Vicio por el porno

Antes había que ir al kiosco, poner cara de póker para pedir la revista y pagarla. Ahora alcanza con tener Internet y ver todos los desnudos que uno quiera completamente gratis.

// Por Nicolás Artusi

Como el rinoceronte negro occidental, el casete, los mapas impresos o la capa de hielo polar, en la primera década de este siglo la Humanidad también perdió el porno pago. No es broma: el reputado diario inglés The Guardian incluyó el voyeurismo arancelado entre las cosas que se extinguieron en los últimos diez años y, si la crisis de una industria amenaza con dejar en el paro (je) a los pornostars de Los Angeles, la gratuidad de lo erótico y la ubicuidad tecnológica permiten que siempre tengamos el sexo a mano. 

Según un estudio de la Universidad de Montreal, el porcentaje de hombres mayores de 20 años que nunca vieron una película porno es… cero. Por la positiva, todos los varones (¡todos!) vimos al menos una escena XXX. Ahí donde una mística adolescente pasada convertía en viaje de iniciación la excursión al kiosco para comprar una revista que exhibiera algún centímetro cuadrado de piel, hoy el 90 por ciento de la pornografía se consume en Internet, gratis en su mayoría. Los científicos canadienses calcularon que un hombre soltero promedio mira 40 minutos durante tres veces a la semana, mientras que un casado se resigna a espiar 20 minutos de sexo ajeno, al menos 1,7 vez por semana. Mientras los púberes ya no tengan que apelar a revistas pringosas para iniciarse en la contemplación erótica, la facilidad de acceso estimulará el vicio: sin la mirada censora del kiosquero o la sanción onerosa de la tarifa (“lo que cuesta vale”), el porno gratuito se vuelve obsesión para el mirón: como el hikikomori, el adolescente japonés que no sale de su habitación y se comunica con el mundo a través del monitor, el porno omnipresente inaugura una nueva era de sexualidad solitaria, compulsiva y voraz, hasta el hartazgo o el empalago.

En los programas de la tarde, el “video prohibido” es oprobio y filón para la modelo y la botinera. El porno amateur consagra una promesa de la época (“todos podemos ser estrellas por un rato”) y se propone invertir los roles: apenas con un teléfono celular, el espectador abandona su rol pasivo y se muestra para otros, en un loop que democratiza la exhibición desvergonzada y empuja al vicioso a mirar más, más, más. Las panzas flojas, las nalgas caídas y los pechos lisos estimulan la ilusión de estar espiando a los vecinos. Al cierre de este texto, el supersitio argentino Poringa.net contaba con 1.334.966 posts prohibidos para menores de edad y 18.599.372 miembros registrados (usuarios, se entiende). A lo largo del día, aunque con picos de rating por la noche, como en la tevé, 30.000 personas a la vez miran videos caseros con títulos equívocos, como “Arquitecta mostrando su obra” o “Angie calienta el invierno”. El viejo adagio punk DIY (“Do It Yourself” o “hacelo vos mismo”) propuso un modelo horizontalista de producción y difusión, así como abrió el acceso de todo el mundo, como nunca antes, a miles de millones de videos porno, en la mayor compilación histórica de la sexualidad humana.

En los anales de la Asociación Psiquiátrica Americana, que compila los desórdenes mentales, todavía se discute si deben incluir la adicción por la pornografía entre las enfermedades psíquicas de estos tiempos. Si el vicio se define como “un gusto especial o en exceso”, la oferta de porno online es abrumadora: según datos del sitio MBA.com, el 12% de las páginas de Internet son XXX; a cada segundo, hay 28.258 personas consumiendo sexo ajeno; el 35% de todas las descargas son videos pornográficos. Como aquel adolescente alienado que sólo se conecta con los otros a través de una pantalla, el efecto colateral de la pornografía también es el aislamiento: una encuesta de MSNBC.com develó que el 80% de los habitués de sitios porno invierten tanto tiempo en la búsqueda de estímulos sexuales que ponen en riesgo sus relaciones de la vida real. Manos a la obra: que el onanista haga del vicio, virtud; y que se proponga alcanzar su ideal erótico en la cama y no en la computadora para que la vida no sea, apenas: una búsqueda de la paja en el ojo ajeno.

Publicado en El Planeta Urbano

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