La carcajada final

“Public speaking” es un documental de Martin Scorsese sobre la figura de Fran Lebowitz, la mítica escritora que sufre un bloqueo creativo desde 1979.

La cosa por la que me castigaban en casa terminó siendo la misma por la que me pagan”. La parábola premia con justicia el acto de hablar en público de manera compulsiva y, ahí donde Raymond Carver haya reclamado “querés hacer el favor de callarte por favor”, la afilada Fran Lebowitz le habría respondido con otro tsunami de palabras. Blablablá. Hombruna, ancha en sus sacones, vestida siempre de varón, con la voz cascada por el cigarrillo, a los 60 años sigue siendo una observadora cínica y brutal del Imperio desde los días del flower power hasta el hipotético default , un mito de la inteligencia neoyorquina y una mujer que, verborrágica en la oralidad, se confiesa impotente en la escritura: hace tres décadas que no puede terminar un libro. Pero hizo del bloqueo una carrera exitosa. Si en la desesperación por el best-seller algún editor argentino patentó el oxímoron del “lector que no lee”, Fran Lebowitz es la escritora que no escribe: sin textos desde 1981, cuando publicó Social studies , el segundo de sus dos libros de “ensayos cómicos”, hizo de la pereza una marca de autor. 

“Nadie ha perdido más el tiempo que yo. Me fijé y era 1979; me fijé de nuevo y era 2007”, se autocompadece en Public speaking (justamente, “hablar en público”), el documental de Martin Scorsese que registra su vida para la posteridad y que ahora mismo rota por el canal HBO Plus en la anárquica grilla del cable: “No lo llamaría ‘bloqueo’, eso es temporal. Un mes, seis semanas. Esto es un estado de sitio, es mi propia Guerra de Vietnam: me metí ahí y no sé cómo salir. Es una reacción retardada y no muy positiva al éxito”.

Con la canción de 8 1/2 que acá más que a Nino Rota nos remite a la apertura del programa de Susana Giménez, Scorsese filma a Lebowitz por las calles de Nueva York, la ciudad que adoptó cuando tenía 18 años, la persigue en sus infatigables charlas con los estudiantes yanquis y exhuma sus memorables participaciones en los late shows , mientras se reeditan en inglés sus dos obras supervendidas: Metropolitan life (1978) ySocial studies (1981), los libros que la consagraron como “una Dorothy Parker moderna” y que cimentaron las bases de su estilo sardónico, que la anima a discutir en el atril con su amiga, la totémica Toni Morrison. Toni: “Supongo que siempre tenés razón, pero nunca sos justa”. Fran: “Por eso siempre tengo razón. Porque no soy justa”.

Llegada en los finales de su adolescencia desde la vecina Nueva Jersey, su primer trabajo fue como taxista y, si allá por los 60 se mudó por “lo opresivo de vivir en un pueblito”, hoy se rebela contra una ciudad copada por la especulación inmobiliaria y donde Donald Trump puede ser un mito más perdurable que el de su amigo de juventud, el escritor afroamericanista James Baldwin. “Estoy en contra de los turistas y de una ciudad que sólo es para ricos. Antes defendía Nueva York de la gente que la odiaba y la criticaba; ahora la defiendo de la gente que la ama”. Toda una criatura social aunque jamás una mera socialité, su afición por la pista de baile la hizo coincidir con Andy Warhol, que la invitó a escribir en Interview, donde publicó sus primeras piezas de costumbrismo pop , herederas de los ensayos humorísticos de las décadas del 20 y del 30, pero actualizadas por una visión demoledora sobre las taras de la vida moderna: “Si sos un disc-jockey , recordá que tu trabajo es poner música que a la gente le divierta bailar y no impresionar con tu gusto esotérico a algún otro disc-jockey que esté de visita”. Una pitonisa que auguró los vedetismos de la generación Creamfields.

En 1978, sus textos fueron reunidos en Metropolitan life (“cuando salió mi primer libro, la editorial dijo que no se vendería; lo compró todo el mundo”) y tres años después repitió la hazaña con Social studies . Nunca más publicó. Estamos en el 2011 y su influencia se conserva vigente, tanto como para que Vanity Fair la consagre como una de las mujeres con más estilo de Manhattan o para que Jeopardy , el más popular programa de preguntas y respuestas, incluya entre sus categorías “frases de Fran Lebowitz”. Ella: “En los últimos treinta años la fama se volvió algo muy valioso para la gente, divorciada de cualquier otra virtud. Y eso es culpa de Warhol, porque decía ‘fama’ cada dos palabras. Pero él lo decía en broma. Y arruinó el mundo. Eso es lo que pasa cuando una broma privada se expande”.

Si es cierto que “la única cosa mala de adelantarte a tu tiempo es que te aburrís mientras esperás que los demás entiendan”, Lebowitz hace de la contra una filosofía de vida: anticuada en época de furores retro , defensora de la pereza en tiempos de productividad maníaca, ignorante ante el fetiche tecnológico y defensora acérrima del Marlboro, se deleita en su papel de polemista y se ofrece a discutir ahí donde le paguen: “Que la gente busque mi opinión es un placer; mucha gente piensa que no lo sé todo pero eso es un error: sí, lo sé todo. Saber todo es muy emocionante, especialmente en un mundo donde la gente no sabe nada. Siento que estoy en la etapa de mi vida de la última carcajada. Y reírse último siempre es bueno”.

Publicado en Ñ

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