Noticias más potentes que ficciones

La actualidad es el motor de una ficción que imagina la intimidad del movimiento Occupy Wall Street, salidas transitorias desde la cárcel, el duro control al mercado de divisas y los riesgos de Agüero y Tévez en Londres.

Instantáneas del fotoperiodismo

// Por Nicolás Artusi

Inmigrantes digitales, así se los llama: nacidos un poco antes o un poco después de 1975, se colaron en el Primer Mundo de la información como los “espaldas mojadas” mexicanos que se juegan el pellejo en el desierto de Texas. Crecieron aporreando un Atari que un tío que viajó a Norteamérica les trajo en los años de la tablita financiera y se hicieron grandes cuando abrieron su perfil de Facebook, empujados por la presión social de sus “contactos”. ¿Sabía usted que se marcan 3.000.000.000 de “me gusta” por día en el mundo? Abrumados de datos, en la intimidad de su hipocondría le temen al ACV como mal de la época (las cabezas estallan por exceso de información), satisfacen su ego ante cada pulgar arriba, miden el éxito según la cantidad de “seguidores” que consigan  y escriben todo el día, muchísimo más que sus mayores: SMS, tweets, actualizaciones de estado, mails y ficciones, marcadas por la urgencia de lo fugaz como presagio de lo que se perderá para siempre. Están contaminados de actualidad. 

Si una ambición legítima de cualquier autor estadounidense nacido por las mismas fechas (Safran-Foer, Chabon, Foster Wallace) es sustituir a sus predecesores (Updike, Roth, DeLillo) en la ímproba misión de escribir la Gran Novela Americana como testimonio de una era y legado para la posteridad, la generación de argentinos nacidos durante la década del ’70 lleva la marca de un apocalipsis fundacional. Las ficciones de los menores de 40 se empapan de actualidad ominosa, reproducida en los mil y un sitios de Internet, multiplicada en el loop de los canales de noticias, refractaria de cada armagedón que vivimos y superamos. Así, Selva Almada se compadece del que sobrevive gracias al último cepo cambiario; Buddy Glass revisa la épica de un director de cárceles que se disfraza de Hombre Araña; Violeta Gorodischer toma la temperatura de la nueva fiebre del dólar; Luciano Lamberti persigue a la niña dorada de los indignados de Wall Street; Hernán Vanoli encuentra al Kun y al Apache mientras están perdidos en la noche. El desastre. La salvación. Otra vez el desastre, y así.

El (anti) héroe podrá ser un arbolito de Tribunales o un futbolista millonario, siempre signado por un individualismo que lo convertirá, una y otra vez, en una versión criolla y citadina de Robinson Crusoe, aun acompañado por las multitudes que teman una devaluación o se santigüen ante “el último hecho de inseguridad”. Si es cierto que “el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”, según el prólogo de Héctor G. Oesterheld en El Eternauta, detrás de cada uno están todos aquellos cuyo DNI empieza con el mismo millón, rebosantes de estímulos, saciados de datos, inmigrantes en su propia patria.

Publicado en Ñ

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