leyes como una intrusión a las libertades individuales. Con la llegada de la República, y las incipientes ideas de “patria” o “Constitución”, se abandonaron los lunares postizos y las pelucas empolvadas, se prohibieron algunos cosméticos, se archivaron los zapatos de taco alto, todos referentes de la monarquía caduca. Los hombres llevaban pantalones y las mujeres, vestidos sencillos y el pelo apenas sujeto con una cinta. Para Bard, “el enfoque de lo femenino es menos profiláctico que político: lo que interesa es la muchacha joven, futura esposa y madre”.

En un país que necesite hijos devotos, la madre ponedora deberá renunciar a todos los afeites fútiles. En el arte, las mujeres de la Patria, con pechos generosos y faldas amplias, servían de emblema de la libertad conseguida y de la victoria de la razón. “La moda sale finalmente reforzada de la Revolución y gana algunas referencias nuevas: la libertad, la transparencia, la antigüedad”, escribe Bard: “El individualismo libera los cuerpos de las presiones colectivas anteriores ligadas al rango y al estatus”. Con esta liberación, se fundan los cimientos de la fabulosa industria de la moda que, según el análisis posterior de Roland Barthes, se define por criterios casi completamente arbitrarios y “donde no hay rasgos naturalmente femeninos; existen rotaciones y giros regulares de formas”. Si los higienistas norteamericanos reclamaban que “las leyes de la salud vienen de Dios; las leyes de la moda, de los modistos parisinos”, las mujeres empezaban a exigir el acceso al pantalón como ambición divina y como derecho humano, en una manifestación de feminismo adelantado. En Londres, la agitadora Catherine Barmby gritaba desde la barricada dialéctica: “La mujer es esclava de las instituciones políticas, pero también sierva de las reglas sociales; las costumbres, sobre todo en el vestir, la tiranizan. Se necesitan prendas nuevas para la ‘free woman’”.

El pantalón fue siempre un doble marcador (de la masculinidad y del poder, lo que durante siglos fue lo mismo) y las artistas, feministas, revolucionarias, deportistas y viajeras fueron las primeras en adueñarse del símbolo fálico. La mítica escritora George Sand (1804-1876) consiguió ya en la pubertad una dispensa de su padre para usar pantalones, con la intención de que “no la moleste la ropa que hace a las mujeres impotentes a la edad en que tienen más necesidad de desarrollar sus fuerzas”. Con la proliferación de las grandes ciudades, la noción de “libertad de movimiento” se convierte en una necesidad vital. “La gran ciudad del siglo XIX es un espacio intensamente sexuado en el que la mayoría de las mujeres puede circular con libertad”, confirma Bard. La gran actriz Sarah Bernhardt (1844-1923) y la pintora Rosa Bonheur (1822-1899) son pioneras en el uso de la prenda masculina y se erigen en inspiración para miles de mujeres que repiten la proclama: “Mi traje le dice al hombre: ‘Soy igual que vos’”. Si la escritora totémica Colette (1873-1954) definió como “hermafroditismo mental” el anhelo de realización de las mujeres decimonónicas, el tránsito de un siglo a otro resumiría un trauma: ya para 1906, las mujeres representaban la tercera parte de la población económicamente activa y el primitivo feminismo politizó la cuestión de la apariencia.

Ahí donde una historia de la moda pueda resumirse en la tensión alrededor del vestido que enfrenta a dos tipos de mujeres hasta el día de hoy (aquellas que simplifican su forma de vestir y las que la complican, amparadas en el refrán “lo que es moda no incomoda”), para la socióloga argentina Susana Saulquin, “si entendemos que existe una relación casi proporcional entre las vestimentas femeninas y masculinas y la condición social de la mujer (a mayor diferenciación, menor es la libertad de elección de la que se dispone), no debe de extrañarnos el proceso de masculinización de las ropas femeninas antes de la Primera Guerra Mundial”. Las mujeres van al frente. Literalmente. Y mientras sus reivindicaciones alcanzan estatutos sociales inéditos, la teoría de la “virilización de las mujeres” otorga sustento teórico a la sospecha insinuada en la intimidad de lo doméstico y en la ostentación de lo público: ya no existe un único sexo fuerte.

La renuncia de los hombres

Si es cierto que la historiografía de la prenda pone en juego tres funciones (atuendo, pudor y protección), los análisis del discurso del siglo XX le agregan otro poder al vestido: el simbólico. ¿Qué dice la conquista femenina de los pantalones acerca del “varón domado”? El psicoanalista inglés John Carl Flügel definió como la “gran renuncia masculina” el abandono del derecho a vestir prendas brillantes y refinadas, en provecho de la coquetería de las mujeres y de una búsqueda de “lo utilitario” como único fin digno. Mientras las revistas dominicales de los diarios insisten con la nota de tendencia (“los hombres ahora también usan cremas”), el contraste delata una renuncia anterior: al afeite vacuo y a la moda como berretín de la vanidad. Ya en 1789, la literatura panfletaria de la Revolución Francesa exigía un compromiso viril para los libertarios: “Serán como los primeros francos, fuertes y sanos, como ellos se dejarán crecer la barba y lucirán la melena larga que tanto apreciaban. Adiós a los peluqueros y comerciantes de moda”.

Y después llegó la renuncia a la soberanía exclusiva del pantalón. Más que un travestismo de las costumbres, la virilización del traje insinúa una incipiente igualdad de los sexos. Para Bard, “la ropa femenina resume de manera simple, evidente, la esclavitud de las mujeres. Por esta razón, el problema del traje es de gran importancia: no sin razón se pone un uniforme a los soldados y un hábito a los religiosos, una forma de vestir semejante se supone que refleja una mentalidad semejante”. En su acceso a los pantalones de la mitad del siglo XX (y a la gerencia de las empresas o la presidencia de los países: la canciller alemana Angela Merkel sólo se dejará ver con vestido, incómoda y aparatosa, en las recepciones de protocolo estricto), las mujeres se emparejan con los hombres, disminuidos en su potencia hegemónica al punto de la castración simbólica: la pensadora búlgara Julia Kristeva se inquieta por el futuro del varón llevado a compartir su prenda fetiche, “colocado en una mala posición y queriendo salvaguardar la diferencia sexual, como una manera de asegurarse un deseo entre los dos sexos”. Llevar una prenda masculina tiene una connotación de “empowerment”: es una demostración de fuerza. “Los préstamos del vestuario masculino, percibidos como el signo exterior de una masculinización más general del comportamiento, tendrían como efecto desvirilizar a los hombres”, escribe Bard. ¿Es exagerado interpretar el pantalón como el símbolo definitivo de la “guerra de los sexos”? En una edición de 1968 de la revista Elle (donde las redactoras tenían prohibido trabajar en pantalones), el modisto Yves Saint Laurent defendía el uso democrático de la prenda ya no como emblema de la igualdad, sino de la diferencia: “Una mujer sólo es seductora en pantalón si lo lleva con toda su feminidad. No como George Sand. Un pantalón es una coquetería, un encanto suplementario, no un signo de igualdad o de liberación”.

Analizado hasta la disección por todos los que quisieron otorgarle una interpretación política, el pantalón sigue fiel a la primitiva definición (“una prenda que desempeña todo tipo de papeles para conseguir sus fines”) y, aunque todavía persisten las tensiones entre los sexos por las ropas que simbolizan los atributos de uno y otro género, ya nadie ve como “travestida” a una mujer sin maquillaje, de pelo corto y con traje sastre. ¿Pero qué pasa con el hombre que quiera usar polleras? Si nadie duda de la virilidad recia del kilt escocés, el varón en falda será interpretado como afeminado o excéntrico casi al punto del escándalo. En el 2007 se formó la asociación Hommes en jupe (“hombres en faldas”) que, inspirada en las colecciones masculinas diseñadas por el modisto Jean Paul Gaultier, iguala a los hombres en la exigencia de su derecho a usar pollera: ellos también adoptan una postura de resistencia. Quieren salir de la uniformidad y abandonar aquel ideal burgués de la “renuncia masculina”. La historia da un giro de 180 grados: “La prenda de la resistencia, en la actualidad, es la falda”, opina Bard. En Francia, la fundación Ni putes ni soumises defiende un derecho básico a la feminidad: “¿Por qué no podemos llevar faldas sin que se nos trate de putas?”. En sus escasos centímetros de género, la (mini) falda es acusada de encender la mirada, de provocar el deseo y, según Bard, “la chica que lleva falda, como ayer la que llevaba pantalón, tendrá mala reputación”.

La última batalla por el guardarropas tiene ganadoras y perdedores: “No se puede pasar por alto el hecho esencial de que una mujer que se masculiniza se eleva en la jerarquía de valores. Gana un poder simbólico. Pero un hombre que adopta una prenda femenina desciende en la misma escala, pierde un poco de su poder y se acerca al estatuto femenino”, concluye Bard: “Una se vuelve sujeto, el otro se vuelve objeto”.

Publicado en Le Monde Diplomatique

3 pensamientos en “Y se pusieron los pantalones

  1. Es necesario, que los diseñadores, y las casas de moda promuevan y saquen al mercado faldas, y vestidos con falda diseñados para varones; pues la incomodidad del pantalón siempre ha sido insoportable, solo que a la mayoría de congéneres les daba temor hablar de sus incomodidades y NECESIDADES. Algunos pensaban que se reirían o se los ridiculizaran si manifestaban sus insatisfacciones e incomodidades; y han preferido vivir con las molestias mas grandes.
    El Overol o pantalón fue proclamado para labores especificas, pero ahora nos han impuesto esta tortura a tal punto que sin temor a equivocarme esta afectando la salud, y la calidad de vida de los hombres y sus familias.

    El pantalón es la prenda menos adecuada para un hombre; el calzoncillo bóxer, hace las veces de férula en los genitales, (propiciando disfuncion y discapacidades), la costura central del pantalón maltrata, magulla e incomoda todo el tiempo los genitales; la correa o cinturón hace las veces de torniquete, y obliga al corazón a bombear la sangre con mayor esfuerzo, (para vencer la contracción que hace el torniquete), y por mala irrigacion sanguínea afecta: el aparato digestivo, el sistema urinario, el aparato reproductor. Ademas con el uso del pantalón el hombre ha terminado orinando de pie lo cual es totalmente antinatural. Las Faldas y los vestidos con faldas para los hombres son suprema-mente SALUDABLES, CÓMODOS Y CONFORTABLES. El pantalón, el calzoncillo ajustado, la costura central del pantalón, y la correa o cinturón, están promoviendo las enfermedades modernas de los hombres: IMPOTENCIA, ESTERILIDAD, PROBLEMAS DE LA PRÓSTATA Y POSIBLEMENTE CÁNCER DEL TESTÍCULO.
    Ninguna parte del cuerpo del varón se maltrata mas que los genitales.
    Por salud y comodidad mejor usar FALDAS O VESTIDOS CON FALDA

  2. Con su información me afirma mucho mas, los abusos en los que hemos incurrido los hombres, discriminado, abusando y atropellando a la mujer; aun con nuestro atuendo, dando mensajes obscenos y abusivos. Lo mas probable es que si hombres y mujeres usáramos faldas como era antes; las condiciones de abuso y humillación, no serian tan relevantes ni tan drásticas, pues ambos estarían en condiciones de igualdad

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