El noticiero como teatro de la vida

Aaron Sorkin, guionista detrás de “Red Social” o “El juego de la fortuna”, estrena “The Newsroom”, una serie protagonizada por Jeff Daniels que explora la trastienda de un canal de noticias y su búsqueda de la primicia.

Televisión por cable

// Por Nicolás Artusi

Placas rojas, carteles naranjas, periodismo amarillo. Sirenas de alarmas, anuncios de último momento, móvil en vivo, primicia ya, desde el lugar mismo de los acontecimientos, toda la retórica de la urgencia televisiva puesta al servicio del notición: un dueño mordió al perro. Con su insólita promesa de “24 horas de información”, los canales de noticias proponen una cronología alterada con la toma de rehenes mostrada en tiempo real o el choque en loop durante toda la tarde. Si la publicidad tuvo su juicio público gracias a Mad Men, ahora un niño terrible de Hollywood se propone desentrañar qué hay detrás de las noticias. En los Estados Unidos se dice que la realpolitik terminó imitando a The West Wing, su serie sobre los dilemas de un presidente norteamericano. Convirtió a Mark Zuckerberg en el nuevo Citizen Kane con la película Red social. Denunció los negociados crueles del béisbol y el fin de la inocencia deportiva en El juego de la fortuna. Ahora, el incombustible Aaron Sorkin estrena The Newsroom, la serie definitiva sobre un canal de noticias, el drama que lo consagrará como el gran retratista del cinismo del imperio americano.

En diez episodios de 47 minutos (la duración del drama televisivo moderno), la cámara se extraña con la transformación de Will McAvoy, un presentador de noticiero en plena crisis de confianza: con el rostro indignado del actor Jeff Daniels, un cincuentón al borde del colapso al sentir que derrocha todo su capital televisivo cuando se le hace imposible sostener una fachada de neutralidad. “Estaré despedido para mañana”, se dice después de perder los estribos durante una charla en una universidad. El “Jay Leno de los presentadores de noticias” se rebela ante el elogio sardónico (“sos popular porque no molestás a nadie”) y un buen día decide quemar los papeles.

Ya en 1976, Paddy Chayefsky, otro autor cínico, había escrito Network, poder que mata, en plena década del desencanto con las instituciones como herencia del Watergate: desde el escritorio del noticiero, el talking head Howard Beale (Peter Finch) es obligado a jubilarse por los bajos niveles de audiencia. Amenaza con matarse en cámara. Pico de rating. Lo contratan otra vez. En la prehistoria del minuto-a-minuto, un planteo similar al de Newsroom, que resume una obsesión de Sorkin, encarnada en un presidente atribulado, en el creador de Facebook o en el conductor de un noticiero: el conflicto entre la ambición (o las ideas o las obsesiones) de un hombre y su insufrible personalidad, siempre a punto de hundirse en el entorno hostil y embarrado en el fango dialéctico. “Vengo de una familia de abogados, todos más inteligentes que yo”, dijo Sorkin a la revista Vanity Fair: “Crecí disfrutando el sonido de un buen argumento, y queriendo imitar ese sonido”.

Para el prime time de HBO, el canal de las ficciones serias (desde Los Soprano hasta Boardwalk Empire y, en Latinoamérica, Mad Men), la serie supone una evolución en la mirada brutal de Sorkin sobre el fascinante y horroroso mundo de la tele: la sitcom Sports Night (1998) mostraba los intereses ocultos de un canal deportivo a la manera de ESPN (se la definió como “la mejor serie que nadie vio”) y Studio 60 (2006) rescató al actor Matthew Perry del mausoleo de Friends para regodearse en la trastienda sexópata y cocainómana de un típico show de comedia, cuando 30 Rock todavía era un boceto en la libreta Moleskine de Tina Fey. Ahora, con las fanfarrias estridentes de todo noticiero, el zapping del cable podrá confundirse entre universos paralelos: la promesa neutral e internacionalista de la CNN, el brulote reaccionario de Fox News o el muy realista (pero falso) decorado del Atlantis Cable News (ACN) de Newsroom, con su amasijo de monitores, escritorios, computadoras y aparatos, con su multitud de camarógrafos, editores y directores que, en reversión de la liturgia televisiva, en los noticieros son parte de la escenografía y que transmiten cierta idea de urgencia: “Estamos trabajando para usted”.

Ajeno a los rigores del rating, Sorkin parece identificarse con esos hombres probos de los medios entendidos como poderes públicos, y que están un paso más allá de las exigencias comerciales. “La serie no es sobre las noticias”, dijo en Vanity Fair: “Es sobre la gente que hace las noticias”. Cuando acá y allá se multiplican los análisis sobre la construcción mediática, ¿el uso del verbo “hacer” es lapsus o provocación intencionada? El autor no habla de los hombres que “narran” o “cuentan” las noticias sino de aquellos que las arman: el desplazamiento del hecho, ya abandonada toda aspiración de objetividad, a la relevancia del transmisor es sintomático de la época en que se estudia “el relato”. ¡Ultimo momento! Los movileros saldrán corriendo detrás de la primicia vana y, en el estudio, un conductor pondrá cara de circunstancia. Si es cierto que el noticiero es el teatro de la vida, para Sorkin “hoy la mejor dramaturgia está en la televisión”.

Publicado en Ñ

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