El ojo en el ombligo

Retrato sobre los “yuccies”, los jóvenes urbanos y creativos que marcan el pulso cultural.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Yuccies“Es el único sueño que tuve desde los 14 años”, confiesa Philip y la respuesta se aleja de los probables “ser un rockstar” o “jugar en Primera”, ni más ni menos: “Escribir y publicar una novela”. A los 28, goza de la satisfacción de la ambición cumplida y sufre por lo mismo: su segundo libro no será tan bien recibido como el primero. Con el bloqueo creativo como excusa argumental, la película independiente Listen Up Philip consagra a su director Alex Ross Perry (un experimentado realizador… nacido en 1984) y ofrece voz narrativa a una generación marcada por la época: si la sociología de cafetín ya decretó el fin de la era hipster, asimilada por el mercado y con sus barbas, chupines y tatuajes convertidos en parodias de sí mismos, ahora se habla de yuccies, el acrónimo en inglés de jóvenes urbanos creativos. Son hombres nacidos después de 1980 que exigen espacio para escribir y que, en su vestuario atildado de pantalones anchos y camisas sin gracia, se parecen más a sus abuelos o padres que a sus compañeros de promoción: en Nueva York, Perry fue rebautizado como “el hijo no reconocido de Woody Allen y Wes Anderson”. 
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La obra maestra del porno

El día que el maestro Orson Welles puso su talento al servicio de un género de lo más controvertido.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Orson Welles, 3 am

Knock, knock. “¿Quién es? ¡Estoy en la ducha!”, grita la rubia. “¿Puedo usar el teléfono?”, pregunta la morocha. En el sintético código de lenguaje del porno, no hacen falta más palabras: detrás de la mampara y bajo un chorro de agua caliente, las dos se aman en casi todas las formas posibles. Pero los ángulos de la cámara y el encuadre de las tomas delatan la mano diestra de un director único: Orson Welles, el artista, el genio, el ogro prodigio. Recién ahora el mundo descubre que el director de El ciudadano editó parte de la película porno 3 A.M., rodada a mediados de los 70 e ignorada por toda filmoteca: como no tenía fondos para continuar con el rodaje de The Other Side of the Wind, la que sería su última película inacabada, le pagó a Gary Graver, su director de fotografía, con el aporte impensado: montar las escenas de sexo de las películas XXX que aquel filmaba bajo el seudónimo de Robert McCallum. El resultado es una obrita maestra única en la historia del porno (con una banda de sonido chirriante y una cámara en contrapicado que recuerda las tomas angulosas de Sed de mal o La dama de Shangai) y, entre desnudos totales y gemidos agudos, un inesperado cruce de baja y alta cultura. 
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Un viaje relámpago

Una selva en Puerto Rico y la pesadilla para el hombre atormentado: la lluvia que nunca para.

Souvenir: recuerdos de El Yunque

Lluvia sin fin

“¡Se puede recorrer en cuatro horas!”: al bajar del avión vía escala en Miami, la islita de Puerto Rico se pavonea de su pequeñez insular. El cartel de bienvenida intenta seducir al visitante con poco tiempo y uno, sujeto a las exigencias del viaje relámpago, se apura por conocer la atracción principal. En este “estado libre asociado” con tanto porcentaje de humedad como de petisitas culonas (aquí se atribuyen la patria potestad del perreo, esa variante aún más lúbrica del mueva-mueva-mueva), la ropa se pega al cuerpo y la nuca es una pista de aterrizaje para las gotas de sudor que nacen en la punta de la cabeza. Tengo algo más de cuatro horas por delante y, ahí donde el inútil refranero porteño me repita que “lo que mata es la humedad”, acá quiero morirme: en el rainforest El Yunque, un prodigio de la naturaleza adonde llueve todo el tiempo. Las veinticuatro horas de cada día del año, aun bisiesto. Siempre. La escueta información turística apenas dirá que es un bosque lluvioso tropical de 113 kilómetros cuadrados con precipitaciones permanentes. Una maravilla natural o la pesadilla del atormentado.  Sigue leyendo

Ni el giro del final

En tiempos del spoiler, la autora de la novela “La chica del tren” pide guardar el secreto.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Girl on the Train

“Guarda el final en secreto. Y si no puedes contenerte… comparte tu experiencia en…”: un código QR, uno de esos tetris de cuadraditos en blanco y negro que almacenan datos. En la última página del libro, una apelación al secreto y una vía de escape para el lector con ansiedad oral: el QR lo conducirá a un sitio de Internet donde intercambiará teorías y especulaciones sobre el destino de Rachel, la descarrilada protagonista de La chica del tren, la novela de suspenso que fue best seller en todo el mundo y que ahora se publica en la Argentina. A principios de los 60, antes de cada proyección de Psicosis, Alfred Hitchcock imploraba a los espectadores desde la pantalla que no revelaran a nadie el sorpresivo final de la película (“¡pero entonces, Norman Bates es…!”). Cincuenta años más tarde se mantiene el mismo código de silencio: el spoiler (una derivación del verbo inglés to spoil, “estropear”), esa reprochable costumbre de develar el final de las historias, se convirtió en síntoma de época. En una publicidad, un señor mayor se queja porque el televisor del vecino está tan fuerte que “me espoilea la serie” y en la literatura de suspenso se pide que el desenlace sólo se discuta entre los iniciados que acabaron con la lectura: ¿el asesino es el mayordomo?  Sigue leyendo

Canibalismo con buen gusto

Más que una serie sobre asesinos seriales, “Hannibal” es un fenómeno revulsivo.

Hannibal

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Entrada: carpaccio de hígado en su sangre. Plato principal: riñones con frijoles remojados. Postre: deditos en almíbar. El menú del masterchef Clint Jolly se inspira en la televisión, pero no en el concurso de talentos culinarios. A la mesa de su restaurante en Reno, Nevada, se sientan aquellos a los que se les hace agua la boca por una experiencia extravagante: autobautizados fannibals, son fanáticos de Hannibal Lecter. Por 125 dólares que incluyen la comida, el vino tinto y las propinas, los comensales alientan un fenómeno revulsivo (¡repulsivo!) que crece mientras se estrena la tercera temporada de Hannibal: una simulación del canibalismo. Ahora ambientada en la finísima Florencia, la serie es la quintaesencia de la idea que la televisión tiene de la alta cultura: como un Gold Silver en bata de seda siempre extático ante la expresión artística, el caníbal más célebre de la cultura popular es un amante de la ópera y la buena mesa que no admite ningún trauma en sus hábitos culinarios y sólo se irrita ante la gente sin clase, insistente en su prédica: “¿Acaso el buen gusto es un problema?”. 
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Hoy se lee #twitteratura

Nuevas maneras de consumo literario: para saber cómo continúa un relato ahora sólo hay que apretar la tecla F5.

Twitteratura

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“Su cartera un sábado: celular. Birome de la facu. Mentita. Su cartera un domingo: celular. Birome de la facu. Recibo por $49.99. Una píldora”. En exactos 140 caracteres, una novelita sobre las costumbres de las jóvenes universitarias o un novelón sobre el embarazo del día después. Ahí donde Twitter aliente la lectura fugaz, una legión de escritores hace literatura en la red social consagrada al brulote, el chimento o el comentario cínico. El tuit de @AlissaGreen (“aventurera, escritora, improvisadora, ex brooklyniana”) sobre la epopeya femenina de un fin de semana confirma un fenómeno de época: mientras las librerías se inundan de novelas cada vez más largas (como El jilguero, de Donna Tartt, cuya extensión de 1143 páginas se comparó en esta columna: el equivalente a 15.000 tuits), Internet alienta un nuevo género de microficción, más narrativo que el haiku y menos moralizante que el aforismo: la #twitteratura. El mes pasado se realizó la tercera edición del #TwitterFictionFestival y durante una semana más de veinte autores ilustres y una multitud de desconocidos publicaron historias originales, fragmentadas con el espíritu del folletín decimonónico: de a un tuit por vez.  Sigue leyendo

Ácido sulfúrico

La película “Vicio propio” delata la proeza casi imposible de adaptar una novela de Thomas Pynchon.

Vicio propio

Cine & literatura

“Localización, Seguimiento, Detección”: como en toda novela negra, el detective trabaja en una oficina miserable con una puerta de cristal y, estampado sobre el vidrio, un rótulo que resume el espíritu de la época en tres letras capitales: “LSD”. Debajo de ellas, el dibujo de un gran ojo inyectado en sangre con los colores psicodélicos del momento, el verde y el magenta, y un mito urbano: se supo de incontables clientes potenciales que se pasaron la tarde contemplando ese laberinto ocular, a veces olvidándose el motivo de la visita. Si en los policiales del año del jopo el detective normalizaba la apariencia con kilos de gomina, acá revolea la melena enrulada y a menudo debe aguantar que se refieran a él como “el hippie”. Los Angeles, 1970: mientras la costa del amor libre no se puede despertar de la pesadilla del clan Manson y la vida se percibe algo distorsionada por efecto del ácido, el detective Doc Sportello labra el acta de defunción del sueño contracultural. En Vicio propio, la más vertiginosa de todas las novelas de Thomas Pynchon y la más psicodélica de todas las películas de Paul Thomas Anderson, la luz del buen karma empieza a apagarse.  Sigue leyendo

Una nueva esperanza

Inspirada por Darth Vader o la perrita Laika, la vuelta del “space disco”: música para llevar en una nave espacial.

Lindstrom, New Yorker

Línea de tiempo: corresponsal cultural

“Yo siento el espacio”: con la ilusión ingenua de un chico que responde sin vacilaciones cuando le preguntan qué quiere ser cuando sea mayor (“astronauta”), el grandulón asegura que tiene una conexión sensorial con el universo y, convencido de la epifanía astral, graba una canción con la que se hace famoso y que grita al mundo su don especial (¡espacial!): I Feel Space. A los 42 años, el noruego Hans-Peter Lindstrøm combina sintetizadores neblinosos y falsetes disonantes como supremo patrón de un género olvidado que regresa con el pulso milenarista de la época: el space disco. “Es música con un beat tipo metrónomo, perfecto para gente sin ningún sentido del ritmo, voces casi monocordes y una sexualidad metálica que combina a la perfección con la atmósfera high-tech (de alta tecnología), high-sex (llena de sexo) y low-passion (desapasionada) de las discotecas glamorosas”, definió el crítico cultural neoyorquino Nelson George. Ahora que la carrera espacial parece haberse convertido en una maratón de tortugas y el escepticismo conspiranoico desconfía de la llegada del hombre a la Luna, Lindstrøm exhuma el género optimista que hace cuarenta años encontraba en las galaxias una nueva esperanza.  Sigue leyendo

Fantasmas de Nueva York

Entrar a un bar en Manhattan en una noche muy fría y encontrarse con una leyenda del jazz.

Sweet Georgia Brown 1

Souvenir: recuerdos de Nueva York

Es la última nevada fuerte de la temporada y, en esa callecita del Greenwich Village, muchos fantasmas se esconden debajo del manto blanco: poetas, revolucionarios, pintores o diletantes de todo pelaje. En el folklore barrial, se dice que el barcito de media cuadra es el único lugar donde perduran las leyendas vivientes. Sin pretensiones de ninguna clase, el sótano refugia a los que soportan las estrecheces con tal de apurar un trago o escuchar jazz del bueno (la módica mitología popular cuenta de cucarachas que exploran las cabelleras de los clientes más hirsutos y de ratones audaces que corretean entre los zapatos, pero eso no pude comprobarlo). Al calor del 55 Bar, los fantasmas helados se convierten en parroquianos y el turista típico exorciza los espectros del consumismo maníaco: acá abajo sólo se ofrece música en vivo y alcohol en hectolitros, sin comida-fusión, remeras de memorabilia ni souvenirs baratitos, una rebelión silenciosa en la ciudad a la que no importa ir sino haber ido. 
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Vicios de un viejo verde

Los Muppets para adultos asumen sus vicios y flaquezas en un nuevo revival.

The Muppets, René

Líneas de tiempo

La rana René tiene la egomanía de un líder mesiánico y Miss Piggy es una ninfómana de apetito sexual infatigable: para el tabloide o el programita de chimentos, el título escandaloso no distingue entre celebridades, sean humanos o títeres. Con más de medio siglo en la industria del espectáculo, y una historia secreta que los emparenta con la estrella en sobredosis o el popstar malogrado, los Muppets serán protagonistas de su propio documental falso (o mockumentary, según se define el género en inglés): como una versión paródica del programa The E! True Hollywood Story, los bichos parlanchines volverán a la televisión pero ya no para educar a los niños con la moraleja edificante. En una serie para adultos que producirá la cadena yanqui ABC, los títeres confesarán a cámara sus vicios, sus romances, sus éxitos y sus fracasos, en una peculiar forma de purgación catódica que confirma un fenómeno de época: la adoración de los mayores por los artefactos culturales de su niñez, una infancia interminable que condena a René a la maldición de ser un viejo verde.  Sigue leyendo